Lanzar piedras a Petro se ha convertido en el deporte distrital por excelencia. Cada día, sistemáticamente, en las páginas de los diarios y revistas capitalinas, en los espacios editoriales o en las gráficas de humor, se encuentran lapidarios escritos y dibujos, varios sin disimular letras verdaderas de odio, contra el alcalde de los bogotanos.

Para el que escribe esta nota no es un asunto extraño. Desde el mismo día de su elección, así lo advertí en un escrito de la época, se veía venir la andanada inmisericorde contra el mandatario capitalino. Desde el anuncio “por fuera de micrófono” de uno de los derrotados resaltando el bajo porcentaje de votos con el que ganó la elección, soslayando la regla de nuestra democracia de mayorías simples, hasta las voces de los afectados por el ejercicio político de Gustavo Petro en el Congreso de la República. Políticos presos en la Picota prometieron “hacer vaca” para promover la revocatoria; los recién capturados por la feria de corrupción en el Distrito empezaron a mover las fichas y parapetar importantes “alfiles” en puestos claves de la administración, incluidos las instituciones de control, para “tender trampas” y aplicar frenos al ímpetu de renovación que había anunciado el electo mandatario. Adicional, por supuesto, a las malquerencias que desde escenarios de la política tradicional y militar, desde tiempos atrás, heredó Petro, como todos nosotros, de la militancia en el M-19.

Las celadas y emboscadas se empezaron a sentir. Errores y tropiezos, naturales en una transición gubernamental, se fueron magnificando en una especie de “matoneo mediático”. Fueron creando la sensación de un mandatario atrapado en la soledad, improvisando y sin capacidad gerencial, sensación que se agravó por la parálisis de un equipo de gobierno amedrentado y, varios, “empapelados hasta el cogote”, maniatados para hacer la necesaria “carpintería” y materializar las decisiones que impone un Plan de gobierno de ruptura con las inercias pasadas. Aún, por estas fechas, trascienden de las paredes del Palacio Liévano, reclamos sobre acciones que se han debido ejecutar y que se congelan sin explicación. Funcionarios enredados en la telaraña de viejos asuntos, no se atreven a actuar, como queriendo evitar convertirse en el blanco de las malquerencias y pedradas que se lanzan contra el Alcalde.

Pero los que al principio “lanzaban la piedra y escondían la mano”, alentados por encuestas, algunas de puras basuras, empiezan a poner la cara, imaginando escenarios en los que, pisoteado el alcalde, reclamar medallas y reconocimientos. Así pues, la secreta alianza SASA (Samper – Samuel), que data desde el 8 mil, se quita la capucha y algunos ponen la cara. Varios de ellos, columnistas tanto de pluma frívola o de prosa de aparente rigor conceptual, llevan, por delante o por detrás, el políticamente sonoro apellido Samper. Otros, con menos vocación de escribidores, se avientan en mamotétricas entrevistas en medios escritos, sin disimular las alianzas con los responsables del “carrusel” o su afinidad secreta con el políticamente incorrecto “samperismo”.

Los otros tira piedras son viejos contradictores: “parapolíticos” condenados, paramilitares y mafiosos presos, uribistas de alto turmequé, los que metieron las uñas en la plata pública, intelectuales envidiosos que no invitan líderes latinoamericanos, Ministros en “fila” presidencial, derrotados electorales, guerrilleros activos que lo consideran “traidor” y, por supuesto, empresarios parásitos que se acostumbraron a “chupar” de las venas abiertas del presupuesto público. Como en la frase de cajón, todos a una apedrean a Petro.