Desde el pasado martes 17 de marzo cuando se reportó el primer caso de coronavirus o Covid-19 en Soacha, la incertidumbre invadió a quienes le venían haciendo seguimiento al virus por los antecedentes que hasta ese momento se  conocían debido al contagio en China, Italia, España y algunos países de América Latina.

Once días antes, el viernes 6 de marzo de 2020, perplejos y preocupados los colombianos nos enteramos del primer contagio del nuevo coronavirus  en el país, traído por una mujer de 19 años procedente de Milán, Italia,  y residente  en Bogotá. Ahí comenzó la odisea y un cambio significativo en la vida  de los 47 millones de habitantes del país, quienes  nunca nos imaginamos hasta dónde nos llevaría esta pandemia.

Pero cuando el virus llegó a Soacha se vaticinó lo peor por las condiciones sociales y económicas del municipio. En su momento, el alcalde Juan Carlos Saldarriaga dijo que iba  a morir más gente de hambre que de coronavirus, previendo que las medidas restrictivas que se venían no serían fáciles de cumplir por la necesidad que tiene la mayor parte de familias residentes en la ciudad.

Claro. Llegó el simulacro vital en Bogotá y Cundinamarca entre el viernes 20 de marzo y el lunes 23 del mismo mes, y el aislamiento preventivo nacional obligatorio a partir de las cero horas del miércoles 25 de marzo, con el agravante que la alcaldesa de Bogotá Claudia López y el gobernador  de Cundinamarca Nicolás  García se pusieron de acuerdo para empatar la medida distrital y departamental con la nacional. Todos quedamos encerrados de un momento a otro con el argumento que era necesario hacerlo para evitar la propagación del virus.

Dicen los campesinos y ancestros, “nos cogieron con los pantalones abajo”, y no era para menos. Ninguno estábamos preparados para acatar una serie de medidas que resultaron nuevas para esta generación.

Pero volviendo a Soacha, se comenzaron a implementar medidas desprendidas del decreto nacional, como toques de queda, Pico y Cédula y Pico y Género que limitaron la salida de las personas en un municipio convulsionado y necesitado.

Los primeros días de aislamiento preventivo obligatorio, buena parte de los ciudadanos lo  acataron  porque pensaron que era algo pasajero que pasaba en  cuestión de semanas. Sin embargo cuando las autoridades nacionales, departamentales y municipales siguieron alargando la cuarentena y arreciando las medidas, la cosa se complicó, entendiendo que buena parte de la población que reside en Soacha  vive del día a día.

Y no era para menos. El vendedor de empanadas, tinto, dulces, gaseosa, papas, aguacate y en sí todo lo que encierra la economía informal, sumado al dueño de la tiendita, panadería, miscelánea, etc, etc,  se vieron impactados por las implicaciones del confinamiento y empezaron a pagar los platos rotos y a sentir que si no trabajaban, simplemente no comían.

Para frenar una posible crisis social y evitar que la gente saliera a la calle a arriesgar su salud,  su vida, y la de sus familias, el gobierno anunció ayudas, se inventó mecanismos para entregar mercados a los más pobres y asignó subsidios con el fin de que la gente se quedara en casa, pero lo que no previó fue que serían insuficientes y el presupuesto no alcanzaría para tanto.

En ese orden de ideas, el alcalde de Soacha tenía la razón. Si se seguía encerrando a la gente sin  garantizarle comida y subsidios a los servicios públicos, iba a morir más personas  de hambre que de coronavirus.

Desafortunadamente las condiciones de vida en Colombia tienen una diferencia abismal con países de Europa donde la pandemia ha acabado  con muchas  vidas humanas, pero con una gran diferencia. Allá encerraron a la gente bajo condiciones dignas porque la economía es sólida y  la educación prima en el ser humano, en cambio en nuestro país, y específicamente en Soacha, encerrar a las personas es sinónimo de matarlas de hambre.

 ¿Qué tocó hacer? Simple, empezar a dejar salir la gente para que consiga  su sustento, bajo el riesgo que se contagie y  la situación se salga de control. Y claro, peor en Soacha porque hay más personas que viven del día a día.   

Lo preocupante del tema es que el país todavía no llega al pico de los contagios y la curva aún no se aplana, lo que indica que el siguiente mes es el más crítico, según los expertos.  

Para Soacha la situación es aún peor. Desde hace dos semanas se han incrementado los casos positivos y la curva está en pleno ascenso, con el agravante que casi toda la gente está en la calle y pareciera  que ya las autoridades se cansaron de advertir y controlar para que las personas se queden en casa.

Hasta la fecha (12 de junio) se han identificado  en Soacha 529 casos y han fallecido cuatro personas, cifra que se considera baja para el número de habitantes que tiene el municipio. Sin embargo, de no tomar las medidas de precaución por parte de cada residente y su familia, los contagios y fallecidos van a aumentar drásticamente.

El pico de la pandemia en Soacha aún no toca techo, así que no hay que cantar victoria,  y si bien muchos deben salir a conseguir lo del sustento diario para evitar una crisis social sin precedentes, se debe hacer  tomando todas las medidas de bioseguridad necesarias.  Hay que balancear la situación entre ciudadanos y autoridades: evitar  medidas tan drásticas  y severas, pero ser conscientes que se requiere un sacrificio gradual de las personas  para que el Covid-19 no mate más soachunos, ahondando aún más la crisis económica que vive la  mayor parte de familias que escogieron el municipio como su lugar de residencia.

EDITORIAL

@periodispublico