Los recientes hechos de violencia, que han generado gran cubrimiento por parte de los medios de comunicación, son aquellos en los que se ha relacionado los sucesos con el fútbol. Tres víctimas mortales en Bogotá y cientos de denuncias en todo el país han hecho que las cámaras y micrófonos se dirijan en actitud condenatoria a los hinchas que encuentran en su club de fútbol formas de apropiación material y simbólica de referentes que generan una identidad común; en otras palabras: el show mediático se ha dirigido a aquellos hinchas que comúnmente son conocidos como barristas y fácilmente se les asocia con delincuencia.


A ello hay que responder que el barrismo no es automáticamente sinónimo de violencia, que el anhelo de paz en los estadios no se puede desvincular de soluciones estructurales, en los barrios y veredas, que transformen la vida cotidiana de las familias colombianas en perspectiva de brindar mayores oportunidades a los jóvenes fomentando una cultura de paz. Por eso no deja de ser oportunista las afirmaciones hechas por Francisco José Lloreda, Alto Consejero Presidencial para la Convivencia y Seguridad ciudadana, donde sostiene que de ser necesario se cancelará el campeonato de fútbol colombiano. Podrán los funcionarios suspender partidos, prohibir a las hinchadas visitantes, aumentar las penas; he inventarse todo un salpicón de populismo punitivo que en periodo electoral es un jugoso activo. Pero desde que no se ataquen las profundas desigualdades a las que es sometida la juventud, entonces se seguirá condenando a más generaciones a la intolerancia y a formas de practicar el sentimiento hacia su equipo con lógicas funcionales al establecimiento. Porque que mejor que una juventud sumida en la reducción de su imaginario, con las esperanzas mutiladas por falta de educación e inversión social en su comunidad, presta a entregar la fuerza de sus manos sin ningún tipo de garantía para el ejercicio de su labor o inserta en las masas de desempleados y, como ocurre en la mayoría de los casos, sumergida en la delincuencia como modo de vida.

De esa manera un joven que acude a un estadio a alentar a su equipo no lo hace como un simple barrista, lo hace también desde su condición de ser humano inmerso en un contexto de violencia y segregación, donde el sentido de lo humano pierde valor frente a un cúmulo de sentimientos, entre ellos la rabia e indignación, pero por sobre todo desde el olvido y la invisibilización social y política que tiene su fundamento en el carácter mismo del Estado.

Es desde allí donde surge la estigmatización que no es solamente al barrista, sino al joven en conjunto: como universitario, vendedor ambulante, campesino, skate, trabajador, rockero, etc. Las estrategias represivas para limitar el accionar de los jóvenes obedecen a la miopía de la burocracia oficial y el discurso lacrimógeno de agentes policiales que encuentran en la ciudadanía enemigos o “blancos legítimos” con el cual sólo sirve el lenguaje de la criminalización.

En ese sentido; si no hay reformulación del modelo económico, que ha saqueado millones de familias, es casi imposible elevar el nivel de vida de seres humanos que encuentran en la violencia la única manera para sobrevivir y expresar sus identidades. De igual modo: hay que replantear la cara con la que el Estado se manifiesta ante la juventud: un Estado que se aparece con la voracidad de sus perros guardianes a satanizar cuanta manifestación de vida, de subjetividad y rebeldía allá, hace prever la animadversión hacía cualquier intento de cooptación.

Es así que la sana convivencia no pasa por medidas cortoplacistas de carácter coercitivo sino justamente en la apertura de oportunidades que conviertan al joven en sujeto de derecho y no sólo en objeto de políticas públicas; es decir: la paz entre barras pasa por entregarle responsabilidad y protagonismo a los olvidados, ampliando su condición a la de ciudadanos dignos. Donde la paz no se piense en el reducido ámbito del estadio, sino que, por lo contrario, sea un aspecto transversal de la vida diaria de los colombianos. No obstante, para que ello suceda, hay que ver más allá de la estigmatización.