Una obra que despierta un creciente interés desde su narrativa, la pasión desde su poesía y la reflexión desde su temática es el nuevo trabajo literario de David Esguerra Tache, un barranquillero que reside en Soacha desde 1997.


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Sus primeros escritos fueron dados a conocer por periódicos y revistas literarias de su ciudad natal. Ha participado en diferentes talleres de Literatura tanto en Colombia como en el exterior; realizó estudios de Dirección y Producción de Televisión en Caracas, Venezuela. Fundó, editó y dirigió la Revista Presencia en la Isla de Curazao, Antillas Neerlandesas. En el año 2005 su poesía fue seleccionada para la Segunda visión de autores cundinamarqueses.

En la actualidad labora como Columnista, Fotógrafo y Colaborador de diferentes medios de comunicación, y hoy presenta ‘Presa de mi jauría de sueños’, una propuesta estética que busca eslabonar los diferentes géneros en una novela breve, en la cual sus protagonistas describen la espiral de sus vidas, dando a conocer algunas percepciones de su travesía por un mundo en donde la realidad y la fantasía le proponen al lector la asimilación del contenido.

Un oscilar constante muestra relatos que a veces asumen el vestuario del ensayo; poemas que se adentran en el cuerpo de la narrativa y toman prestadas sus voces y diálogos que fungen como piezas dramáticas.

Un homenaje a la Literatura asumido desde diferentes áreas de la humanística, que puede ser asimilado en cualquier lugar del mundo, gracias a la utilización de un idioma cada día más vigoroso.

‘Presa de mi jauría de sueños’ es un juego literario que invita a la reflexión y a múltiples lecturas:

Quién navegando, al escuchar un canto de sirena, no llega a padecer por sus encantos?, ¿quién no pierde los sentidos? Hasta el mismo Ulises tuvo que taparle los oídos con cera a su tripulación y hacerse amarrar a un mástil para no lanzarse al mar cuando oyera sus cantos.

El viejo aposento que sirve de habitación a Ángel Ébano, no es la casa común de un pueblo en las riberas del Río Grande de la Magdalena, en donde se encuentran un sinnúmero de habitantes cargados de asuntos cotidianos y alguna que otra hazaña particular o hecho memorable que lo sitúe en las páginas de la historia patria. No, es la casa humana, en la cual habitamos propios y extraños.

Por ser un pueblo innombrado, sin color local, ni cronología definida, llega a diluirse esa primera intención de querer alcanzar su ubicación en los mil quinientos cincuenta y ocho kilómetros que tiene el padre Río, para dar paso a la inquietud sobre cuáles fueron los destinos y los motivos que dieron pie a los acontecimientos que se suscitan a lo largo de la historia.

De manera tal, que el eterno retorno del que mucho se ha hablado y escrito, viene a ser pieza protagonista, en la espiral de una estructura que invita a la reflexión del contenido. El otro actor principal, es el amor. Fuerza que decide de manera invisible, centrípeta y centrífugamente sobre las razones de la vida misma. No existe fuerza más grande, en el humano conocimiento, que esta herencia divina. Inefable, inexorable, sutil y hasta travieso con nuestras ignaras existencias e inermes sentimientos, sabe demostrarnos cuán débiles somos frente a su magnificencia.

Vista la casa desde la perspectiva arquitectónica, se nos presenta casi como un lugar común. No obstante, más allá del espacio o muy dentro de sus ámbitos, nos hallamos frente a ése, qué somos, de cuál esencia maravillosa estamos constituidos, cuánta recompensa reciben nuestros empeños y cómo es que siendo tan considerable el lapso y tan generosa nuestra inteligencia, apenas si nos percatamos de su presencia”.

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