Gabriel Hernández Alonso, un lateral que está marcando el olvido

Por: Profe Héctor Peñaloza Cantor

Corría el año 1942 en las polvorientas calles de la Soacha antigua. El vientre de doña Verónica Alonso sentía aquellos movimientos que hoy conocemos como contracciones; cada vez eran más intensas y aceleradas. Su esposo, Jorge Enrique Hernández Salgado, entró en preocupación: estaba por nacer su segundo hijo.

En aquella época no existían hospitales de tercer nivel ni grandes centros médicos. Eran las parteras de Soacha quienes, con sus manos mágicas y su experiencia, podían sentir al tocar el vientre de la madre cómo estaba ubicado el niño. Después de un trabajo de parto juicioso y lleno de esperanza, recibieron al mundo al pequeño Gabriel Hernández Alonso.

Las primeras lágrimas llegaron el 1 de enero de 1942, acompañadas de una pequeña patada que parecía anunciar, de manera simbólica, la historia de aquel recién nacido que años después marcaría páginas inolvidables del fútbol colombiano.

Gabriel fue inicialmente un niño tímido, profundamente religioso y de mucho carácter, pero con el fútbol corriendo por sus venas. El segundo de seis hermanos. El mayor, Jorge Enrique Hernández Alonso, fue sacerdote y rector del Colegio Salesiano durante la década de los años 80.

Gracias a esa relación cercana con la comunidad salesiana, Gabriel cursó parte de su bachillerato en esta congregación; sin embargo, la distancia y las dificultades del desplazamiento hicieron que terminara sus estudios en el Colegio Bolívar de Soacha.

Compartía su tiempo entre el deporte y la ayuda a su abuela en el restaurante familiar ubicado abajo de la calle 13 con carrera 9, en un sector que hoy corresponde al barrio Eugenio Díaz. En aquella época, a este lugar se le conocía como “Palma”, apodo que años después acompañaría al hombre que se convertiría en capitán de Millonarios: La Palma Hernández.

Soacha, cuna de futbolistas

Para ese momento, Soacha vivía uno de sus períodos más gloriosos del fútbol aficionado. La Junta Municipal de Fútbol tenía claro que esta disciplina podía convertirse en una herramienta para sacar al municipio del anonimato.

Varios dirigentes deportivos también pertenecían a la Liga de Fútbol de Cundinamarca. La programación de los partidos se anunciaba en la calle 12 o en la plaza de mercado; allí los jugadores llegaban para conocer cuándo les correspondía jugar y prepararse, porque muchas veces llegaban visitantes de Bogotá buscando nuevos talentos para los equipos profesionales de la capital.

El Torneo Amistad del Sur y posteriormente el tradicional Torneo del Olaya, que inició en 1959, despertaron una enorme pasión. Los habitantes de Soacha vivían divididos entre aquellos campeonatos y el extraordinario fútbol que se practicaba en el municipio.

Durante la década de los años 60, Soacha contaba con numerosos escenarios deportivos: la cancha del barrio Santa Isabel; la cancha del barrio El Dorado, donde posteriormente funcionó Cafam, cerca de la carrera 15 arriba de la Autopista; la cancha del León XIII, donde hoy funciona una institución educativa oficial; el campo de la Madre Eloísa, frente a la Universidad de Cundinamarca, donde actualmente está el conjunto residencial Las Flores; el campo San José, en el sector donde hoy se encuentran Hogares de Soacha; y la cancha donde actualmente funciona el Colegio Integrado de Soacha, entre otros escenarios.

El Hexagonal de Fútbol de Soacha se convirtió en un verdadero ícono deportivo de Cundinamarca y Bogotá. Llegaban equipos de la capital, conjuntos empresariales invitados y las reservas de Santa Fe y Millonarios. Sus entrenadores no se perdían los clásicos soachunos porque allí encontraban jugadores con talento y condiciones para fortalecer sus equipos.

El templo sagrado del fútbol soachuno

El templo sagrado del fútbol soachuno fue el campo de la Madre Eloísa. En este escenario deportivo llegaron jugadores de Argentina, Brasil y Perú durante sus temporadas de preparación. Allí también apareció la figura de Jaime “El Loco” Arroyave Rendón, quien llegaba temprano a los partidos; disfrutaba de la fritanga y la cerveza durante la jornada, pero tenía un objetivo claro: encontrar futuras estrellas del fútbol.

De Soacha llevó a brillar a muchos jugadores que dejaron huella en el deporte regional.

El equipo que más movía a la población era el Club Deportivo Kist, una institución patrocinada por una gaseosa saborizada de origen estadounidense que se distribuía por Cundinamarca y cuyo eslogan era “El Rey de los Refrescos”. Este club buscaba reunir a los mejores futbolistas del municipio para conformar una selección que representara a Soacha en diferentes torneos.

En aquellos campeonatos aparecieron jugadores maravillosos como Gabriel Hernández, Heliodoro Vásquez, Gustavo Cantor, el Mono Burro y el recordado Bobo Gripa, además de las atajadas mágicas del arquero Mono Galvis. Los mejores representaban al municipio en torneos departamentales y nacionales.

En medio de esa generación apareció un joven con rostro de seminarista, de aproximadamente 1,70 metros de estatura, delgado y de apariencia tranquila. Jugaba como volante de contención, pero su talento lo hacía diferente: tenía elegancia para tratar el balón, salir con la pelota dominada, entregar pases precisos e incluso acompañar las jugadas de ataque.

Ese joven era Gabriel Hernández Alonso

“Palma” fue figura en cada partido. Su velocidad, disciplina y capacidad para cambiar el rumbo de los encuentros hicieron que el “Pantalonudo” Arroyave se fijara en él. Bastaron tres partidos para que le anunciara que lo recomendaría en las pruebas de Millonarios.

En ese momento Gabriel combinaba sus estudios universitarios en la Universidad La Gran Colombia con su trabajo en General Electric. La oportunidad estaba cerca.

Fue citado por el técnico Otto Vieira a unas pruebas en la Universidad Nacional. Eran nueve jugadores: cinco de Soacha y cuatro de Bogotá. Al final, solamente uno logró superar la exigente evaluación: Gabriel Hernández Alonso.

Soacha celebró. En 1966, “Palma” se convertía en nuevo jugador de Millonarios.

Su debut estaba cerca y la ansiedad también acompañaba aquellos días. El 7 de agosto de 1966 tomaba posesión como presidente de Colombia Carlos Lleras Restrepo y, por esa razón, la jornada futbolística profesional fue modificada. Sin embargo, se disputó un partido amistoso frente al Cúcuta Deportivo, donde Gabriel fue una de las figuras del compromiso.

Desde ese momento comenzó una historia de ocho años defendiendo la camiseta azul. La afición lo bautizó como “El Capi”, un soachuno que llevó el brazalete de líder y compartió vestuario con grandes figuras del fútbol colombiano como Jaime Morón, Willington Ortiz, Pelé González, Maravilla Gamboa, Hermenegildo Segrera, Arturo Segovia, Chiqui García y Waltiño, entre otros.

Gabriel Hernández se convirtió en uno de los primeros laterales modernos del fútbol colombiano. Podía jugar por derecha o izquierda, tenía salida ofensiva, liderazgo y una enorme capacidad táctica. Se ganó el respeto del cuerpo técnico y de la hinchada.

En 1972 fue protagonista de una campaña inolvidable con Millonarios. Muchos soachunos que asistieron al estadio El Campín lo recuerdan como una de las grandes figuras de aquella época.

Durante su ciclo con el equipo azul disputó cerca de 310 partidos y marcó 10 goles. Cerró su etapa en Millonarios bajo la dirección del maestro Gabriel Ochoa Uribe, dejando una huella que todavía permanece en la memoria de la hinchada.

En la foto de la izquierda, Gabriel Hernández aparece con Burrito González y Pelé, y en la foto de la derecha, abraza al astro brasilero en el partido Millonarios-Santos

La selección Colombia

Su capacidad para recorrer las bandas, su disciplina táctica y la seguridad que transmitía dentro del campo hicieron que Gabriel Hernández Alonso fuera considerado un jugador adelantado para su época.

En 1967 fue convocado por el técnico Severiano Ramos para defender los colores de Colombia en los Juegos Preolímpicos de Winnipeg, Canadá. Un año después volvió a vestir la camiseta tricolor en los Juegos Olímpicos de México 1968, bajo la dirección del entrenador Édgar Barona.

En aquella cita olímpica, Colombia enfrentó a México el 13 de octubre de 1968, en un partido que terminó con victoria del equipo local por 1-0. Posteriormente cayó ante Guinea por 3-2 y cerró su participación con una victoria histórica frente a Francia por 2-1, el 17 de octubre.

Su rendimiento, disciplina y profesionalismo, siempre alejado de las distracciones y concentrado en el estudio y el deporte, lo convirtieron en un referente dentro del fútbol nacional. Por eso recibió nuevamente el llamado a la Selección Colombia de mayores para las eliminatorias al Mundial de México 1970.

El técnico Francisco “Cobo” Zuluaga dejó un concepto muy positivo sobre el futbolista soachuno, destacando su liderazgo, entrega y capacidad para defender la camiseta nacional.

Esta es la selección Colombia que participó en los Olímpicos de México 1968. Gabriel Hernández aparece arriba, segundo de derecha a izquierda

Gabriel Hernández se viste de Búcaro

La llegada de Gabriel Hernández al Atlético Bucaramanga tuvo un giro inesperado. A mediados de 1975 todo parecía indicar que vestiría la camiseta de Independiente Santa Fe. Ya existía un acuerdo con Samuel Calderón, pero en medio de la negociación apareció el doctor Torres, gerente del Atlético Bucaramanga, quien le manifestó que necesitaban contar con él para la nueva temporada.

Gabriel pidió unas condiciones económicas superiores a las ofrecidas inicialmente por Santa Fe y estableció una condición: el 50 % del valor del traspaso debía ser consignado al día siguiente en su cuenta bancaria.

Lo que no imaginaba era que el equipo santandereano cumpliría inmediatamente con lo pactado. Sorprendido por la situación, le contó a su esposa y, fiel a su palabra, tuvo que viajar para cumplir su nuevo compromiso deportivo.

Dos años y medio permaneció en Bucaramanga. Luego decidió regresar a Bogotá, pues había nacido su tercer hijo y su prioridad era su familia. Durante esa etapa vivió momentos difíciles: el embarazo de su esposa generó complicaciones que obligaron a que ella regresara a la capital y permaneciera allí definitivamente.

Millonarios vs. Santos de Brasil

Existe un partido que quedó grabado para siempre en la memoria de la familia Hernández. Aquella noche Gabriel tenía una de las tareas más difíciles de su carrera: marcar al brasileño Edson Arantes do Nascimento, Pelé, campeón del mundo y considerado el mejor futbolista de su generación.

El 7 de febrero de 1971, el estadio de la calle 57 estaba completamente lleno. Millonarios enfrentó al Santos de Brasil en un encuentro inolvidable que terminó 3-2 a favor del conjunto brasileño.

Pelé marcó dos goles y Gabriel Hernández tuvo la desafortunada acción de un autogol. Sin embargo, más allá del resultado, quedó una historia que pocos jugadores pudieron vivir: compartir cancha, disputar un duelo deportivo y recibir las palabras de un gigante del fútbol mundial.

Al finalizar el partido, “Palma” soñaba con intercambiar su camiseta con la del astro brasileño, pero un compañero se adelantó y logró quedarse con ella. A cambio, Gabriel guardó algo más valioso: las risas, los abrazos y los consejos del histórico número 10 de Brasil.

El retiro del fútbol: el partido contra el olvido

Al no llegar a un acuerdo con el Atlético Bucaramanga, Gabriel Hernández tomó la decisión de retirarse del fútbol profesional a los 36 años.

Con los ahorros construidos durante su carrera deportiva terminó sus estudios de Contaduría Pública en la Universidad Santo Tomás. Posteriormente ingresó a la empresa Mobil, donde durante más de diez años se desempeñó como auditor interno hasta alcanzar su jubilación.

Junto a su esposa, sus tres hijos y sus cuatro nietos, construyó una vida tranquila lejos de Bogotá. Sin embargo, el paso de los años lo llevó por caminos inesperados.

El Alzheimer comenzó a cerrar las puertas de una memoria que alguna vez estuvo llena de estadios, aplausos, goles y celebraciones. Poco a poco, los nombres de sus hijos y de sus adorados nietos comenzaron a perderse entre los silencios de la enfermedad.

La misma mente que guardó durante décadas las jugadas de los grandes escenarios del fútbol colombiano empezó a olvidar sus propios capítulos de gloria. El grito que tantas veces acompañó sus actuaciones en El Campín, “¡Capi, Capi!”, quedó convertido en un eco lejano.

Pero hay historias que ninguna enfermedad puede borrar

En la memoria de la hinchada azul, Gabriel Hernández Alonso sigue siendo aquel lateral elegante, aquel capitán que defendió con orgullo la camiseta de Millonarios y aquel hijo de Soacha que llevó el nombre de su tierra a los grandes escenarios del fútbol colombiano.

Mientras alguien recuerde que disputó 415 partidos oficiales en la Dimayor, once encuentros de Copa Libertadores y marcó once goles, el partido contra el olvido seguirá siendo ganado por quienes aman el fútbol y llevan a Soacha en el corazón.

Porque algunos jugadores dejan de recordar sus propias historias, pero sus pueblos jamás dejan de recordarlos.

Fuentes consultadas:

  • Caracol Radio.
  • Hernán Peláez.
  • Humberto Tarquino.
  • Páginas de fútbol en redes sociales.

Fotos: suministradas

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