Con el cura Camilo Torres, aprendió mucho más que leer, entendió que las injusticias dejaban de serlo en el momento en que las personas humildes se empoderaban de su papel en la sociedad, iniciando con ello la lucha para revertir un orden social desigual. Esas convicciones hicieron que de muy joven ingresara al Partido Comunista, allí, con un tacto envidiable, identificó un problema que aún hoy es un dolor de cabeza para la clase política: la falta de vivienda para los más humildes.


Las ciudades sentían con mayor rigor uno de los fenómenos sociales más importantes del siglo, el desplazamiento de campesinos a la ciudad. Muchos factores incidían para que dicho fenómeno se produjera: el latifundio, la violencia de los años 50, la fallida presencia del Estado en zonas rurales, la reforma agraria postergada y la ilusión de un futuro mejor en las áreas urbanas.

Corría el año de 1961, Mario Upegui junto a otros dirigentes sociales y populares le dieron forma a la Central Nacional Provivienda (Cenaprov, con personería jurídica 001458 del ministerio de Justicia); y junto al Partido Comunista, inició el trabajo con los sectores más excluidos de la sociedad. La gente ocupó lotes baldíos, algunos propiedad del Estado, otros, por el contrario, propiedad privada; se formaron asentamientos, llamados desde las altas esferas del poder local y nacional como núcleos de invasión. Para las clases menos favorecidas, era la reforma agraria y rural postergada desde la independencia, era sentir dignidad en sus cuerpos tantas veces maltratados y humillados.

El barrio más importante, y por el que se recuerda la acción de Cenaprov, fue el Policarpa Salavarrieta ubicado en el corazón de Bogotá. A dicho lugar llegaron personas sin hogar, armaron cambuches, espacios de educación para niños y de formación política para adultos. Esto les permitió afrontar con valentía el voraz intento de desalojo, propiciado por la Policía el viernes santo de 1966. A Mario le valió la cárcel y, sin embargo, los habitantes de “La Pola” no se movieron hasta lograr reconocimiento por parte de la Alcaldía.

Justamente el reconocimiento llegó, y no parte de la alcaldía sino, por la gestión intachable de Upegui en el Concejo de Bogotá, corporación a la que llegaría a mediados de los 70’s y dejaría en el 2003. Desde el cabildo distrital logró la legalización del barrio, la pavimentación de las vías, los recursos para la escuela, etc. etc.

Su militancia comunista lo llevó a fundar la Unión Patriótica (UP). Siendo dirigente de ese partido, fue testigo del exterminio propiciado a esa organización política hecho que le costó la vida a miles de sus compañeros, aquellos con los que había logrado un techo digno para cientos de colombianos. Cabe mencionar que al momento de su muerte, Mario Upegui era el presidente de la UP y sus últimos esfuerzos estaban en dirección de buscar la verdad y la reparación histórica para las víctimas del genocidio político que le costó la vida a por lo menos 3.000 militantes de su organización. Genocidio llevado a cabo por militares del Ejército colombiano y fuerzas irregulares de extrema derecha (NarcoParamilitares) en una alianza criminal, amparada por sectores de empresarios y de políticos, sin precedentes en la historia latinoamericana

Su actividad política al frente de la UP y su labor como concejal no fueron impedimentos para seguir en la titánica tarea de conformar barrios populares. Fueron 200 barrios a lo largo y ancho del país. La Cenaprov hizo muchísimo más que gobernante alguno. En Suacha, la acción decidida de Upegui impulsó barrios como Ciudad Latina, Julio Rincón, Camilo Torres, El Porvenir, entre otros.

Precisamente, para el 2010, estuvo en El Porvenir conmemorando los 32 años del barrio. Lo tiempos eran otros, ya no estaba la policía con bolillo en mano para reprimirlo, ni tampoco su colaborador Vladimir Escobar (muerto en extrañas circunstancias); había decenas de habitantes que aplaudieron sin parar durante su discurso, le agradecían el haber sido el gestor del barrio, el organizador de la desesperación, el artífice de la ilusión. A pesar de su deteriorado estado de salud, trajo un mensaje a la juventud, la llamó a recuperar las banderas de la rebeldía y de la organización política.

Mario Upegui falleció a los 74 años, dejando un gran ejemplo como herencia a todos los jóvenes que sueñan con transformar la realidad social del país. Una concurrida ceremonia en el concejo de Bogotá fue la oportunidad para darle el último adiós. Y si nos preguntan: ¿Dónde está Mario? no vacilaremos en decir que está en las calles recuperando la dignidad perdida. Su cuerpo, cremado, reposa en un cofre pero su legado perdurará en nuestras conciencias y será la guía para la acción de las transformaciones venideras. En una sociedad donde soñarse la hermandad de los seres humanos es algo anticuado, el ejemplo de Upegui debe servir para sembrar la semilla de la nueva sociedad.