Así, de manera escueta aparece escrito un grafiti que flanquea el ingreso a la institución educativa en la que realizo diariamente mi actividad pedagógica. El grafiti lleva allí más o menos hace un par de años, pero parece que llevara más, muchos más. Sin embargo es curioso que nadie haya hecho el esfuerzo de borrarlo, ni el rector de la institución ni la comunidad, porque ese grafiti contiene una verdad inocultable.


El grafiti sintetiza de manera breve y contundente el esfuerzo, el compromiso, la dedicación y la responsabilidad de todos los maestros de Colombia, que desde las regiones más inhóspitas y apartadas de la geografía nacional, no solo desafían la muerte traicionera que acecha en las vías y caminos por donde transitan diariamente para cumplir con su hermosa misión, sino que además laboran en precarias condiciones de seguridad personal en vastas zonas de violencia paramilitar, de insurgencia, de delincuencia común y organizada, en la que arriesgan su propia vida por enseñarles a sus alumnos a descubrir la importancia del conocimiento y el valor de la verdad.

La idea de escribir algunas líneas sobre el significado del grafiti coincidió paradójicamente con el desarrollo del “Día de la Excelencia” en todo el país, la fórmula mágica del actual gobierno para resolver en apenas 6 horas el problema centenario y estructural de la educación colombiana.

Pero no solo se trata de las distancias y peligros que separan a miles de maestros de sus hogares y familias, ni mucho menos de los riesgos que deben asumir en su integridad física en las zonas de conflicto y aún en las zonas urbanas; se trata además de denunciar las deficientes, por no decir que pésimas condiciones de atención en los servicios de salud de los maestros, de las reducidas por no decir que inexistentes oportunidades de mejoramiento profesional en la formación pedagógica y disciplinar de los docentes, del pago de los más bajos salarios de todas las profesiones que se ejercen en Colombia, de la explotación e inestabilidad a la que someten a cientos de maestros mediante la práctica de la provisionalidad o la tercerización, que solo enriquece a los mercaderes locales de la educación, y de paso a los poderes políticos locales, o de las evaluaciones anuales que se le realizan a los docentes para mejorar sus condiciones salariales, en las que no se considera como factor de desempeño la precariedad en la que permanecen la mayoría de las instituciones educativas en su infraestructura, en su logística, en sus recursos pedagógicos, didácticos, bibliográficos y de conectividad.

Los creadores de la fórmula mágica del” DIA DE LA EXCELENCIA” no solo han pasado por alto estas circunstancias reales que determinan de manera significativa el bajo desempeño de nuestros estudiantes, también han pasado por alto la compleja y grave situación de crisis en los hogares.

El problema estructural de la educación colombiana hunde sus raíces en la crisis misma de la familia en Colombia, que se ha venido profundizando desde mediados del siglo pasado por el éxodo a la ciudad de la población rural víctima de la violencia de agentes institucionales y civiles, y forzados por la carencia de tierra, de empleo, de servicios, de educación y sobre todo por las graves circunstancias de violencia política que desde los poderes económicos y políticos territoriales se ejerce en todo el país, contextos en lo que sin ser muy doctos, se identifican graves problemas alimentarios, emocionales y dificultades del aprendizaje de un alto porcentaje de niños y jóvenes que son víctimas del mal trato, la escases de recursos económicos, el desempleo de sus padres, los bajos niveles de ingresos, la continua trashumancia de las cabezas de hogar o el abandono definitivo de sus lugares de origen en la búsqueda de mejores oportunidades de empleo para educar dignamente a sus hijos.

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