Es muy probable que cuando William Shakespeare escribió la tragedia de ‘Hamlet, El Príncipe de Dinamarca’ -escrita entre 1599 y 1601, la cual narra los acontecimientos posteriores al asesinato del Rey Hamlet (quien es mencionado en la obra como “EL fantasma del padre de Hamlet”)- no imaginó que siglos después, Colombia fuera el escenario en el cual se representaría la relación entre un regicidio simbólico y el inicio de algunos e incipientes cambios a nivel cultural.


En la obra de Shakespeare, Hamlet es el príncipe de Dinamarca, cuyo padre, el Rey, ha muerto a manos de su tío. Sin embargo, el fantasma del Rey asesinado se le presenta al joven Hamlet pidiendo la venganza de su muerte, lo que arroja al Príncipe de Dinamarca a trasegar por una serie de caminos contradictorios que lo hacen reflexionar sobre el lugar que le tocó protagonizar en su época.

No obstante, es preciso aclarar que Shakespeare nos anticipó un cambio entre la política Medieval y la del Renacimiento; al mismo tiempo que, quizás sin proponérselo, indagó entre el vínculo de la locura y el extravío de los principios éticos, lo que constituyó nuestro dilema en las elecciones del 2014.

En esta lectura que hace Shakespeare sobre el mundo y sobre su misma época, podemos encontrar a muchos de sus personajes deambulando en nuestras calles. Es así como, podemos ver que en Colombia, algunos de nosotros nos enfrentamos al tarjetón con la mano temblorosa y con las lágrimas en los ojos; no podíamos creer lo que estábamos haciendo… pero era un deber con nuestro tiempo. Y entonces, ahí, fue cuando alcancé a comprender que la campaña de Santos se fundó entre la dialéctica de la ocultación y de-velación de la realidad (dependiendo cómo las encuestas lo favorecieran); obvio ¡como si la política fuera un asunto central del mercado! ¿Quién lo pensara?

Estrategia y táctica eran los principios del príncipe de una República Bananera, que se volvía más bananera cuanto más hablaban del CastroChavismo y del Comunismo-Ateo; este príncipe era (Fontimbrás)-Santos. Por otro lado, como en la obra de Shakespeare, pero en Colombia, aquél Rey muerto –simbólicamente- llamado Uribe, exigía sangre, guerra y venganza, similar al “Fantasma del padre de Hamlet” en la obra del dramaturgo inglés. Entonces, los colombianos nos convertimos en hijos del Rey muerto; a los votantes nos encerraron en varios dilemas: “Votar en blanco o no votar”, “hacer un voto nulo o pensar en una opción”, “votar por Santos o Zuluaga”, “votar por Juanpa o por Zurriaga” …”Eh ahí el dilema”. Cara y sello de una misma moneda llamada, neoliberal.

Ahora bien, en la versión criolla esto se convirtió en un híbrido similar a la tragicomedia, dejó de ser un género noble y hasta tenía elementos de picaresca. La lucha por el Trono entre el fantasma del rey y el actual mandatario tuvo muchos giros dramáticos; desde la puesta en escena de un teatrino con un títere incipiente que se convirtió en una marioneta peligrosa para la “democracia y la seguridad del país”, hasta la simulación de la amnesia colectiva con relación a los actos de “Chukcy”.

Todo esto ocurría, mientras los Hamlet(s) colombianos nos preguntábamos frente al tarjetón: “¿Derecha, Ultraderecha, blanco o Pekerman?”. En otro escenario, pero en el mismo país, una campaña electoral perdió dinero pagándole a una mujer para que –como si fuese una dama de honor- actuara como lo que siempre fue dicho partido ¡una loca iracunda! mientras arrojaba naranjas a una “Patria” que desde tiempo atrás ya era “boba”. A su vez, una carismática bufona rebautizaba al nuevo rey de aquella república bananera que se llamaba Colombia. Y ella lo anticipó por la redes, HABEMUS JUANPA.