No todo han de ser noticias malas para mis compatriotas, pues muchos de ellos se sintieron tratados como insurgentes cuando sin documentación legal pretendían residir en países como España, al que concurrían aprovechando la oportunidad de la no existencia de Visas para luego correr y regresar a Colombia cuando se impuso ésta, por mandato de La Unión Europea y, porque algunos de ellos, ni siquiera podían presentar el permiso de residencia expedido por las autoridades correspondientes, naturalmente, dejando su trabajo y hasta algunas pertenencias conseguidas con grandes sacrificios, o ir a la cárcel por residir ilegalmente, pues solo podían quedarse en países de la Unión Europea, quienes poseían el permiso de residencia expedido por la autoridad competente. Y obligadamente salieron de España muchos soachunos que durante años anduvieron por aquí.


Pero la insistencia del Presidente Santos de Colombia y el del Perú, ante el Parlamento Europeo, con la ayuda del español, consiguieron la suspensión de tal norma, nacida por tráfico de estupefacientes en el continente europeo, que entrará en vigencia, a más tardar, en unos cinco o seis meses, cuando no se hará necesaria la Visa y, solamente habrá de presentarse el Pasaporte correspondiente, en vigencia, naturalmente.

Así las cosas y con el agradecimiento de los países beneficiados, en el periódico El País de Madrid, en su edición del 15 de junio del año en curso, el muy conocido escritor colombiano, don Héctor Abad Faciolince en un artículo que denominó “Visados, espinas y clavos” escribió en su página 11, el resumen que nos permitimos transcribir:

“La anulación por parte de la UE de las visas obligatorias para ciudadanos de Perú y Colombia supone poner fin a una medida discriminatoria contra los ciudadanos de dos países que son mucho más que amigos de España.

“Aquel puñal que nos clavaron en la espalda, nos lo retiran hoy por el pecho, tratando de no dejar cicatriz. No puedo negar que este cambio es un alivio, y que tiene mucho de justicia poética que la misma persona que firmó la abstención haya arriesgado buena parte de su patrimonio político ante la Unión Europea para deshacer aquel entuerto y esa larga injusticia. En estos años, humildemente, humillados y ofendidos, hemos hecho filas sin fin ante todos los consulados de la Comunidad Europea para demostrar que no éramos sicarios ni prostitutas ni hampones. Los traficantes, en últimas, se siguieron colando con las visas y hoy hacinan las cárceles en proporciones parecidas a las de hace tres lustros. Para que les dieran un visado solo tenían que demostrar que no eran pobres, y en general los que trafican con drogas tienen buenos saldos en sus cuentas bancarias.

Los llamados de urgencia, las breves temporadas de turismo o de estudio, los imprevistos viajes a un congreso, a un matrimonio o un entierro, ya no estarán rodeados de angustiosos ruegos en consulado que no dan abasto. Los sanos podrán venir a donar sus órganos a sus parientes necesitados de trasplantes. Los perseguidos y asustados podrán buscar un refugio mientras pasa la tormenta de una amenaza política o delincuencial.

Ha hecho bien el Gobierno español, que empezó solo esta iniciativa de desclavarnos a nosotros el puñal y de sacarse así mismo esa vieja espina, ese molesto clavo, con el escepticismo inicial de casi todos sus socios europeos excepto Portugal. Si Colombia y Perú habían firmado sendos acuerdos de libre comercio con la UE, resulta impresentable que casi todo pudiera fluir sin trabas (el vino y el aceite, los aviones y el café, las naranjas y los plátanos, el capital financiero y los teléfonos celulares), todo, menos las personas. Después de 15 años se nos vuelven a abrir las puertas y no habrá ninguna inundación de colombianos que vengan a buscar trabajo donde posiblemente lo haya. Lo que sí dará más gusto será poder recibir allá españoles –que tienen mucho que darnos y enseñarnos-, pero en igualdad de condiciones con lo que venimos a aprender aquí de aquello que, en buena medida, son nuestras propias fuentes mentales y culturales. Una vez más, entraremos a España con la frente en alto y con aquella extraña sensación que expresó muy bien Eduardo Caballero Calderón: sin “la impresión de llegar, sino la de volver.” Y continúa:
“En todo caso, al cerrar las puertas a los más pobres, se les cerraban también a técnicos, enfermeras, médicos, escritores…

Sé de buena fuente que aquella carta de los colombianos fue una espina que se quedó clavada en la conciencia del presidente Rajoy, que, como ministro de Gobierno español de entonces, había sido el encargado de abstenerse en Bruselas, cuando se aprobó la imposición de las visas para Perú y Colombia. Nosotros, en aquella carta a Aznar, advertíamos: “La rueda de la riqueza de las naciones se parece a la rueda de la fortuna; no es conveniente que en los días de opulencia se les cierre en las narices la puerta a los parientes pobres. Quizá un día nosotros tengamos también que abrirles a los hijos de España las puertas, como tantas otras veces ha ocurrido en el pasado”.

Es la oportunidad, entonces, para mis coterráneos, que ya estuvieron o desean estar por estas tierras que alisten sus “trastos” y solo con el pasaporte, se suban al avión y vengan por estos hermosos sitios, a presenciar lo que tanto gusta a los soachunos: La Feria de abril en Sevilla, la de San Isidro en Madrid, la de Las Hogueras de Alicante o San Fermín. Quieren más?

joseignaciogalarza@yahoo.es