Fútbol, carreta y esa otra cara del nacionalismo

El título de esta nota responde a la intención de hablar sobre una intermitente (pero al mismo tiempo, constante) pasión colectiva, la cual ha sido pensada y estudiada desde diferentes enfoques, me refiero al fútbol y a uno de los escenarios que más me sorprendió en los últimos días: vernos infectados por el nacionalismo. Debo aclarar que no sé nada sobre fútbol, que cualquier cosa que yo diga al respecto es pura “carreta” pero, al mismo tiempo, es imposible no hablar sobre el tema, más aún cuando me he sorprendido protagonizando algunas actitudes que creía haber desterrado de mi vida.


Desde hace algunos años pensaba que me había vacunado contra ese obstáculo para la integración de los seres humanos llamado, nacionalismo. Al igual que George Orwell, considero que “El nacionalista no sólo no desaprueba las atrocidades cometidas por su propio lado, sino que tiene una extraordinaria capacidad para ni siquiera oír hablar de ellas”. En efecto, un simple repaso por la historia de occidente nos podría ratificar la idea del maestro Orwell, con el caso de la Alemania de Hitler, el nacionalismo en la dictadura de Franco (así algunos estudiosos lo designen como fascismo clerical) y para no ir tan lejos, podemos utilizar el nunca bien ponderado “espejo retrovisor” para analizar el caso del nacionalismo en la época de Uribe.

El cual enmarcó al país en la exaltación por el fuego cruzado; se instaló una política del miedo con el eufemismo de la “seguridad democrática”, se ocultó la complejidad de la realidad nacional y la dimensión política del conflicto armado, mediante una farsa teatral que dividió al país entre buenos y malos; esta Colombia patrioterista se volvió intolerante frente a la crítica, tanto extranjera como interna. De este modo, los Magistrados de las altas cortes, las ONG’s de Derechos Humanos, los sindicatos, la oposición, los líderes de grupos étnicos, los periodistas serios y algunas formas de sexualidades no hegemónicas que se pronunciaron en contra del patriarcado visceral, empezaron a ser denominadas como, “coletazos del terrorismos”, ideólogos de “lafar”, apátridas y detractores de la falsa felicidad que ostentaban los representantes de la “identidad colombiana”. Ese era el país del Sagrado Corazón de Jesús, que asesinaba y torturaba cobardemente a sus jóvenes por no estar “recogiendo café”, aquél país en el que el macho-ocho-hijos tomaban tinto montado a caballo, mientras sangoloteaba del brazo a su mujer en actos públicos. Ese era el país de “Colombia soy yo”… y el resto me importa un bledo.

Después de presenciar tantas atrocidades alimentadas con la ceguera y la sordera colectiva, creí que era inmune ante cualquier tipo de nacionalismo, pues estaba vacunada tras años de lectura y discusiones con colegas académicos. Tengo claro que la “Nación” es una construcción discursiva que se legitima a través de varios mecanismos y productos culturales; entre otros, el folclor, la música, la comida, las prácticas sociales, la literatura y…. ¿por qué no, el fútbol? Todo eso lo tengo claro, pero, más allá del nacionalismo como herramienta política, jamás pensé que tuviera que enfrentarme con aquella otra forma de nacionalismo que se convierte en impulso espontáneo y que en ciertos momentos crece genuinamente sin la posibilidad de combatirlo. Este último, fue el tipo de nacionalismo del que me contagié en las últimas semanas, que emergió silenciosamente con los nervios en la uñas, con las manos sudadas, en compañía de la familia y de los amigos, coreando gritos de gol, lanzando insultos sinceros, con llanto desparpajado y una euforia transparente. El Mundial se convertía en un pretexto bonito de unión, para encontrarnos con los nuestros, para confirmar que el trabajo en equipo funciona, que se puede hablar de un amor colectivo hacia cosas intangibles e inefables, que más allá de la táctica y la estrategia se estaba comprometiendo el corazón y el carácter.

La dedicación de esos muchachos sólo merece cariño y agradecimiento; por unas semanas nos hizo olvidar del innombrable Ex-presidente, aquel loquito de las redes, obsesionado con sus trinos llenos de odio y de ansias de guerra, por unas semanas no se escuchaba reggaetón sino Salsa Choque; por unos días este país polarizado, dividido, clasista y racista se unía con un solo fin, ver a esos muchachos, que nos representaban en Brasil, hacer algo que para nosotros es extraño: Ganar.

Gincy Zárate Mendivelso

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