La guerra es una “calamidad que contrasta el proyecto de Dios”, así lo dijo el Papa Benedicto XVI en Julio de 2007 desde la sierra alpina de los Dolomitas, donde descansaba y completó la frase afirmando que Dios quiere hacer del género humano una verdadera familia en la cual se viva en auténtica paz y concordia.


Hablando sobre el “drama de la libertad humana en el mundo”, el Pontífice continuó diciendo que la tierra es un jardín que Dios entregó a los hombres para que lo “custodiaran y cultivaran” y que “si los hombres vivieran en paz con Dios y entre ellos la tierra asemejaría verdaderamente a un ‘paraíso’”.

Ya su antecesor, el Papa Juan Pablo II en Mayo de 2004 recordó a la humanidad que “la guerra es uno de los principales obstáculos para alcanzar el progreso de la sociedad”. La humanidad necesita mejorar su modo de vivir pues el progreso en estos “tiempos difíciles” se ve amenazado por la guerra, la pobreza, el racismo y la explotación que bloquean la capacidad de construir un mundo mejor. En cambio, el progreso de la humanidad se ve vinculado a la cultura, el arte y las ciencias. Un país en el cual se promueve la cultura es una nación que pronto conseguirá la paz.

Quien ha conocido la guerra, siempre trabajará por la paz, así lo afirmó el Papa Benedicto XVI en su primer encuentro con los miembros del cuerpo diplomático acreditados en el Vaticano en Mayo de 2005, recién asumió la tarea en la silla de San Pedro. De parte del Papa es un compromiso especial en trabajar por el diálogo entre los pueblos para conservar la paz.

Tanto Benedicto XVI como Juan Pablo II llegan a Roma de unos pueblos azotados por la guerra, ellos mismos la vivieron, por eso las palabras del primero de ellos son muy elocuentes: «Vengo de un país cuyos habitantes desean de todo corazón la paz y la fraternidad, sobre todo las desean aquellos que como yo han conocido la guerra y la separación entre los hermanos pertenecientes a una misma nación, a causa de ideologías devastadoras e inhumanas que, encubiertas de sueños e ilusiones, hicieron pesar sobre las personas el yugo de la opresión. Comprenderéis, por tanto, que soy particularmente sensible al diálogo entre todos los seres humanos, para superar todas las formas de conflicto y tensión y para hacer que nuestra tierra sea una tierra de paz y de fraternidad».

Monseñor Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Mayo de 2005, al conmemorar el 60º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial en su discurso alentó a todas las Naciones a reconocer “la naturaleza trágica y devastadora de la guerra” e invitándolas a asumir el compromiso de evitar una nueva catástrofe.

Muchas catástrofes mundiales azotaron al siglo XX, pero ninguna como la Segunda Guerra Mundial. En ella se pretendió exaltar el Estado, la raza y la autosuficiencia humana basada en la manipulación de la ciencia, la tecnología y la fuerza.

Hoy, cuando algunos pretenden anteponer el orgullo – o será la locura- a vivir en paz, nada justifica provocar o dejarse provocar para llegar a una “matanza inútil”.