Por las calles de mi barrio hay un hombre misterioso que a las diez de la noche pasea en un carrito esferado, acompañado de su perro fiel, que lo sigue a todas partes. Lo he visto varias veces, casualmente cuando llego a casa, viéndolo empujar el carrito con la obstinación de alguien a quien la vida lo ha golpeado fuerte, pero que de todas formas vive con decoro entre la suciedad y el hambre. Algún día el panadero me dijo a la hora en que vendía el pan recién sacado del horno: “Pues vecino, a usted le salió un muerto”.


Entonces me han contado la historia de ese hombre que durante el ocaso triste de su vida estuvo recorriendo las calles de San Mateo en su carrito esferado, y que tal vez, fue acribillado a balazos por haber tenido la mala suerte de ser indigente, según comentaron algunos. Sin embargo, parece que fruto de la costumbre de muchos años paseando por la treinta, continúa andando junto a su perro después de muerto. Ahora su aspecto luce como una especie de fantasma de barrio, ese que escarba entre la basura y funge como compañero ocasional de trasnochadores, que a nadie infunde miedo, que proporciona confianza a los vendedores ambulantes apostados sobre las aceras. Es como si el barrio estuviera orgulloso de él por ser el único auriga de carruaje esferado que se aparece en forma de espíritu.

Algunas personas lo conocieron en vida. Era un hombre educado, normal, a pesar de ser demasiado tímido, con mujer y dos hijos, que tenía un taller de latonería en la autopista sur. Trabajaba todo el día, sin descanso, y a las seis de la tarde se iba para su casa ubicada en el Porvenir en donde dedicaba parte del tiempo a revisar las tareas a sus hijos. Luego de haberse enterado sorpresivamente del abandono de su mujer, quien se marchó sin avisarle, llevándose consigo a sus hijos, fue entonces cuando el hombre empezó a morir en vida. Se cuenta que a partir del momento en que resignado aceptó que no los volvería a ver, el hombre comentó: “Para salir de esto debo construir un carro esferado”. Y al día siguiente lo armó en su taller, y comenzó a dar misteriosas vueltas por San Mateo, en las horas de la noche, con el misticismo extraño de un sepulturero enterrándose así mismo. Fue una tarea ciega y desafortunada, que se prolongó durante años hasta el trágico día de su homicidio.

La noche siguiente empezó a ser fantasma. Y según tengo entendido, no hay nadie en el barrio que no se muestre de acuerdo con esa afirmación, especialmente yo que lo he visto. Sin embargo pienso que ese fantasma inofensivo seguramente ahora deberá estar trasegando por el barrio, revolviendo la basura para comer, solo para tener un pretexto de encontrarse con quienes anhela realmente.

Ahora después de pensar muchas veces en el fantasma del carrito esferado, creo que su presencia viene a ser indispensable, pues si alguien quiere ahogar la pena dándole vueltas al barrio en compañía de su perro, es libre de hacerlo, al menos para que se atreva a componer música de ruedas esferadas y frenos de suela de zapatos, en medio de las noches frías y sin gracia del municipio de Soacha.

Andrew Barbosa Salamanca

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