Los habitantes del conjunto residencial San Carlos, ubicado en la comuna seis del municipio, ya no saben qué hacer con las zonas comunes de su conjunto, debido a que la mayor parte de ellas han cambiado de dueño; ahora decenas de delincuentes y drogadictos se disputan áreas que pasaron de ser apacibles y divertidas, a lugares de alto tráfico de estupefacientes.



Y es que transitar por el Conjunto residencial San Carlos se ha vuelto una odisea, o más bien, en un acertijo, porque las personas no saben en qué lugar de la inmensa urbanización se puedan encontrar a uno o más personajes de los que últimamente se dedican a la distribución y consumo de drogas. Tanto así que para que una persona evite ser atracada, debe salir provista de elementos para la defensa personal, o en algunos casos, con guardaespaldas, como los mismos habitantes lo manifiestan.

“Las solicitudes a las autoridades y los entes gubernamentales son todos los días, pero no obtenemos respuesta, entonces yo creo que por medio de estas denuncias tenemos un poco más de voz para que nuestras peticiones sean escuchadas. Aquí vienen a vender estupefacientes en las noches y a cualquier hora, usted puede observar las papeletas que quedan en el suelo, de la cantidad de droga que se consume”, explicó un habitante del conjunto, quien por su seguridad, solicitó no ser identificado.

“Hace 28 años este barrio era un paraíso, pero desde hace 10 se nos agravó el conjunto en el sentido del vicio, los vigilantes ya no pudieron ni pueden hacer nada; supongamos que cuatro de los que trafican son de acá, pero cada uno trae de a 10, entonces eso se armó un círculo vicioso, hasta los celadores salieron apuñaleados, mejor dicho, cuando nos dimos cuenta, el parque y la calle eran oscuritos de cachuchas negras, eso parecían candelillas prendiendo y prendiendo”, expresó otro ciudadano.

Los residentes afirman además que los delincuentes, en ocasiones, transitan por el conjunto en grupos de a cuatro o cinco y hasta más, pero esto no es lo grave. Lo delicado del asunto radica en que estos grupos salen en compañía de niños y niñas de edades entre los 7 y 11 años, viendo cómo estos personajes se drogan, discuten y hasta atracan en plena vía pública sin pudor alguno, pero sí con la necesidad de consumir sustancias psicoactivas para su satisfacción personal.

“También llegan en uniforme pelaos capando clase, se sientan en las gradas de la cancha o en el parque y se ponen a consumir Chin- Chin y toda esa clase de tragos baratos que hasta adulterados serán, se quitan los buzos del colegio y se lo guardan en las maletas, muchos se agarran entre ellos”, declaró angustiado un ciudadano más.

Por otra parte, dado que en el mismo conjunto existen las ‘ollas’, los ‘campaneros’ también hacen presencia, transitan en bicicletas con el fin de dar aviso a los distribuidores para que escondan sus productos, en caso de que entre la policía, cosa que ciertamente sucede una vez al día, según lo mencionan los mismos residentes.

La comunidad de San Carlos exige mayor presencia de la fuerza pública, pero más allá de eso, una atención oportuna de los entes municipales a una comunidad que espera solución a este delicado problema que atenta contra la seguridad e integridad, especialmente de niños y jóvenes de la agrupación residencial.