Llama la atención el descontento y la criticadera de los ciudadanos del común que residen en el municipio de Soacha, especialmente cuando se refieren a la clase política y a quienes ocupan cargos de elección popular. Personalmente quiero compartir algunas vivencias y anécdotas durante mi recorrido pre electoral por los barrios y comunas de la ciudad.


Me atrevo a decir que el 95% de la gente que habita en Soacha cuestiona la labor del alcalde, los concejales, los secretarios, directores y hasta de funcionarios como la Contralora y el Personero. Nadie se les escapa de sus bajos comentarios y señalan sin fundamento alguno a quien ocupa algún cargo público.

“Todos los concejales son unos ladrones y arrodillados”, fue una frase común que escuché una y otra vez cuando me atreví a hablar con la gente y a manifestarle que participaría en la contienda electoral del 25 de octubre. Y atérrense. Cuando llegaba amablemente a las tiendas y restaurantes o me atrevía a golpear y hasta a entrar a las casas que veía abiertas para saludar y compartir mi iniciativa de querer llegar al concejo, muchos me recibían con esta frase: “Otro ladrón más que ya viene a joder y a pedir que le demos nuestro voto”.

Lo anterior corresponde a algunas anécdotas y vivencias que enfrenté durante el ejercicio que hice durante un mes y medio antes de las elecciones del pasado 25 de octubre, teniendo en cuenta que me inscribí como candidato al concejo de Soacha.

Y me atreví a hacer una campaña diferente, honesta, propositiva, de cara a la comunidad y con un ingrediente pedagógico, buscando que la gente se concientizara que el voto ni se compra ni se vende, porque soy de los que pienso que los ejercicios políticos se deben hacer sin dinero, sin dádivas y sin mentiras, es decir, debe primar las propuestas, los proyectos y el conocimiento del candidato o la candidata sobre los temas de asuntos municipales, regionales y nacionales para que sea un verdadero representante del pueblo.

Claro que en teoría eso suena bien pero dista mucho de la realidad. La política debe hacerse sin comprar conciencias, sin repartir dinero ni dádivas, ni mucho menos lechona, tamales, cerveza o “cariñitos” reflejados en billetes de 20 o 50 mil pesos. Sin embargo eso es lo que se ve, y lo peor: eso es lo que pide la gente y por eso vota.

Pueda que suene a resentimiento, venganza o como se quiera llamar, por el hecho de no haber salido elegido en las urnas, pero debo aclarar que cuando me atreví a hacer una campaña diferente, sabía a lo que me enfrentaba y que así era prácticamente imposible alcanzar una curul en el concejo, y la verdad, no necesité jugar sucio ni tenía la obsesión de llegar al Cabildo municipal. Quería llegar limpiamente, o si no, siempre tuve claro que mejor era seguir en el ejercicio periodístico.

Pero bueno. La intención de este editorial no es cuestionar a quienes llegaron, independientemente de cómo lo hicieron. A quienes sí quiero cuestionar y llamarles la atención es a los habitantes del común y a los líderes comunales, es decir, a aquellos que sufragaron y movieron los votos presionados o comprometidos con sus candidatos.

Volviendo a la experiencia de mi recorrido casa a casa por Soacha, no entiendo cómo la gente se atreve a criticar, cuestionar, señalar y tildar de corrupto al concejo y a la clase política, cuando el día de los comicios eligieron a los mismos. Me llamó bastante la atención ese inconformismo de la comunidad hacia el cabildo municipal, tratando a sus integrantes de incapaces, brutos y de poca ética, pero más me indignó que el día de las elecciones votaron por los mismos, por aquellos que practican una política sucia, alimentada con dinero, mentiras y dádivas.

La verdad no entiendo por qué la gente crítica y cuestiona, si a la hora de elegir vuelve y vota por quienes son señalados de incapaces y corruptos. La culpa no es de los concejales o de quienes salieron elegidos, la culpa es de quien vota y de todos aquellos que les quedó grande entender que la política debe ser limpia y honesta, y que votan si les botan boronas para que coman un día y aguanten hambre el resto del periodo de gobierno.

Da tristeza pensar que el común del pueblo es más corrupto que la misma clase política porque al fin y al cabo le vende la conciencia al mejor postor y prefiere recibir una cerveza, un tamal, un refrigerio o 20 mil pesos, que entender que las instituciones necesitan gente capaz, educada, llena de conocimientos, honesta y dispuesta a hacer las cosas bien para el beneficio de toda una comunidad.

Mientras persista la ignorancia, el hambre, la miseria, la poca capacidad de pensar y reflexionar, y esa falta de amor y sentido de pertenencia por la ciudad, tristemente Soacha seguirá igual o peor, y nunca habrá posibilidad de elegir gente idónea, honesta y transparente en las instituciones. Periodo tras periodo se seguirá eligiendo a los mismos, a quienes compran conciencias y a quienes piensan que el concejo es la más perfecta oportunidad de hacer dinero fácil y en corto tempo. Así las cosas, ¿Habrá esperanza de un cambio en el corto o mediano plazo? La verdad, yo no lo creo.