Reminiscencias (IV)

Miércoles 6 de octubre de 2010, por José Ignacio Galarza Mayorga




Por la época que he referido hay alcaldes que hicieron obras de poca monta y otro sólo dejó sudor, lágrimas y sangre, hechos que por ahora y en la época que se vive, no vale la pena recordar.

Fueron ellos Octaviano Rodríguez, Roberto Vargas Maza, Antonio Rojas, Miguel Verano, Aureliano Rodríguez, Antonio Morales Cortés, Luis Antonio Liévano y Peregrino Sáenz de San Pelayo, sin que el orden anotado indique que fue el de su mandato.

Concejales fueron Manuel Umaña, Carlos Lleras Restrepo, Honorato Espinosa y Ponce de León, Carmenza Rocha Castillo, Alfonso Suárez de Castro, Jaime Bogotá Marín, José María Sánchez, Hermógenes Escobar, Ernesto Puyana, Heliodoro Uribe, Heliodoro Londoño, Antonio Pérez Aguirre, José Manuel Rincón, Alejandro Mayorga Uribe, Antonio Gallo, José Santos Lezaca, y Ángel María Rojas Rincón .

Indudablemente una nómina lujosa de gentes honestas e interesadas en servir a la localidad y ajenos a procurar el beneficio personal o los intereses de un sector, o prebendas para sí..

Personeros: Luis Emilio Casas Delgado, José Vicente Escobar, Rogelio Rojas Rodríguez, Virgilio Veloza, Aristóbulo Mora Toscano, Claudio Bogotá, Pablo Emilio Escobar y Lucas Gallo.

Tesoreros: Eulogio Ramírez, Pablo Emilio Sánchez, Luis Felipe Bogotá, Francisco Guáqueta, Indalecio Landínez, José Vicente Escobar y Julio Cancino.

Hicieron política y fueron jefes respetados, Silvano Bogotá, Moisés Vejarano, Eulogio Ramírez, Pablo Emilio Sánchez, Abraham Bernal, Lucas Bogotá, Emiliano Escobar, José Vicente Escobar, José Manuel Rincón, Alejandro Osuna, Felipe Chía, Micaelina de Cubillos, Anatolio Ramírez, Lisandro Bogotá, Antonio Pérez Aguirre, Bernardino Galeano, Gustavo Díaz Álvarez, Alfredo Bogotá, Ernesto Puyana, Abel Casabianca, Alejandro Mayorga Uribe, Hernando Mendoza, José Antonio Velandia, Humberto Rojas, Antonio Gallo, Laurencio Sánchez Luis Emilio Casas, Lucas Gallo, Rafael Díaz, José Santos Lezaca, José Ignacio Sánchez, Manuel Umaña, Indalecio Landínez, Oliverio Cepeda, Ignacio Umaña de Brigard, diplomático y Gobernador de Cundinamarca, quien nació en la Hacienda Tequendama de Soacha, y los hermanos Jorge y Carlos Pérez Díaz.

Los lectores de esta columna pueden observar que de los nombres transcritos atrás, aparecen personajes importantísimos en la vida nacional, que iniciaron en Soacha su vida pública en el Municipio, pero que, sin saber porqué, muy pronto lo olvidaron.

Ahora, vean ustedes, apreciados soachunos, cómo se divertían los habitantes de la tierra y compárenlos con la juventud actual:

En las vacaciones y fines de semana, los jóvenes demostraban sus condiciones de nadadores en el paseo obligado a la piscina de los Suárez, en el camino a la Vereda de Fusungá, en donde por mínimas sumas de dinero se iniciaba el baño cerca del medio día y terminaba alrededor de las cinco de la tarde, con la entrada obligada a la tienda llamada El Querer, situada a la mitad del camino, entre el pueblo y el lugar del baño y frente a la casa de Josefa Piernagorda, que sacrificaba y vendía en el pueblo, los mejores chivos de toda la región. Y en aquella tienda Tomás Montoya o su esposa hacían malabares para que los visitantes pagaran exactamente todo lo consumido, generalmente pan y gaseosa, o la tradición cerveza, si se jugaba al tejo.

Igualmente eran sitios escogidos para el baño y el retozo de los mozos de la época, los pozos formados en el rio Soacha y denominados el de Camilo, Las Mirlas, el Remolino y el Tanque. Pero también era importante el paseo a Zaragoza, bello sitio ubicado al oriente y lugar donde se encontraba el nacedero de agua que daba lugar al antiguo acueducto del Municipio, lugar hoy desconocido y en cuyos alrededores se construyó la Cárcel Municipal.

Uno de los mejores sitios de esparcimiento fue Canoas, en donde se hacían o llevaban los mejores “piquetes”, de que daban buena cuenta Piper Sánchez, Augusto Vejarano, Cuco Sánchez, Eusebio Vejarano, Chepe Sánchez, Gonzalo Vejarano, Gonzalo Casas, Laurencio Sánchez, Gustavo Gallo y Jaime Espinoza, hijo del famoso “Chifoca”, Enrique Espinoza, secretario del General Benjamín Herrera.

En uno de estos “piquetes”, Piper, el encargado de llevar el pan para Acompañar la carne y los huesos de “marrano”, lo olvidó, por lo que devolvió a su hijo Alfonso conocido como “Fija”, por su afición a la hípica, quien para no alejarse del grupo entró a la primera tienda que encontró y compró lo que había, calado, lo que produjo la indignación consiguiente de los paseantes y casi la expulsión de la excursión del inútil mensajero, que seguramente ignoraba que este tipo de pan se comía solamente con el chocolate o el agua de panela.

Pero era mayor el paseo cuando el sector delante de Tierra Blanca y en frente de la Hacienda de Canoas Gómez se inundaba por efectos del invierno y el desbordamiento del Rio Bogotá, cuando todavía no era un caño, como hoy, y se formaba allí un inmenso lago de por lo menos una hectárea, pero ya no había “piquete” porque los paseantes eran diferentes, pues el grupo lo integraban unos pocos jóvenes de los ya señalados atrás y estudiantes. La intención era pescar el famoso capitán de la Sabana, lo que se hacía con el pie o simplemente con la mano, que se cubría con una media para que el animal no se escapara y se depositaba en un canasto o un tarro, llevado al efecto, por alguno de los famosos pescadores improvisados.

En una der estas pescas nació la famosa ópera, compuesta por Enrique Prieto y Gonzalo Vejarano, que denominaron “Pablo El Pescador”, seguramente en homenaje a Pablo Escobar Vázquez, que los acompañaba, pero que se indignaba y clamaba porque se hiciera silencio, pues según su opinión, la letra que pretendían acomodar a la música de su invención, alborotaba a los pescados que también protestaban por no ser de su agrado.

Era esto algo así o parecido, con lo que los nóveles compositores Enrique y Gonzalo pretendían pasar a la historia, al lado de los maestros de la música y que cantaban, naturalmente, a dos voces:

La mar está serena y el silencio es profundo,

Es verdad, pero siento un frio que me hace temblar y me cala los huesos.

Pero porqué temblar, porqué no coge el pescado y aprovecha su abundancia?

No. Mejor los dejo para que Pablo los lleve.

Protesta y ópera perdieron, pues pudo más la pesca que abundancia llevó el trío a sus casas, en las que también perdió el capitán de la Sabana.

JOSE IGNACIO GALARZA M.
joseignaciogalarza@yahoo.es

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