En Soacha: ¿Emblema = Problema?
Entre la alondra cornuda, el arte rupestre, los humedales y el nuevo POT: las contradicciones de una ciudad que declara sus símbolos, pero no siempre protege su suelo.
Hay ciudades que construyen su identidad alrededor de aquello que conservan; otras parecen construirla alrededor de aquello que, con el paso del tiempo, van perdiendo. Soacha tiene una historia milenaria. Bajo sus calles, sus montañas y sus urbanizaciones existe un territorio que conserva las huellas de miles de años de ocupación humana: un entramado de arte rupestre, paisajes, haciendas, ecosistemas y lugares convertidos en símbolos de una ciudad que, paradójicamente, todavía parece estar descubriendo qué significa pertenecerle.
Ahora que el municipio acaba de aprobar un nuevo Plan de Ordenamiento Territorial después de 26 años, resulta pertinente formular una pregunta incómoda: ¿qué tan coherente es una ciudad cuando declara sus emblemas, pero no siempre consigue proteger el territorio que los hace posibles? Esta no es una crítica contra el POT. Al contrario, es una reflexión que nace de la urgencia de discutir qué territorio queremos construir, entendiendo que ordenar el suelo no consiste únicamente en decidir dónde habrá viviendas, vías o industrias, sino en definir qué no estamos dispuestos a perder.
La alondra que acabamos de declarar emblema
El caso más reciente es quizá el más evidente. En abril de 2026, Soacha declaró a la alondra cornuda (Eremophila alpestris peregrina) como ave emblemática del municipio. La decisión reconoce a una especie asociada a paisajes que pasaban inadvertidos para buena parte de la ciudadanía. Sin embargo, declarar un emblema no es solo ponerle nombre a una especie; es asumir una responsabilidad sobre el espacio que necesita para sobrevivir.
La Asociación Bogotana de Ornitología (ABO) advirtió oportunamente que una de las áreas identificadas como hábitat de la alondra coincide con sectores contemplados para el futuro Parque Tecnológico Ambiental dentro del ordenamiento territorial. La organización solicitó evaluar las implicaciones sobre la especie y armonizar la planificación con las medidas de conservación existentes. Si acabamos de declarar a la alondra como emblema de Soacha, ¿no debería ser su hábitat uno de los suelos que mayor cuidado merezca? Un símbolo obliga a tomar decisiones, y la alondra, a diferencia de nosotros, no puede asistir a una sesión del Concejo Municipal a defender su territorio.
Las fronteras que la naturaleza no reconoce
Aquí aparece un dilema estructural: ¿dónde comienza y dónde termina el territorio que queremos proteger? La respuesta parece sencilla en un mapa administrativo con límites municipales, pero la naturaleza no funciona con fronteras políticas. El agua no consulta un mapa antes de recorrer una cuenca, un ave no necesita pasaporte para desplazarse y una montaña no cambia de formación geológica porque una línea administrativa atraviese su ladera.
Los humedales son el ejemplo más claro. Estos ecosistemas no pueden entenderse únicamente desde el espejo de agua visible; su funcionamiento depende de suelos, drenajes, escorrentías y zonas de inundación que se extienden mucho más allá de lo que el ojo identifica. Proteger un humedal no consiste en dibujar un círculo alrededor del agua, sino en controlar lo que ocurre en su área de influencia: el suelo vecino, las aguas que le llegan y las infraestructuras que alteran sus drenajes. La ciudad necesita fronteras administrativas, pero la naturaleza exige continuidad. El reto del ordenamiento es hacer compatibles ambas realidades.
El Varón del Sol: cuando la memoria se vuelve pintura negra
Si la alondra representa la biodiversidad, el Varón del Sol encarna la memoria arqueológica. Este sitio de arte rupestre en Fusungá es un referente de la identidad soachuna reconocido por el ICANH. Pese a contar con un Plan de Manejo Arqueológico que delimita la roca y su entorno como área de conservación, el 3 de mayo de 2024 la piedra fue vandalizada con pintura negra, cubriendo por completo la pictografía.
Sin embargo, el deterioro no comenzó con ese tarro de pintura. El ICANH ya había advertido sobre riesgos derivados de construcciones cercanas, vandalismo, fogatas, canteras, tala y mal manejo de residuos. El patrimonio arqueológico no se pierde solo cuando alguien decide destruirlo deliberadamente; se pierde lentamente cuando el territorio circundante deja de ser compatible con su existencia.
Esto se replica en todo el municipio. Pese a que un proyecto con el Ministerio de Cultura e ICANH identificó 98 sitios con arte rupestre en seis veredas para su protección normativa, las canteras en San Mateo y la expansión urbana en sectores como Ciudad Verde siguen ejerciendo presión sobre estos lugares. Es una paradoja difícil de ignorar: sabemos dónde está el patrimonio, lo hemos documentado e inventariado, pero conocerlo no ha significado conservarlo. ¿Cuánto patrimonio arqueológico hemos perdido mientras Soacha crecía?
Las piedras no son solo piedras y los BIC no son islas
Quizá uno de nuestros errores sea mirar una roca y ver solo una piedra. Una piedra con arte rupestre es un documento sin páginas, pero con trazos; sin firma, pero con autor, con una antigüedad que ningún archivo administrativo podría igualar. Cuando una de ellas desaparece, perdemos la capacidad de comprender a quiénes habitaron este suelo antes que nosotros. Resulta contradictorio reivindicar la identidad muisca mientras permitimos que el territorio que conserva su memoria material se deteriore.
El problema se extiende a los Bienes de Interés Cultural (BIC). La Hacienda El Vínculo, por ejemplo, es un inmueble histórico clave para entender la ocupación territorial y productiva de Soacha. ¿Pero qué significa conservar una casona histórica cuando todo aquello que explicaba su existencia desaparece a su alrededor? Un BIC no puede convertirse en una isla rodeada de transformaciones que borran su contexto. Conservar no es solo evitar que caigan cuatro paredes, sino mantener la relación entre esas paredes y el paisaje que les dio sentido.
Al final de la montaña está el Salto
El Salto del Tequendama resume como ningún otro lugar la paradoja de Soacha. Declarado Patrimonio Natural de Colombia en 2019 y reconocido por la Alcaldía como parte de su territorio rural, sigue sufriendo un fenómeno de despojo simbólico: cuando la gente habla del Salto, difícilmente piensa primero en Soacha. La pertenencia no se decreta, se construye.
Durante décadas, el Salto fue testigo del deterioro del río Bogotá y de la pérdida de sus condiciones naturales. La lección es clara: declarar un lugar como patrimonio no garantiza que el ecosistema que lo sostiene permanezca sano. El título puede quedar intacto en un papel mientras el paisaje se destruye.
Cuatro emblemas, una misma pregunta
La alondra representa la biodiversidad; el Varón del Sol, la memoria arqueológica; los BIC, la historia arquitectónica; y el Salto del Tequendama, el patrimonio natural. Son elementos distintos, pero todos comparten una condición innegociable: necesitan territorio.
Por eso el dilema no son cuatro problemas separados, sino una misma cuestión de fondo: cómo ordenamos el suelo. El verdadero reto del nuevo POT no es comprobar si el patrimonio aparece mencionado en el documento, sino garantizar que las decisiones sobre la expansión urbana, la infraestructura y el desarrollo sean coherentes con lo que se dice proteger. El territorio no es una colección de piezas aisladas: la montaña se relaciona con el agua, el agua con los humedales, los humedales con las especies, el paisaje con el patrimonio y el patrimonio con nuestra identidad.
Una ciudad no demuestra cuánto ama sus símbolos colocándolos en un acuerdo municipal, en un folleto o en una campaña institucional. Lo demuestra cuando toma las decisiones territoriales más difíciles. La alondra no entiende de polígonos urbanísticos, el Varón del Sol no se defiende de una brocha de pintura, un humedal no puede frenar el avance del concreto y el Salto del Tequendama no puede salir a recordar que pertenece a Soacha. Los símbolos no votan, no ocupan curules ni firman derechos de petición; pero nosotros sí. La pregunta que debe acompañar este nuevo ordenamiento no es solo qué ciudad queremos construir, sino qué ciudad estamos dispuestos a conservar.
Por: Sebastián Ríos Orjuela (Wiki) – Estudiante de Administración Pública Territorial (ESAP)
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