Desde hace 70 años los gobiernos del mundo calculan el avance o el retroceso de la economía de sus países con la aritmética del llamado PIB, Producto Interno Bruto. Los países varían en tamaño geográfico y demográfico, en clima, en composición étnica de la población, en religión y cultura, en modos productivos, en sistemas educativos, en política y formas de gobierno. Varían en todo los países. Su única coincidencia universal es la fórmula para medir sus diferencias económicas : todos tienen un PIB.


Las diferencias históricas, sociales e ideológicas son máximas entre los colosos del planeta : los Estados Unidos de Norteamérica y la República Popular China. Sin embargo la emulación entre las dos potencias es sintetizada en un sencillo número con un significado común a ambos : el PIB.

Pero hay un problema mayor con el PIB : la forma de calcularlo contribuye a la devastación del planeta. En apariencia el PIB refleja crecimiento material, en realidad esconde destrucción. Lo primero que deben hacer los gobiernos para detener el empobrecimiento ecológico de sus países y del mundo en su totalidad es corregir el método aritmético del PIB.

Mentirosamente la depreciación de recursos naturales es sumada como inversión al PIB en lugar de ser restada. Suman los gobiernos al PIB el progreso de la industria de muebles e inmuebles de maderas naturales pero no le restan la pérdida de los bosques primigenios talados. Suman al PIB el cemento para “la construcción” pero no miden, mucho menos restan, el valor de las montañas demolidas para producirlo. Suman al PIB las urbanizaciones pero no restan la pérdida de las tierras fértiles asfixiadas y sacadas de la producción alimentaria. Suman al PIB las divisas de las exportaciones de agua embotellada pero no sustraen, ni siquiera evalúan, el costo real del agua exportada. Suman al PIB el capital acumulado por la industria química pero dejan sin cuantificación la ruina de los suelos por los herbicidas, pesticidas, insecticidas y todos los ecocidas de este gigantesco negocio mundial.

Para ahorrarle impuestos, y por otros motivos, calculan los gobiernos con rigor las depreciaciones del capital automotor y todos los demás capitales industriales y, a la vez, callan en torno a la desvalorización, por pérdida de energía y biodiversidad, de los capitales naturales en los reinos mineral, vegetal y animal que hacen posible la vida y goce de la humanidad.
La destrucción de la Amazonía y otros bosques naturales sube el PIB de los destructores. Asimismo la aniquilación de la fauna pesquera en ríos y mares. Sin hablar de la contribución billonaria al PIB de la minería extractiva ignorando, en muchos países totalmente, en algunos países parcialmente, sus costos ecológicos y ambientales de los que ahora se habla sin haber comenzado aún su cuantificación adecuada. Se cobran regalías que no resuelven el problema, simplemente lo oficializan.

Se exigen multibillonarias inversiones en la infraestructura vial, portuaria y aéreo-portuaria en aceros y cementos, en aras de la competitividad. Se gasta “0” – ni siquiera existe el renglón presupuestal – en la defensa y recuperación de la infraestructura natural que son los suelos – hoy agotados en muchos países – de cuya salud y fertilidad dependen los alimentos para la gente y las fibras para su vestuario.

Con o sin cambio climático, al planeta y a la humanidad que lo habita urge un ajuste radical del cálculo del PIB que guía el crecimiento de las economías nacionales. Alternativa o complementariamente se podría pensar en la arquitectura de una Cuentas Nacionales del País Natural con el fin de visibilizar y ojalá comenzar a reducir la destrucción suicida de la Naturaleza causada por el País Social e Industrial.

No somos originales. De todo esto se ha venido hablando, en grupos relativamente aún pequeños alrededor del mundo. Lo que falta es la honestidad y voluntad políticas. Aquí está el campo de pensamiento y acción de los Partidos Verdes. Si van a la Conferencia Mundial en Rio de Janeiro, deben exigir la reforma del PIB.