El compañero de la calle

El lunes pasado abordé muy temprano el bus en la calle 100 y más adelante en la estación de la calle 76 se subieron dos personajes. De inmediato, como si fuera una rutina para ellos, se sentaron en el piso, muy cerca de la puerta trasera. Subieron con sus costales, llenos de tubos de PVC o algo así, restos de materiales de construcción, por lo que alcancé a ver. O de basura, no puedo estar seguro.


No hablaban mucho. Yo iba sentado en toda la mitad de la fila de los asientos de atrás y éramos prácticamente los únicos pasajeros en esa sección. Adelante suele ir la gente un poco mayor, las mujeres y los niños. Me dicen que ocupan el primer vagón porque supuestamente es más seguro.

De modo que yo los miré y ellos me miraron, con desconfianza mutua. Uno de ellos, viejo, experto, zorro, de pelo largo alisado hacia atrás con algo parecido a la gomina, me miró y agachó la cabeza. Luego empezó a contemplar la ciudad a través de la ventana. Pasadas unas cuadras largas volvió a mirarme. Yo le sostuve la mirada. El bus avanzaba.

Los observé detenidamente y percibí que no eran iguales a los del centro, a esos que aterran y atemorizan con sus ojos desquiciados, sus puñales hechizos, su desarrapada manera de enfrentar las cosas como consecuencia de la droga y la esclavitud que padecen.

Estos, en cambio, eran distintos, hombres de pura calle, ahogados por la miseria: sobrevivientes.

En un hecho insólito, nadie se subía en las estaciones siguientes. Eso en estadística debe ocurrir muy pocas veces. Como el asunto siguió así, era indudable que algo iba a pasar. El otro, que me daba la espalda, estaba quieto como una momia, sentado en el piso, agarrado a su costal. Se apoyaba en él. Como ahora hay tanto policía, seguro que trataba de encogerse, volverse invisible para no ser visto por la autoridad en alguna de las estaciones. Seguimos avanzando.

La luz del día no aparecía todavía. Y esa rareza –la de encontrar un bus vacío—hacía todo más tenso e inquietante. Me sentí como en una de esas escenas del cine norteamericano de los ochenta, a bordo del metro de Nueva York que atraviesa la noche, lleno de sombras cansadas y desconfiadas que saben que algo tiene que pasar.

Cuando el viejo volvió a mirarme, le hice una seña. Moviendo las cejas y los ojos, le señalé los asientos que estaban a mi lado. Creo que al principio no entendió y se inquietó. Se echó para atrás, pero no dejaba de mirarme. Le insistí. Moví la cabeza y le mostré los asientos vacíos que estaban junto a mí. Entonces comprendió.

Pausadamente, desconfiado, como aprendiendo a caminar, a dar sus primeros pasos en las comodidades de la vida, le dio dos golpecitos en el hombro a su colega. El otro revivió, lo miró a él, leyó sus señas, me miró. Luego se sentaron de un salto en las sillas, a mi lado, agarrados de los tubos del bus. El bus avanzaba muy rápido, peligrosamente. Nos aferramos a las barras para no caernos. Así nos fuimos juntos hasta que me bajé en la 39.

Creo que ellos estaban más tensos conmigo que yo con ellos. Quizás no se subían hace tiempo a un bus y menos tenían planeado viajar sentados. Quizás siempre fueron espantados por alguien, rechazados; y es comprensible. Y yo confieso que en el fondo de mi corazón tal vez los invité a sentarse a mi lado como un mecanismo de defensa, puesto que me sentí sorprendido al verlos allí, tan cerca de mí pero en el suelo.

Los días siguientes, en un par de ocasiones, la escena se repitió, con personajes diferentes y circunstancias distintas, con más gente dentro del bus. Eran compañeros de la calle, más jóvenes, más viejos, más sucios, menos sucios. No siempre son silenciosos. A veces dicen cosas en voz alta, o bostezan ruidosamente como leones luego de una larga noche de cacería en las calles de la vida, de su vida.

No percibí ningún tipo de agresión o siquiera de intento de agresión. Obvio que suben colados, pero viajan sin hacerle mal a nadie. Pienso que si nadie los ataca, ellos tampoco. Viven una vida diferente, a veces incompresible. O simplemente preferimos no saber por qué viven así y nos hacemos los locos. Es más fácil.

Adentrarse en la noche en Transmilenio, cuando al terminar el día los buses avanzan casi vacíos, puede ser inquietante. Pero iniciar la jornada, todavía de madrugada, sentado en la parte de atrás, con nuevos compañeros de viaje, llega a ser una lección de vida.

Comenzando por eso de ir en la retaguardia y no en la vanguardia de las cosas. Sentarse atrás, sin hacerse tan notorio, tan evidente –como a muchos les gusta– para el escenario, tiene también sus ventajas. Quizás desde atrás ve uno mejor las cosas, más reposadamente y sin pretensiones y encuentra amigos más interesantes, porque se parte de la premisa de que la vida misma es ya un riesgo calculado. Tal vez los gurús del éxito y la autoayuda criticarán lo que escribo. Allá ellos.

En la vida, como en el bus, el que no quiera correr peligro, que se vaya adelante. El que quiera conocer el mundo de la vida, del que habla Husserl, que busque los puestos de atrás. Todo se ve completo.

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