¿Cómo pudimos? Ser boca o bocado, cazador o cazado. Esa era la cuestión. Merecíamos desprecio, o a lo sumo lástima. En la intemperie enemiga nadie nos respetaba y nadie nos temía. La noche y la selva nos daban terror. Éramos los bichos más vulnerables de la zoología terrestre, cachorros inútiles, adultos pocacosa, sin garras, ni grandes colmillos, ni patas veloces, ni olfato largo.


Nuestra historia primera se nos pierde en la neblina. Según parece, estábamos dedicados no más que a repartir piedras y garrotazos…


¿cómo pudimos entonces, pregunta Eduardo, sobrevivir a la oscura noche de los tiempos?; y ¿cómo podremos ahora, pregunto yo? Ahora que nuestro tejido social, endeble, quebradizo, será puesto a la mayor de las presiones, ¿cómo haremos? ¿Podremos solos, aislados, frágiles cristales de miedo? Éramos los bichos más vulnerables de la zoología terrestre; ahora también.


¿Cómo le haremos para no perder la vida y no perder la humanidad en esto?


¿cómo tejer con palabras, a falta de abrazos, el tejido comunitario que se nos erosionó con la práctica mecánica del individualismo?


Son las cinco, el sol cae sobre la pradera. Desde mi caverna toco la flauta, convoco a la tribu. Miro sus ojos exaltados en medio de la penumbra del fuego, hoy ha sido un día difícil. En sus ojos habita el miedo y en los míos también. Un niño sonríe cuando su hermano le muestra un conejo de sombra con las manos proyectado en la pared de la gruta. Yo enciendo la voz, les cuento una historia y el conejo salta de la sombra a la imaginación