Para empezar, es importante recordar que el Papa Juan Pablo II, actualmente canonizado por la Institución, anunció la “Fiesta de la Divina Misericordia” el 30 de abril de 2000, que se celebraría todos los años el primer domingo después de Pascua. Es decir, que hoy la iglesia, comunidad de personas creyentes en todo el planeta, estamos celebrando este acontecimiento que nos revela el amor infinito y misericordioso de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para con nosotros.

Un amor que sale desde lo más profundo de las entrañas y el corazón, un amor sin medida que guía, orienta, acompaña, fortalece, se dona, se entrega hasta el punto de vencer el obstáculo más grande que tenía el ser humano: la muerte. Jesús resucitó, volvió a la vida, nos mostró el destino del ser humano: la trascendencia y su verdadera misión “dar vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). El Padre reveló a través de Jesucristo su deseo más puro de amor, no que sus hijos estuvieran sumergidos en una eterna pasión, crucifixión y muerte, sino que vivieran, volvieran a la vida, se liberaran de las ataduras que los esclavizan; destino hermoso, lleno de esperanza y fe que hoy en medio de la realidad que estamos pasando en el mundo a causa de la pandemia del coronavirus, nos anima a continuar descubriendo la presencia de Jesús misericordioso que vive en cada uno de nosotros, en nuestras familias, en aquellas personas que están pasando hambre a causa de falta de recursos económicos para adquirir un alimento, de aquellos habitantes de calle a los que muchas veces les hacemos el feo y tenemos más compasión por una mascota, en nuestros queridos abuelos que han entregado toda su vida por el bien nuestro, y obviamente en la Eucaristía (Lc 24, 30) asumida no como rito sino como experiencia de vida, de alimento, de partir y compartir el pan.

La Divina Misericordia de Dios para con nosotros nos lleva a sentirnos y sabernos amados, perdonados, liberados, salvados, redimidos y ese es el motor que nos impulsa a cambiar y “ver” a Jesús resucitado y proclamar “creo en Jesucristo”, es decir, en Jesús hombre y en Cristo Resucitado. Hoy 19 de abril de  2020 tenemos como iglesia un reto: mostrar en medio de la muerte que nos rodea, y no precisamente la del coronavirus, sino la que representa los sepulcros de la corrupción, de aquellos que no se inmutan frente a la necesidad de los hermanos y antes se apropian de las pocas ayudas y subsidios que el Gobierno brinda a los más vulnerables, particularmente a los habitantes de nuestro amado municipio de Soacha; también aquellos sepulcros que buscan lucrarse ocultos en un cargo o reconocimiento institucional con sonrisas falsas donde revelan todo, menos la misericordia del Dios de la vida.

Es el momento, la oportunidad y el espacio para que cada uno de nosotros examinemos nuestra conciencia y descubramos en lo más profundo de nuestro ser, aquello que nos está impidiendo vivir plenamente como cristianos la misericordia de Dios. Jesús misericordioso trasciende una imagen o ícono hermoso que destella luces, obviamente que la imagen pedagógicamente representa el amor y misericordia infinita que entrega el Señor de la Vida a los seres humanos, pero, nuestra misión como discípulos del siglo XXI, es compartir el anuncio de la Resurrección y misericordia de Dios con palabras y acciones cotidianas con nuestro prójimo, es decir, en nuestros hogares. Hoy tenemos la oportunidad de compartir en familia las 24 horas del día, sabemos que la convivencia en muchas ocasiones se torna difícil, que hay dificultades, desacuerdo y demás, pero, no podemos olvidar que no estamos solos “yo estaré con ustedes todos los días” (Mt 28, 20) y seremos “revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24, 49), es decir, contamos con la presencia del Espíritu Santo para realizar esta obra encomendada por el Maestro.

Por todo lo anterior, y desde mi experiencia de fe, con la cual he experimentado la misericordia del Señor Jesús, los invito a percibir al Dios de la Misericordia que está presto a continuar amando, acompañando, guiando, salvando, liberando y redimiendo a su pueblo; recuerden que estas palabras no significan ausencia de dolor, sufrimiento, problemas, angustias, enfermedades o cualquier tipo de necesidad sino de asumir los retos de la vida con fe, esperanza, compromiso, solidaridad, entrega, donación, pero también con voz profética de denuncia de aquello que nos oprime. Querida comunidad de Soacha, tengamos la serena certeza que el sepulcro de Cristo está vacío, porque Él vive en y con nosotros. Jesús ha resucitado, ¡Aleluya!

Germán Darío Cardozo Galeano

Teólogo.