Con la excepción de Bogotá, Soacha será la segunda ciudad de Colombia que presentará el mayor número de aspirantes al cargo de alcaldía en todo el país. Este desproporcionado número de aspirantes debe llevar a los ciudadanos del municipio a preguntarse antes de depositar su voto: ¿qué hay detrás de tan numerosas y en algunos casos reiteradas pretensiones?, ¿Afán de servicio?, ¿Altruismo?, ¿Espíritu de sacrificio?, ¿Mesianismo?


Lo primero que se debe dejar en claro es que este abanico de aspiraciones no es precisamente una expresión de democracia real ni mucho menos que ese número de pretensiones sean el resultado de la aplicación de la democracia al interior de los partidos.

Un buen número de avales se obtuvieron a punta de dedocracia, tráfico de influencias, pago de favores y compromisos burocráticos, hechos a espaldas y contra las convicciones de los electores de los partidos.

Algunos de estos líderes no han sido muy inclinados a promover nuevos liderazgos porque aún se consideran los patriarcas y dueños de los feudos electorales de la política local.

Quienes hoy presumen de líderes, exhiben sin el menor rubor y sin el menor asomo de vergüenza, una larga historia de transfuguismo político, deslealtades, engaños y traiciones como la mejor expresión de su talento camaleónico. La identidad política e ideológica no ha sido precisamente su mayor virtud, y menos lo ha sido su sentido de identidad y pertenencia con el municipio, al cual suelen aludir sin recato en cuantas declaraciones y discursos realizan sin que ni siquiera sepan la esencia de su significado.

En otros casos, sin importar los severos cuestionamientos o las investigaciones y sanciones de las que han sido objeto algunos candidatos, no consideran la inconveniencia de sus aspiraciones.
La historia, por el contrario, muestra que los grandes liderazgos se han caracterizado por la firmeza de sus convicciones, por la claridad de sus tesis, por la profundidad de sus análisis y concepciones acerca del desarrollo, así estén concebidas opuestamente a nuestras convicciones políticas. La coherencia política e ideológica, la honestidad y la responsabilidad han sido normas de conducta extrañas a varios de estos líderes.

Los programas de los partidos no tienen respuestas ni alternativas a los problemas fundamentales del municipio, pues su estudio sereno, profundo, objetivo y sistemático, se tornó en una circunstancia formal y sobre todo coyuntural, por lo tanto sus percepciones acerca de la naturaleza y carácter de los problemas locales no pasan de ser verdaderas empresas unipersonales.

En este sentido se percibe en algunos candidatos una falsa pretensión de conocimiento frente a los problemas estructurales del municipio, a los cuales anteponen como primera solución su arrogancia mesiánica.

Lo que deben recordar y no pasar por alto los ciudadanos de Soacha es que algunos de ellos, no obstante haber estado ya en el poder, olvidaron entonces sus responsabilidades con el desarrollo y el progreso del municipio, y sobre todo fueron incapaces en la búsqueda de soluciones.

Los políticos locales y de todo el país no viven para la política sino que viven de la política, como los mercenarios viven de la guerra. El fin de su praxis política es en esencia el logro del poder y del prestigio. Y por supuesto del dinero aunque en coro digan que NO.

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