Por Arturo Prado Lima

Colombia es un país de pobres. El 60% de su población vive del “rebusque”. El salario mínimo llega a escasos 280 dólares mensuales. En este contexto, reclutadores de hombres y mujeres para el crimen hacen su agosto. Ofrecen hasta diez veces más el salario mínimo para actividades fuera de la ley. Es la nueva y provocativa profesión en el país cafetero.

Aurelio llevaba seis años en una cárcel alemana. De nacionalidad peruana, pero criado y formado en Colombia, cayó en Berlín con tres kilos de cocaína. Lo conocí como uno de los organizadores del Festival Mundial de la Cultura de Berlín, al cual me habían invitado. Era alto, atlético y estaba siempre con su compañera, una preciosa rubia con quien tenía un hijo. Aurelio estaba de permiso. Tenía que regresar a dormir a la cárcel a las siete de la noche. Su compañera alemana, que era voluntaria de una ONG, encargada de acompañar los procesos psíquicos de presidiarios solos, había convencido a las autoridades carcelarias para que Aurelio pudiera salir de la cárcel con un permiso especial. Sería su ayudante, pues era ella la que oficialmente estaba a cargo de la organización de los escritores y artistas de habla hispana.

Aurelio no solo participó como ayudante, sino como poeta y novelista. Desde hacía cinco años que la voluntaria alemana lo visitaba, y él se enamoró de ella. En menos de seis meses había escrito un libro de poemas para ella, sin nunca haber escrito nada, y un año después del flechazo mutuo ya tenía una novela terminada y otras dos en proceso. En sus poemas y en su narrativa, ella era la protagonista. 

La delincuencia colombiana es de novela negra, de suspenso, romántica o violenta, reveladora y grave, pero, sobre todo, de una creatividad única, capaz de construir un submarino sin un ápice de conocimiento de trasporte marítimo, y hasta convertir en poeta a un despiadado narcotraficante que, como Aurelio, según me enteré años después, cuando salió libre, voló a su país sin mujer e hijo; y a estas alturas quizá ya esté de nuevo en algún país europeo recuperando el tiempo perdido. Es, en todo el sentido de la palabra, un personaje en busca de autor. 

Hace pocos meses, la Guardia Nacional de España detuvo en Málaga, España, a un dominicano y un español que, al mando de un colombiano, habían diseñado el único submarino artesanal que se conoce en el mundo con capacidad para transportar dos toneladas de droga. Y no solo eso. También se hicieron expertos en adaptar caletas en toda clase de vehículos para mover grandes cantidades de sustancias alucinógenas. 

Leonidas Vargas, narco de los tiempos de Rodríguez Gacha, fue ultimado a bala en un hospital de Madrid. La misma suerte corrió José Antonio Ortiz. Los autores de las muertes son sicarios de las llamadas “Oficinas de cobro”, organizaciones sicariales encargadas de asesinar a delatores, traidores y deudores entre bandas delincuenciales. La mayoría de los integrantes de estas son colombianos. Su lucha por controlar territorios, rutas mercantiles y administración de capitales ilícitos es a muerte. 

El año pasado, la policía española detuvo a una banda de siete colombianos que iba a recibir dinero de otra banda. La intención era recibirlo, asesinar a los otros y regresar a casa con mercancía y dinero. Colombia se ha especializado en la exportación masiva de mercenarios tanto para la defensa del narcotráfico como para asesinatos selectivos económicos y políticos. Estados Unidos (donde prestan servicios de seguridad a familias pudientes), Afganistán, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Venezuela, y ahora Haití, son receptores (víctimas), de este tipo de personal, entrenado y preparado en misiones especiales por el Ejército colombiano, según lo ha divulgado la prensa internacional. 

Colombia es un país de pobres. El 60% de su población vive del “rebusque”. El salario mínimo llega a escasos 280 dólares mensuales. En este contexto, reclutadores de hombres y mujeres para el crimen hacen su agosto. Ofrecen hasta diez veces más el salario mínimo para actividades fuera de la ley. Es la nueva y provocativa profesión en el país cafetero. Y para ello cuenta con una extraordinaria inventiva y capacidad de supervivencia, tanto de reclutadores como de reclutados, hasta en las peores condiciones. García Márquez habló mucho de esta faceta del colombiano en el exterior, no solamente del delincuente, sino de personas honorables que aspiran a una vida dentro de las reglas de los países que los acogen (y que son la mayoría), como aquella niña que se alquila para soñar a una familia en Viena. 

Conocí en España a Gonzalo, un colombiano que se ofrecía a tramitar permisos de residencia y nacionalidad por 5.000 dólares. Cometí la estupidez de recomendar a alguien que buscaba legalidad en España. El tipo desapareció con el dinero. Diez años después, la mujer estafada aún me llama para insultarme. Otro colombiano, cuando le pregunté qué había hecho para que lo contrataran en una empresa agrícola en la cual trabajaba, me dijo que había convencido a un español para que le alquilara su documento de identidad por el 20 por ciento de su salario. 

A principios de siglo, el colombiano suscitaba atención especial en todos los aeropuertos del mundo. El narcotráfico, su producción y distribución internacional había puesto en alerta a autoridades civiles, militares y de inteligencia. El drama de las “mulas”, personas marginales que se arriesgan a llevar, incluso en sus estómagos, cantidades significativas del polvo milagroso y cayeron, han inspirado libros y películas como “Maria, llena eres de gracia”, donde una mujer con casi un kilo de coca en sus tripas sale victoriosa de un aeropuerto porque está embarazada y no le pueden hacer el examen de rayos x. 

Otro de los males por lo cual destaca Colombia en Europa, con énfasis en España, es la trata de blancas. Se llegó a decir que más 10 mil colombianas prestan servicios sexuales en carreteras españolas. También de origen humilde, han sido víctimas de empresarios sexuales que una vez en sus redes no tienen como escapar. Los robos a mano armada, la incursión en mansiones con sus habitantes dentro, llegaron a competir incluso con organizaciones armadas de los países del Este de Europa, que vinieron después del desplome soviético con estructuras completas de ejércitos en desgracia. 

La alta delincuencia colombiana en el mundo obedece a la necesidad de adaptarse a las nuevas formas de vida, que, con el lema del dinero fácil, quieren emular a esas personas que de la noche a la mañana aparecen con vehículos de alta gama y dinero para ostentar todo lo ostentable: mansiones, joyas, restaurantes, viajes y otras novedades de los nuevos ricos. Esa fue una de las razones que llevó a la Comunidad Europea a exigir visa a los colombianos a partir de 2001. 

El narcotráfico, sobre todo, ha sido el tema por el cual los colombianos hemos sido estigmatizados en todo el mundo. Hace unos años, yo mismo fui detenido en el aeropuerto de Frankfurt, en Alemania, durante cuatro horas, mientras exculpaban con cámaras el interior de mi cuerpo. En el aeropuerto de Barajas estuvieron a punto de destripar por completo la cámara de periodista que traía de Colombia para hacer reportajes en España. Con suerte, los dos impases fueron resueltos a mi favor. Ahora, son muchos los colombianos y colombianas que temen una estigmatización por el tema del sicariato. El intento por parte de mercenarios colombianos de asesinar a Nicolás Maduro, denunciado en Venezuela, y el consumado asesinato de Jovenel Moïse, presidente de Haití; el retiro de las tropas estadounidenses de Afganistán, donde hay mucho mercenario colombiano, y el renacimiento del paramilitarismo uribista al interior de Colombia, no traen buenos presagios. 

El Nene, el patrón de una organización de mercenarios asentada en España y con sedes en Países Bajos, Bélgica y Francia, tenía en su residencia de Villa viciosa de Odón, en Madrid, un excelso altar dedicado a una virgen que en América Latina es venerada por delincuentes de toda clase. La religiosidad es una de las fortalezas espirituales de los mercenarios en todo el mundo. En Europa, además, cuentan con la inexperiencia de las autoridades en el manejo policial de estos casos y muchas veces con la inocencia de la gente. 

Una de las consecuencias del aumento del sicariato en Colombia ha sido la no implementación del acuerdo de paz firmado en La Habana entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, y el Gobierno del expresidente Juan Manuel Santos, por parte del gobierno de Iván Duque. Pues en él, el Estado colombiano se compromete a desactivar toda clase de organización criminal, incluida la lucha contra la formación de mercenarios. 

La solución puede ser, en definitiva, aplicar sin ninguna excusa el acuerdo de paz en todas sus partes. Esto, no solo desactivaría el asesinato de líderes sociales al interior del país, sino que dejaría de ser la cantera de mercenarios que van por el mundo desplegando sus altas dosis de inhumanidad, estigmatizando, de paso, a todos los colombianos y colombianas que aspiramos a tener un país digno y una paz con justicia social.

Fuente: elcomejen.com (Artículo publicado con el permiso de su autor)

Arturo Prado Lima. Periodista y escritor colombiano. Residenciado en Madrid, colabora con medios escritos y digitales de Latinoamérica y Europa. Autor de dos novelas, cuatro poemarios y dos libros de relatos. Conferencista en el Ateneo de Madrid.