Los buses fueron un permanente tormento: primero porque eran escasos (sólo existían los de las familias Ramírez y Bogotá) y segundo, porque el horario no era el adecuado para muchos; por ejemplo, uno salía a las 6:30 de la mañana y era el escogido por la inmensa mayoría que debía llegar a su actividad o al Colegio a las 8:00 am, y para ello tenía que comprar el sábado o domingo los pasajes de la semana a Braulio Cubillos, quien era el encargado de este menester, en una pequeña oficina, precisamente en la casa donde vivió el General Santander, so pena de que el pasajero tuviera que irse en la parte exterior trasera del bus, en compañía de Monono quien era el ayudante del Bus de Ulpiano Ramírez. Este vehículo llegaba al Parque de los mártires cerca de las ocho de la mañana y quienes estudiábamos en San Bartolomé debíamos correr a fin de que no llegáramos cuando la puerta de entraba ya estaba cerrada.


A esa misma hora se iniciaban las labores en las Escuelas públicas, pues los colegios se reducían al María Auxiliadora, el Instituto Colón, parroquial de muy corta vida que funcionó al lado de la iglesia y el de las señoritas Suárez, muy cerca de la actual plaza de mercado; sólo en 1942 nació el Colegio Bolívar, fundado por Manuel Vicente Rojas Rincón, que inició sus actividades en la casa de dos pisos, propiedad de Lisandro Bogotá, bajo la rectoría del señor Martínez, y al año siguiente en la misma calle 13 al frente de su anterior sede en la residencia que perteneció a Carlos Ramírez, comprada mediante auxilio que otorgó el Municipio al Colegio. Años más tarde apareció el Niño Jesús y el Antonia Santos, de Isabel Palacios, en un local de la casa de Rafael Díaz, al lado de la Estación del Ferrocarril del Sur, donde se dictó clases a jóvenes de ambos sexos, durante algunos años.

La principal Escuela era la Boyacá, regentada con mano dura por Campo Elías Jiménez, quien con una férula, cuentan sus alumnos, hacía recordar aquello de que «la letra con sangre entra». Todo alumno que no respondía correctamente a lo enseñado en días anteriores debía sufrir el martirio de los golpes con los que parecía gozar este monstruo de la enseñanza, quien duró varios años en el cargo, para vergüenza de los profesores de los colegios y problemas con algunos padres de familia que descansaban, cuando en un día de la semana el «rígido» profesor los llevaba de paseo por los alrededores de Soacha, pero los alumnos debían presentar, como tarea, narraciones sobre tales viajes, so pena de que el incumplido recibiera el castigo ya citado.

A este respecto, cuentan los alumnos de la época que fueron llevados un día a un sector donde encontraron mucha palma y, naturalmente, la orden era presentar una composición relacionada con la citada planta, la que debían llevar el lunes siguiente. Tal día todos los estudiantes tenían que presentar el trabajo ordenado y discutían sobre lo escrito por cada uno de ellos. Héctor Salazar, conocido como «Tuchis» por sus condiscípulos, se acercó a uno de los grupos y al escuchar sobre la composición, manifestó que había olvidado el trabajo y ante el castigo que se le presentaba, se sentó en la calle y escribió en su cuaderno esta magnífica obra literaria, tomada del nombre de una tienda muy cercana a su lugar de estudio: «La Palma, juegos de tejo, se preparan piquetes.» Piensen ustedes, apreciados soachunos, el castigo que sufrió este pobre hombre, de su tan recordado profesor.

Allí cursaron los años de primaria el 90% de los jóvenes que hoy deben pasar de los 70 años. Dos llegaron a ser profesionales: Fulgencio Bogotá Chía, abogado, y Humberto Lizarazo Peñaloza, médico, también compañeros en San Bartolomé de quien escribe este artículo, de Roberto Vejarano Rodríguez, desgraciadamente ya fallecido, de Pedro Julio Peñaloza, Heliodoro Noguera, Ingeniero y Carlos Escobar Galarza.

Era esta escuela algo así como un cuartel que tenía para hacer ir a ella a los alumnos renuentes, un grupo escogido de la Policía Municipal, compuesto por Mauro Mayorga, Luis Rojas, Tulio Barón, Roberto Escobar, Víctor Julio Salazar, Hernando Escobar, Luis Camargo, Enrique Garibello, Ramón Solórzano, José Vicente Solórzano, Jesús Mora, Alberto Prieto y Eduardo Rojas, a quienes les tocó correr tras los alumnos díscolos por distintos sectores para obligarlos a presentarse en el sitio de estudio, donde funcionó la Inspección Departamental de Tránsito.

Después llegaron a dirigir la escuela, en su orden, Luis Emilio Rivera y Guillermo González, amigo de los jóvenes de Soacha, muerto en un lamentable accidente de tránsito ocurrido una noche, muy cerca de donde hoy es el Barrio San Mateo. Fue Rivera el autor de la música del Himno del Colegio Bolívar, estrenado con ocasión de las festividades de conmemoración del primer año de la llegada a Soacha de la Caja Agraria, que funcionaba en un local de la Curia, muy cerca a la entrada de la Casa Cural. A quienes formábamos el coro de estudiantes del Bolívar, la entidad bancaria nos regaló una libreta de ahorros con cinco centavos consignados allí. Qué fortuna aquella.

Trabajaron con gran intensidad en el desarrollo del Municipio, a través de la agricultura y la ganadería, gentes de distintas clases y condiciones sociales, que mucho bien hicieron a sus coterráneos en esta actividad, tales como Juan y Teodosio Gómez, Aurelio Bogotá, Roberto Cantor, Miguel, Felipe y Cipriano Chía, Basilio Amaya, Jesús Vásquez, Salvador Cuervo, Rogelio Rojas, Silvano, Claudio y Luis Bogotá, Rafael Cantor, Isidro y Lisandro Bogotá, Januario Gómez, Indalecio Landínez, Agapito, Eliécer y Victoriano Bello, Fidel Salazar, Eliécer Villalobos, Alcides Rincón, José Ramos, Bernardino Noguera y Pedro Hurtado y, desde luego los propietarios de las Haciendas Canoas Gómez, Canoas Sáenz, La Punta, La Chucua Puyana, La Chucua Vargas, Bosatama, Malachí, Potrero Grande, Terreros, Tequendama, San Jorge, El Vínculo, Puerta Grande y Noruega. De ellas salieron grandes ejemplares vacunos y extraordinarios caballos de carreras.

JOSE IGNACIO GALARZA M.

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