Contra el abuso de la policía en Soacha

“El disidente es enemigo; la disidencia de opinión es guerra, hostilidad, que autoriza la represión y la muerte”. Juan Bautista Alberdi.

Recuerdo que cuando estudiaba en la Universidad Nacional, no era extraño que, de un momento a otro, irrumpiera el sonido de las explosiones que indicaban un nuevo enfrentamiento entre los “encapuchados” y el esmad. Era evidente que la policía debía recurrir a sus elementos más hostiles y acorazados porque sus adversarios tenían la capacidad de intimidarlos. No podía decirse que había algún tipo de respeto mutuo, pero sí que se reconocía que se debía andar con cuidado, porque las cosas podrían terminar con mucha violencia, aunque la mayoría de veces los heridos, y hasta los muertos, los ponían los estudiantes.

Ayer, ya como profesor de Uniminuto en Soacha, presencié algo similar. La inquietud de los estudiantes ante la presencia de la policía irrumpió en la clase como signo de temor frente a un acontecimiento que es muy inusual en las cercanías de la universidad. Y mientras continuaba hablando de argumentación y de hacer uso crítico de la propia razón, varios estudiantes eran violentados por la policía del municipio, a poco más de cien metros. Pero nada fue igual que en mis tiempos de estudiante. No existía una amenaza semejante para que, al menos, la policía recurriera a sus corazas y su fuerza de choque. Allí había civiles desarmados atacados por policías envalentonados con armas de fuego y hasta con piedras, imponiendo una “autoridad” que no sé si, al menos, comprenden. En cierto sentido, todo era también igual, pues era el mismo cuadro de agentes violentos del Estado atacando a personas inermes, dado que su fuerza no es tan eficaz contra los que les hacen frente con armas. Como dijo un día un amigo poeta, “así han sido todas las partidas”.

Es en extremo desalentador ver los videos y las imágenes que, a despecho de quienes destruyeron celulares para impedir ser grabados, han circulado por las redes sociales. Con claridad, se ve un despliegue de autoritarismo que, con total impunidad, se arroja cobardemente a la cacería de los estudiantes que corren por el espacio de la Universidad de Cundinamarca; pero al ser alcanzados, estos jóvenes son golpeados entre muchos, arrastrados por el suelo y despojados de sus derechos ciudadanos (si acaso estos derechos no se han convertido, desde hace mucho, en el mal chiste de un payaso triste). Para beneplácito de María Fernanda Cabal, ayer muchos policías de Soacha se comportaron como verdaderos animales de presa, ante la mirada angustiada y atónita de aquellos que veían cómo sus compañeros eran vejados, insultados y heridos por aquellos que, supuestamente, dicen defender con honor la “patria”. Pero ni honor ni patria pudo verse en esa clara violación del espacio universitario.

Siento que les he fallado a mis estudiantes. Siento que todo el discurso de la democracia, implícito y explícito, que desde el aula he puesto en consideración de ellos no es más que una farsa, un autoengaño que decimos quienes nos dedicamos a la academia, pensando que con ello es posible cambiar el mundo. En efecto, los discursos no son atravesados por las balas ni tampoco se resienten por los golpes, pero no fueron atacadas las ideas a las puertas de dos universidades, y en el interior de una de ellas, sino las personas, aquellas a quienes les hemos prometido, no sé si fraudulentamente, que en la educación está el futuro de este país.

Lo que vi fue cómo la policía aplastaba la posibilidad del diálogo y todo rastro de democracia, en un improvisado estado de sitio a la vieja usanza de los años setenta y ochenta. No hubo arrestos de criminales, ni una judicialización de sediciosos. Hubo armas de fuego apuntando a unos estudiantes. Con una estrategia irregular y sucia, se tomaron como objetivo del procedimiento policial a quienes se visualizó como “enemigos”, a sus “simpatizantes” y a sus “auxiliadores” (para usar un lenguaje de sobra conocido por las dictaduras que hipócritamente critican muchas autoridades civiles). De esta dinámica, fueron víctima los estudiantes de la Universidad de Cundinamarca y de Uniminuto, por haber grabado, por haberse mostrado inconformes o, simplemente, por haber pasado, como se supone que pasa la gente para ir a estudiar.

Habrá que preguntarle al profe Eleazar si todo aquello se hizo por “mantener la democracia, maestro”, si fue justificado el excesivo despliegue de la policía (que difícilmente se ve en otros espacios, quizá más pertinentes), si el miedo y la represión son las herramientas correctas para entrar en contacto con los estudiantes, si esa es la forma en que las autoridades del municipio deben mostrarse a una población ya inmersa en el terror, la zozobra y la desesperanza, cuando ha sido muy poco lo que se ha hecho para mejorar las condiciones de empleo, educación y salud en Soacha. Habría que exigirle al alcalde no solo que explique, sino que tome cartas en el asunto, por esta afrenta a la ciudadanía.

Habría que exigir a los políticos de oficio, en esta época electoral, no que manifiesten su indignación, siempre postiza en tiempos de las fotos para la campaña, sino que planteen soluciones para que esto no vuelva a suceder. Porque Soacha no necesita falsos líderes, ni desquites electorales, ni maquillajes gaitanezcos, sino funcionarios que dejen de explotar las necesidades, la tierra, los recursos, la fe y las esperanzas de quienes habitamos este municipio.

No deseo hablar en nombre de nadie, ni representar a quienes hoy vieron su ciudadanía reducida a los escombros de la ley del más fuerte. Esta es apenas una reflexión, que dirijo a los estudiantes de la Universidad de Cundinamarca y de Uniminuto, para alzar mi voz junto a la de ellos y ellas, como protesta frente a la injusticia que se vivió ayer y, de paso, frente a la lógica de la violencia que se recrudece cada día en Colombia. Empuño la única arma que conozco, el discurso, porque a pesar del desencanto, sigo teniendo la esperanza, romántica y resquebrajada, de que es posible resistir al poder desde la crítica y desde la osadía de no callar lo que se piensa.

Diego Alfonso Landinez Guio

die_nihil@yahoo.es