Suacha desde hace décadas ha sido el centro receptor de todo tipo de población migrante; los que aquí llegaron con el anhelo de obtener una vivienda propia, subsidiada por el Estado en los años 80 y 90, los que producto de la compleja realidad social que ha vivido el país llegaron a constituir las zonas marginales de la ciudad, ubicándose en áreas de alto riesgo, incluso en los mismos socavones dejados por las canteras, los que invadieron predios “privados” y fueron objeto de represiones policiales, acciones que dejaron muertos, cuyos nombres han sido olvidados. Ahora, vivimos otro proceso migratorio que tiene que ver con la llegada permanente de hermanos venezolanos.

Toda esa diáspora humana ha catapultado a Suacha como una de las ciudades más grandes de Colombia, cuya población crece a un ritmo vertiginoso, sobrepasando a ciudades capitales como: Bucaramanga, Villavicencio e Ibagué, solo por citar un ejemplo. No obstante, el crecimiento poblacional ha sido proporcional al del crecimiento de la pobreza, dado que muchos de los migrantes llegan en condiciones de vulnerabilidad y sin ingresos que reportar, que les permita tener una buena calidad de vida.

En ese sentido, respecto a la actual crisis social y económica que se presenta a raíz de la pandemia, una de las escenas que ha llamado la atención es la de barrios enteros en cuyas casas hay trapos rojos pendiendo de las ventanas, como símbolo de necesidad y de ayuda, especialmente con la provisión de alimentos. Esto manifiesta la ambivalencia de un Estado que históricamente esconde sus disimiles realidades sociales, que en situaciones críticas como esta emergen. Suacha por tal motivo, es el reflejo de la desidia histórica de un país que ha proscrito las demandas de las clases más vulnerables de la sociedad al olvido, relegando a millones de personas a la miseria. 

La ciudad de los trapos rojos, es el espejo de una sociedad desigual e indiferente, la que disimula sus problemas, la que los maquilla. Lo anterior se puede afirmar con base en las imágenes de barrios donde el rojo ondea en contraste con los mil colores que incentivan al consumo en los centros comerciales, pues la economía al parecer de los tecnócratas neoliberales será la que redima a la humanidad de la crisis en la que se encuentra, así sea más tarde que temprano.

Por otro lado, una de los efectos que han surgido con toda esta situación es la carencia de equipamiento urbano, lo que afecta a una ciudad en crecimiento. Los hospitales no dan abasto para la cantidad de personas que en estos momentos requieren atención, ahora más que nunca Suacha sufre por la desidia de los anteriores alcaldes respecto a la construcción del hospital de nivel tres, la falta de planificación hoy pasa factura.

El capital inmobiliario se encargó de llenar a la ciudad con cientos de edificios, de construir atractivos conjuntos habitacionales, pero en ese ideal de ciudad “moderna” y encerrada, no se encargaron de proyectar una ciudad con hospitales, colegios y universidades. A regañadientes tuvieron que construir algunos de estos, sin embargo, son exiguos para la cantidad de personas que se encargaron de traer, muchas de las cuales incautamente no pensaron en esto antes de venir a vivir aquí.

Por todo lo anterior, la falta de políticas sociales que atiendan temas como los de salud y asistencia social se constituyen en la gran carencia que Suacha posee y que en este momento son el talón de Aquiles, lo que seguramente ha agudizado más la crisis que desde hace años afecta al municipio. Por tal razón, es necesario pensar este territorio en las lógicas de una ciudad, la cual requiere de la conformación de muchos grupos y comités ciudadanos que generen presión política para que en un futuro cercano nuestra ciudad pueda suplir las carencias que posee. Por el momento Suacha seguirá siendo la ciudad de los trapos rojos.

Julio Guasca: [email protected]