Llevamos más de cincuenta años como “corcho en remolino”. O en un “eterno retorno” diría Nietzsche. Con un conflicto armado, que como un “agujero negro”, se ha tragado una y otra vez nuestras urgencias democráticas. Por fortuna, ha sido un conflicto instalado en el margen de nuestro sistema político, aunque con permanentes incursiones al centro de la agenda nacional. Y también por fortuna, con experiencias exitosas de paz que han contribuido, aunque también parcialmente, a su desactivación.


Ahora nos volvemos a ilusionar con su terminación. En Oslo y en La Habana se intentará ponerle punto final. No será fácil. Con las Farc ya se ensayó en el gobierno Betancur comenzando los ochenta. De ese fallido intento nos quedó la matazón de la Unión Patriótica y la expansión del paramilitarismo. De nuevo se exploró sin éxito en las rondas de diálogo de Caracas y Tlaxcala, de cuyo fracaso se nos vino el salto militar de las Farc y la generalización del terror por parte de las AUC. Y la última ilusión de paz la enterraron las propias guerrillas en la zona desmilitarizada del Caguán, abriéndole paso a ocho años de guerra desde el Estado que recuperó el monopolio de la lucha contrainsurgente, aunque la desmovilización paramilitar condujo a la irrupción de las bacrim.

Algunas voces han pedido que empecemos los diálogos por un cese al fuego o por acuerdos que regulen la confrontación. Argumentan que resulta difícil hablar en medio de los tiros. Que ello vuelve vulnerable el proceso. Pero me temo que el gobierno tiene razón. Que un cese al fuego es frágil con unas guerrillas extendidas por todo el territorio nacional. A no ser que las Farc aceptaran concentrarse en campamentos o territorios delimitados, como hicieron las guerrillas que pactaron la paz en los noventas. Y ello resulta inviable para la insurgencia. Sería un cese al fuego imposible de garantizar y verificar. Por ello es más realista y puede resultar más eficaz entrar de una al fondo del problema. A los asuntos sustanciales de la guerra y de la paz. Tal y como está contemplado en la agenda acordada en la fase exploratoria.

Quizás resulte también más productivo Imaginar el posconflicto. Puede ser una manera de contribuir a la paz sin la necedad de pedir puesto en la mesa de diálogo. Por estos días Antonio Navarro lanzó la idea de que la guerrilla desmovilizada pueda cumplir labores de policía rural en sus zonas de dominio territorial. Y no me parece descabellado. Sería legalizar lo que las guerrillas han hecho por décadas. Hay que diseñar también estrategias de desarrollo regional en las zonas de cultivos de uso ilícito que incorporen guerrilleros y comunidades a la vida productiva del país sin que tengamos que traerlos a los centros urbanos. Y hay que pensar en las reformas que se necesitan para acoger a los rebeldes en la vida política. Porque un alzamiento armado que debe sus motivos a la política, solo puede ser desactivado con soluciones políticas.