El centavero no parquea en parqueadero y deja el carro al aire libre para ahorrarse esa platica, pero corre el alto riesgo de que se lo roben. Después, si lo roban, le echa la culpa a alguien, al que lo cuidó en la calle o al celador, y se enfrasca en tremenda pelea con el seguro, sabiendo que para eso están los seguros: para ahorcar con la cuerda asfixiante de su letra menuda.


Ese chichipato se cuelga en las cuotas de administración del edificio para esperar una amnistía, y todo lo pide regalado, desde boletas para entrar a un concierto hasta pases para no pagar el cover en una discoteca.

El centavero te pide prestado el libro de moda y no te lo devuelve, va con tres al almuerzo así la invitación haya sido para él solo y si puede se cuela en el bus –o cuela al niño— para ahorrarse los 1800 del pasaje.

Cuando va a un corrientazo pide que le cambien el jugo para que le den más, no le gusta la ensalada que le sirven, y siempre pide más limón: como si hubiera ido a la zona G o cualquier restaurante de Cartagena, pero a precio ejecutivo. ¡Ah!: le encantan las degustaciones en los supermercados, porque puede comer gratis y además criticar porque lo que le dan a probar ensartado en el palillo no le sabe bien o le sienta mal.

Antes se pegaba el viaje hasta sanandresito para comprar películas piratas y como ahora las encuentra en cualquier esquina las compra a dos mil y luego las cambia, a mil y al mismo vendedor, para ahorrarse ese billete. Si lleva almuerzo al trabajo, deliberadamente no lleva sopa o seco completo, porque sus compañeros algo le van a dejar. Cuando compra boleta para fútbol lo hace en oriental porque sabe que con su astucia se va a pasar a occidental, nadie sabe cómo, pero lo hará, sobre todo cuando el estadio está ‘lleno a reventar’.

Pero la principal característica de ese centavero o chichipato es que todo lo protesta y siempre les echa la culpa a los demás. Nada le gusta, no está satisfecho con nada, ni con su barriga ni con su pareja, mucho menos con su trabajo, ni con el trabajo de los demás, ni con la ciudad, ni con el equipo de fútbol, ni con los jugadores, así sean los del Barcelona (que todo lo ganan), ni con el clima, ni con el mundo: no le gusta absolutamente nada.

En este punto es bueno que aclaremos una cosa: no estoy hablando de mucha gente que se rebusca la vida para poder hacérsela fácil. Es la gente que estira la plata, que hace maravillas y saca adelante a los hijos aún con el sueldo mínimo. Aquí hablo del centavero. Son dos cosas distintas. El que es capaz de ser chichipato con sus propios hijos, condenados a ser chichipaticos.

El chichipato o centavero de seguro se va a gastar la plata que se ahorra en sus chichipatadas en puras chucherías o en trago, o a lo mejor en putas (de las baratas), o en la moza. El otro, el que se la busca de una manera digna y decorosa, trata de sobrellevar la pobreza con majestad y aplomo, con la cabeza en alto.

Tampoco estoy describiendo al que peyorativamente se suele bautizar como perdedor. No creo en la división entre ganadores y perdedores. Por la sencilla razón de que muchos “ganadores” han sido unos completos chichipatos o centaveros que se convierten en verdaderas ladillas.

Son mamones, son molestos. Los chichipatos te viven pidiendo favores, siempre buscan un ‘contacto’ para que les hagan una vuelta y quieren que uno se lo consiga, les encanta vivir de gorra, vivir de los demás: y son envidiosos, chismosos y calumniadores como ningún otro ejemplar de la fauna social.

El chichipato es tan despreciable como el tóxico, o puede ser una subespecie del tóxico. El chichipato o centavero cree en su propia audacia para ahorrarse un dinero pero no es más que un infeliz que quiere presumir de hábil y ventajoso, así la vida se le vaya por la cañería de su propia miseria.