Para que la vida cambie en primavera: con y contra William Ospina

Perteneciste a una raza antigua de pies descalzos y de sueños blancos. Fuiste polvo, polvo eres. Piensa que el hierro siempre al calor es blando. […] Por milenios y milenios permaneciste desnudo y te enfrentaste a dinosaurios bajo un techo y sin escudo. Y ahora estas aquí queriendo ser feliz. Shakira en Sueños Blancos

Por Cézar Korrea

Una propuesta para usted: lector o lectora

Un día del mes de febrero de 1997, en la Universidad Autónoma de Occidente, ese lúcido colombiano llamado Jaime Garzón, dijo: “Saber que el país está en una profunda crisis, es una redundancia, ¿cierto?”. Después, agregó: “Yo propongo que, entre todos, o sea, ustedes y yo, entre todos, echemos de pa’ atrás y busquemos las razones por las cuales el país está como está”. [al respecto, puede ver el minuto 14:26 de: https://cutt.ly/nJ5kKmo]. Interrogado por esa propuesta, en estas páginas haré una contribución modesta y esquemática a esa búsqueda. La mía será una más entre muchas otras. Pues no son pocos las personas que me anteceden. Aun así, es probable que mi contribución no sea en vano. Estará sustentada en los análisis del sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, de la abogada argentina Irene Vasilachis de Gialdino, del antropólogo ecuatoriano Patricio Guerrero, del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda, del filósofo francés Michel Foucault y del escritor colombiano William Ospina. Y, además, estará compuesta de cuatro momentos; primero, describiré nuestro problema; segundo, identificaré sus consecuencias; tercero, propondré una solución; cuarto, expondré los obstáculos y los retos para realizar esa solución.

1. Nuestro problema: abismos e indolentes

Puesto que somos personas occidentalizadas, nuestras relaciones cotidianas con los demás están basadas en una forma específica de pensamiento social: el “pensamiento occidental hegemónico” (De Sousa Santos, 2009, p. 109). Este se caracteriza por trazar una línea arbitraria entre lo “civilizado” y lo “incivilizado” (he ahí, por ejemplo, el estado de naturaleza del “nuevo mundo” y el contrato social del “viejo mundo”); por sacralizar lo universal y descalificar lo particular (he ahí, por ejemplo, las “leyes universales” y las opiniones, creencias, idolatrías, etc.); por generar clasificaciones y jerarquizaciones que ubican a unos en la posición de “superiores” y, a otros, en la de “inferiores” (he ahí, por ejemplo, el sexo “fuerte” y el sexo “débil”, la “degeneración” y el “mejoramiento” de la “raza”); por alabar la “verdad” científica y despreciar la “falsedad” pseudo-científica (he ahí, por ejemplo, las ciencias “exactas” y los conocimientos populares); por darle al tiempo una forma lineal y ascendente en la que unos están delante o detrás de otros (he ahí, por ejemplo, los países “desarrollados” y los países “en vía de desarrollo”); por inventar la ilusión de la productividad permanente y desconocer los ciclos de producción y descanso (he ahí, por ejemplo, las descalificaciones de “perezoso” y “estéril”). En pocas palabras, nuestro pensamiento occidental hegemónico se caracteriza por ser “abismal” e “indolente”, es decir, por imponer una “línea abismal” entre dos partes, y por imponer la desvalorización y la “ausencia” de una de esas dos partes (De Sousa Santos, 2009, pp. 104-109).

2. Consecuencias: injusticias

Las dos principales consecuencias de nuestra forma de pensar son la injusticia cognitiva y la injusticia social.

Pero ¿por qué provoca injusticia cognitiva? Por los siguientes tres motivos. Primero, porque el hecho de que nuestra forma de pensar haya nacido en Europa y Estados Unidos, principalmente entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX, la hace inadecuada para vivir, disfrutar, comprender y transformar la sociedad colombiana actual: sencillamente, sus “categorías no se adecuan bien a nuestra realidad” (De Sousa Santos, 2009, p. 102). Segundo, porque nuestra forma de pensar no consideró ni mucho menos criticó ese factor que fue decisivo en su nacimiento: las invasiones colonialistas que los pueblos del Norte realizaron en los pueblos del Sur. Por ejemplo, en el pasado “el colonialismo pasó a ser un tema del propio colonialismo, no un tema de la ciencia política, ni de la sociología, ni de la antropología” (De Sousa Santos, 2009, p. 102). Tercero, porque nuestra forma de pensar se expandió y se sigue expandiendo, entre otras cosas, por medio del “epistemicidio”: “el epistemicidio es matar el saber y matar el conocimiento, es matar a los grupos sociales que usan ese conocimiento; así pasó con los indígenas, lo sabemos” (De Sousa Santos, 2009, p. 113). En síntesis, nuestra forma de pensar provoca injusticia cognitiva porque no es pluricultural ni intercultural, sino todo lo contrario “monocultural”: detrás de sus conceptos está exclusivamente “la cultura occidental” (De Sousa Santos, 2009, p. 102) y, por eso mismo, “no reconoce la simultaneidad de miradas” (Vasilachis, 2018, p. 55).

Y ¿por qué provoca injusticia social? Por los siguientes tres motivos. Primero, porque nuestra forma de pensar, al imponer –como dije– la desvalorización y la usencia de una de las dos partes, promueve y justifica la violencia sobre esa parte. La sociedad colombiana es un ejemplo de ello. Le doy solo una cifra. Según el Registro Único de Víctimas, en los últimos 30 años ha habido más de 11 millones de hechos victimizantes (por ejemplo, desapariciones forzadas, amenazas, homicidios, etc.) y más de 9 millones de víctimas. Esto quiere decir que en los últimos 30 años ha habido aproximadamente mil hechos victimizantes por día, es decir, 42 hechos victimizantes por hora; y, además, quiere decir que ha habido 821 víctimas por día, es decir, 34 víctimas por hora [al respecto, puede consultar: https://bit.ly/3A3h3XJ].

Segundo, porque nuestra forma de pensar, en cuanto que indolente, reprime la emoción frente a la razón, reprime la búsqueda ética del bien para la sociedad frente a la búsqueda científica de la verdad, y reprime la emancipación frente a la regulación –que “tiene que ver con la producción de un orden y, por tanto, [con] la regulación de la vida humana en ciertos márgenes de disciplina dentro lo institucional y, por tanto, [con] formas de explotación y de opresión” (De Sousa Santos, 2009, p. 118).

Tercero, porque nuestra forma de pensar, en cuanto que línea abismal, es la división de lo humano. Divide el espacio mediante la propiedad privada, divide el tiempo mediante la religión, divide los pueblos mediante las fronteras, divide el Estado y la sociedad civil mediante la democracia representativa, divide los saberes mediante las ciencias especializadas, divide las relaciones que entablamos con nosotros mismos y con los demás mediante las desigualdades de clase, género, etnia, raza, etc. Desafortunadamente la sociedad colombiana también es un ejemplo de ello. Padece injusticia social porque está profundamente dividida o, lo que es lo mismo, porque es profundamente desigual. Al respecto, permítame presentarle un par de cifras.

Entre los países que integran la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), el país más igualitario es la República Eslovaca, que tiene un coeficiente Gini de 0,24 (no sobra aclararle que en este índice el 0 representa la igualdad plena –todas las personas tienen los mismos ingresos–, y el 1 la desigualdad plena –una persona tiene todos los ingresos y las demás ninguno–), y el país más desigual es Colombia, que tiene un coeficiente Gini de 0,54. Esto significa que mientras en la República Eslovaca el 10% de la población más pobre gana 3 veces menos que el 10% más rica, en Colombia el 10% de la población más pobre gana 11 veces menos que el 10% más rica (Banco Mundial, 2021, p. 6). Asimismo, significa que más de la mitad de la población colombiana (el 57,6% equivalente a 28,5 millones de personas) estamos en la pobreza o en la pobreza extrema [al respecto, puede leer: https://bit.ly/3xyC7VV].

Y, como si esto fuera poco, resulta que la pobreza es mayor en las zonas rurales, en las mujeres, en los indígenas y en los afrodescendientes. Una persona nacida en Chocó tiene cinco veces más probabilidades de nacer en la pobreza que una nacida en Bogotá. Una mujer tiene 1,7 veces más probabilidades de estar desempleada que un hombre. Un indígena alcanza en promedio dos años menos de escolaridad que uno no-indígena. Y, en comparación con los no-afrodescendientes, los afrodescendientes tienen el doble de probabilidades de vivir en un barrio pobre (Banco Mundial, 2021, p. 9).

Ahora bien, de estas dos consecuencias se puede inferir lo siguiente. Si no transformamos nuestra forma de pensar “los problemas del pasado pueden volver” (De Sousa Santos, 2009, p. 115). Infortunadamente, ya hay tres indicios de que están volviendo. Primero, la emergencia sanitaria y la crisis económica mundial –de hecho, ya hay quienes nos auguran una epidemia de pandemias [al respecto, puede escuchar: https://bit.ly/3xufTo3]. Segundo, la escasez de alimentos y el aumento de sus precios por lo que podría ser el inicio de una Tercera Guerra Mundial. Tercero y último, la alta probabilidad de que nuestro próximo presidente sea un empresario violento, machista, autoritario e imputado, que se considera admirador de Adolf Hitler y que, además, es apoyado por el partido político del expresidente Álvaro Uribe Vélez –uno de los responsables, por acción u omisión, del asesinato de más de 6402 jóvenes. ¡La barbarie nos acecha con sus ojos de hambre y destrucción!

2. Posible solución: reinventar el pensamiento

Para impedir el retorno del pasado “necesitamos […] otro tipo de racionalidad” o, si se quiere, otra forma de pensar (De Sousa Santos, 2009, p. 107). Una que no entienda a la ignorancia como punto de partida sino como punto de llegada y que, por tanto, aprenda a desaprender. Una que entienda a la ciencia como un saber entre otros, y como uno importante pero insuficiente, pues, por ejemplo, “es muy valioso para ir a la luna, pero no es tan valioso para defender la biodiversidad” (De Sousa Santos, 2009, p. 107). Una que, en vez de dividir y condenar al epistemicidio, reconozca nuestra incompletitud y, por ello, nuestra posibilidad de complementarnos integrando la ciencia y la ética, la razón y la emoción, las culturas occidentales y no-occidentales, etc.: “los conocimientos son completos si existen muchos otros […] aparte de los que manejamos nosotros” (De Sousa Santos, 2009, pp. 114-115). Una que, en vez de ser indolente, sea objetiva (esto es, crítica, autocrítica, antidogmática) y comprometida con quienes son oprimidos tanto en la sociedad como en la naturaleza, pues “una cosa es estar del lado de los opresores y otra cosa es estar del lado de los oprimidos” (De Sousa Santos, 2009, p. 114).

3. Obstáculos y retos: colonialidad y justicias

Pero ¿qué obstáculos y qué retos tenemos para crear esta otra forma de pensar? Señalaré tres obstáculos.

El primero es “la colonialidad” de nuestro “ser” (Guerrero, 2010, p. 110). Por ejemplo, en la sociedad colombiana tendemos a la “simulación”; este es:

Un defecto que nace del sentimiento de inferioridad. La señorita que viaja a Miami siente que por ser colombiana es naturalmente inferior a los norteamericanos. Así que al volver intentará mostrar que su viaje la ha transformado por el método abreviado en una extranjera, o ha aligerado su vergonzosa condición criolla. Simulará entonces pertenecer a esa tradición ilustre. Así, esa simulación, esa impostura, que parece arrogancia, es un acto de servilismo y de ridícula humildad. Es lo que pasa cuando los publicistas criollos hablan entre sí en inglés para deslumbrarse mutuamente, cuando los jóvenes tratan de impresionarse con las marcas de las prendas que usan. Toda autenticidad es considerada una penuria, porque se tiene un sentimiento profundo de indignidad y de pequeñez, entonces hay que afirmarse en las marcas, en las poses, en los símbolos. (Ospina, 2015, p. 22)

El segundo obstáculo es la colonialidad de la élite gobernante. Esta prefiere imitar al Norte y subordinarse a él, antes que definirse como Sur, cooperar con él y procurar su emancipación y su buen vivir. No es más que:

Una casta de mestizos con fortuna que nunca [ha] intentado ser colombiana, ni identificarse con nuestra geografía, con nuestra naturaleza, con nuestra población; que continuamente se [avergüenza] de este mundo tan poco parecido al idolatrado mundo europeo. Una élite deplorable que [viaja] a Europa y a Norteamérica, no a llevar con orgullo el mensaje de un pueblo dignificado por el respeto y afirmado en su territorio, sino a simular ser europea, y a procurar por los métodos más serviles ser aceptada por un mundo que no [ignora] su condición de rastacueros y su falta de carácter. […] Nunca he dejado de preguntarme por qué los que más se lucran del país son los que más se avergüenzan de él, y recuerdo con profunda perplejidad el día en que uno de los hijos de un expresidente de la república me confesó que la primera canción en español la había oído a los 20 años. Allí comprendí en manos de qué clase de gente ha estado por décadas este país. Aquellos príncipes de aldea con vocación de virreyes solo [salen] a recorrerlo cuando [es] necesario recurrir a la infecta muchedumbre para obtener o comprar los votos. (Ospina, 2015, pp. 55, 47)

Y el tercer obstáculo es “la colonialidad” de ese “saber” que aprendimos y usamos quienes de una u otra manera hacemos sociales (Guerrero, 2010, p. 109). Padecemos auto-desconocimiento. Sí, conocemos mejor los conceptos, las categorías y los métodos europeos y estadounidenses, que los latinoamericanos y caribeños. Pensamos y sentimos este Sur llamado Colombia mediante un rodeo: mediante el cerebro y el corazón de las y los investigadores sociales del Norte. Lamentablemente, así como el Penacho de Moctezuma está en Viena, hemos creído que las herramientas para comprender, criticar y transformar el Sur están en el Norte. Quizá por eso muchos de nuestros proyectos de investigación más antiguos e importantes todavía están inconclusos:

De los primeros y más valiosos fue la Expedición Botánica, que empezó a revelar al mundo la exuberancia de nuestra flora tropical y que despertó en una generación el sorpresivo orgullo de pertenecer a los inexplorados trópicos de América. Una de las consecuencias de esa Expedición fue el movimiento de Independencia, pero la Reconquista frustró la paciente labor de tantos sabios y artistas, y dos siglos después la Expedición Botánica sigue siendo una obra inconclusa. Colombia posee, según es fama, la mayor diversidad de pájaros del mundo, pero es tan inconsciente de sus riquezas que el libro más completo sobre las variedades de aves colombianas, Birds of Colombia, no está traducido al español. En la segunda mitad del siglo XIX emprendió sus tareas la Comisión Corográfica, y sin embargo aún hoy Colombia sigue siendo un país sin un proyecto territorial, sin un plan de desarrollo sensato y propio, sin un censo aprovechado de sus recursos. (Ospina, 2015, pp. 48-49)

Ahora señalaré los dos retos que tenemos para crear otra forma de pensar.

El primero es hacer justicia social y, por consiguiente, disminuir todas las desigualdades sociales mediante el acceso universal e igualitario a la educación, la salud, la vivienda y la pensión, pero también mediante la transformación radical del modo de producir y distribuir la riqueza. En el caso concreto de Colombia, esto último quiere decir tres cosas: reforma agraria, reindustrialización y que los ricos, en términos porcentuales, paguen tantos impuestos como los pobres… pero como la élite gobernante colombiana se ha opuesto y se opone a dicha transformación, también quiere decir: ¡derrotar electoralmente a esa élite!

Sin embargo, no hay justicia social global sin justicia cognitiva global” (De Sousa Santos, 2009, p. 110). De modo que el segundo reto es hacer justicia cognitiva y, por lo tanto, disminuir la colonialidad de nuestro ser y de nuestro saber. Con respecto a nuestro ser, obviamente no podemos negar de tajo y para siempre nuestros antepasados occidentales. Habitan en nuestra lengua, en nuestra religión, en nuestra democracia, en nuestros derechos, en nuestras instituciones, en nuestra economía. Mas una cosa es ser hijos de Europa y Estados Unidos, y otra muy diferente es confundirnos con ellos. En ese caso, nos vendrían bien el autoconocimiento, el autocuidado y la autoestima, pero no en cuanto que individuos sino en cuanto que pueblo que vuelve sobre sí:

La historia de Colombia es la historia de una prolongada postergación de la única aventura digna de ser vivida, aquella por la cual los colombianos tomemos verdaderamente posesión de nuestro territorio, tomemos conciencia de nuestra naturaleza –una de las más hermosas y privilegiadas del mundo–, tomemos conciencia de la magnífica complejidad de nuestra composición étnica y cultural, creemos lazos firmes que unan a la población en un orgullo común y en un proyecto común, y nos comprometamos a ser un país, y no un nido de exclusiones y discordias. […] Ningún país podrá construir jamás un orden social justo y equilibrado si no es capaz de reconocerse a sí mismo y de diseñar su proyecto económico, político y cultural a partir de esa conciencia de sus posibilidades y sus limitaciones. (Ospina, 2015, pp. 46, 73)

Y, con respecto a la colonialidad de nuestro saber, nos vendría bien el reto de crear categorías, conceptos, métodos y fines “a la vez autónomo[s] y auténtico[s]”. De reconocer que el otro tiene “igual dignidad” que nosotros. De aprender a escuchar los “sentidos, expresiones, explicaciones, conclusiones” del otro para ver con su “mirada” tanto como vemos con la nuestra (Vasilachis, 2018, pp. 57, 38, 40). De aprender a hablar y escribir para el otro y como el otro: en “un lenguaje directo, claro y sencillo”, “sin estiramiento” y sin “verborragia especializada”, “esotérica” y “descrestadora” (Fals, 2009, p. 287). De aprender a escuchar, hablar y escribir allí donde lo hace el otro: en los caminos, en las organizaciones comunitarias, en los medios de comunicación, en las instituciones estatales y privadas, en las academias, en las calles, etc. En síntesis, nos vendría bien el reto estético de crear, y el reto ético y político de lograr la “común-unión” con el otro (Vasilachis, 2018, p. 47).

Sin más, debo decir que no sé cuándo nacerá esta otra forma de pensar. Pero sí creo saber dónde no nacerá. No será en el mundo occidental del Norte. Acaso sea en nuestro mundo occidentalizado o no-occidental del Sur. Así lo intuyó Michel Foucault:

Parece incluso probable que ahora una cultura no capitalista únicamente pueda nacer fuera de Occidente. En Occidente, el saber occidental, la cultura occidental han sido doblegados por la mano de hierro del capitalismo. Estamos demasiado desgastados, sin duda, para hacer que nazca una cultura no capitalista. La cultura no capitalista será no occidental y, en consecuencia, tendrán que inventarla los no occidentales. (1999, p. 157)

Referencias

Banco Mundial. (2021). Hacia la construcción de una sociedad equitativa en Colombia. Consultado en: https://bit.ly/3mQaSkS.

De Sousa Santos, Boaventura. (2009). Pensar el Estado y la sociedad: desafíos actuales. Buenos Aires: Waldhuter Editores y CLACSO.

Fals, Orlando (2009). Cómo investigar la realidad para transformarla. En V. M. Moncayo (Comp.). Una sociología sentipensante para América Latina. México, D. F.: Siglo XXI Editores. Buenos Aires: CLACSO, pp. 253-301.

Foucault, Michel. (1999). Estrategias de poder. Obras esenciales. Volumen II. Barcelona: Paidós.

Guerrero, Patricio. (2010). Corazonar desde las sabidurías insurgentes el sentido de las epistemologías dominantes, para construir sentidos otros de la existencia. Sophia. Colección de filosofía de la educación, núm. 8, pp. 101-146. Universidad Politécnica Salesiana Cuenca, Ecuador.

Ospina, William. (2015). ¿Dónde está la franja amarilla? Bogotá: Penguin Random House Grupo Editorial.

Vasilachis de Gialdino, Irene. (2018). Propuesta epistemológica, respuesta metodológica, y desafíos analíticos. En A. Reyes Suárez, J.I. Piovani y E. Potaschner (Coords.) La investigación social y su práctica. Aportes latinoamericanos a los debates metodológicos de las ciencias sociales, pp. 27-57. Buenos Aires: CLACSO, Teseo, Fahce.

Por Cézar Korrea, sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia.