En la anterior columna comenté sobre los negocios que hicieron historia a través de la culinaria de Soacha. Hoy entro a rematar el tema, haciendo mención a una serie de pequeños establecimientos que, aunque con alguna similitud a aquellos, no se pueden catalogar de la misma clase, pero que prestaron ingentes servicios por la naturaleza de los productos que allí se expendían o servían y, además, en razón a que algunos existen todavía.


Son las populares tiendas o centros de diversión ocasionales, tan conocidos en todos los pueblos y ciudades del país, que venden productos para las necesidades diarias del hogar y la tradicional “pola” o esta última, únicamente, así como los lugares de diversión o de prendas o enseres de todo orden.

En un recorrido por nuestro tranquilo Municipio de escasos 20.000 habitantes, por la época que rememoro (1.950, hacia atrás), por el antiguo camino a la Vereda de Panamá, en sitio de descanso para los caminantes con destino a Fusungá o al Pàramo, la tienda de las hermanas Gallo, que vendía pan, cervezas, gaseosas y el líquido, que comentábamos en la columna anterior, denominado por los campesinos de entonces como “ el santo sorbo” y que en la década del 40 les acabó el Ministro Jorge Bejarano, obligando a Emiliano Escobar, Jesús Vásquez y Antonio Gallo a dedicarse a otra actividad y a Norberto y Marcolfo, sus mayores consumidores, a ensayar con nuevas bebidas, y quedando solo en el recuerdo aquella socorrida frase, oída en casi todo el país de “Tome chicha que es de Soacha”.

Recuerdo aquí un hecho ocurrido en el centro de Soacha en relación con esta bebida. Un campesino le preguntó a Hernando Prieto, muy conocido en el medio, si sabía quién le podía levantar un plano para construir una casa en su vereda. Sí yo sé, le respondió y sé también donde vive y se lo entrega aprobado por la Alcaldía. Si quiere vamos a la casa. No señor, hoy no puedo pero el próximo sábado estoy en este mismo sitio para arreglar con la persona que puede hacerme el trabajo.

Efectivamente al sábado siguiente llegó el campesino y Hernando que lo esperaba le dijo aquí está el señor, se llama Roberto Vejarano y él le hace el plano que solicita. Al presentarlo, el campesino pidió que le repitiera el apellido y al reiterarlo como Vejarano, el pobre hombre, algo asustado y mirándolo le dijo, “Válgame dios, si será de los mismos del que nos quitó el santo sorbo”. No sé si el plano se hizo o no, o si el campesino se vengó del homólogo del “funesto” Ministro.

Los fabricantes, citados atrás, tenían sus fábricas en el centro de Soacha y en El Charquito, empleaban buen número de mujeres para producirla y usaban grandes barriles de madera, sostenidos con zunchos metálicos colocados a su alrededor como los que fabricaban Carlos y Emilio Medina en su taller de la calle 13, cincuenta metros debajo de la Alcaldía Municipal. El líquido llevaba maíz y miel y debía permanecer un tiempo determinado en su fermentación para luego llevar el producto a los expendios que eran donde Celia Escobar, San Diego, al lado del antiguo Parque de Bolívar, carrera séptima con calle 14 y a la Frontera, en la carrera 7ª llegando la calle 13, donde hoy funciona una institución Bancaria. Se llevaba, igualmente, en burros a donde las hermanas Gallo, ya citadas y a las Veredas de Fusungá, Panamá, y a las Inspecciones de Sibaté y Granada. La fabricada en el Charco, por Antonio Gallo, se expendía en su establecimiento, en Bogotacito, cerca del Salto de Tequendama y en Alicachín donde las Mayorga.

Volviendo de la tienda de las hermanas Gallo, un poco más abajo y muy cerca de los chircales del “Cabo” Luis y Carmelo Niño, se encontraba la de Miguel Chía, que se convirtió ,en algo así, como un asilo transitorio para quienes, por la época de la violencia y del toque de queda, los cogía tal hora, apenas “iniciados” y querían rematar la rasca en sitios de buenos amigos y en tranquilidad absoluta, esperar las cinco de la mañana para llegar a la casa, con la magistral disculpa de “me cogió el toque de queda y debí quedarme en el sitio donde estaba a esa hora, porque ya había llegado el Ejército.”

Después estaba la de Lino Alonso que cerraba muy temprano y la de Arcelia Montoya Vásquez ya conocida en la Reminiscencia anterior. Más delante las de Rosario Noguera, Sergio Garzón y “Las Tomasitas”. Luego la venta de víveres de Belarmina Párraga, frente a la Estación del Ferrocarril del Sur, todas ellas cerradas antes de las ocho de la noche.

En cambio, en esa Estación, los hijos del Jefe de ella, Jorge Ruiz, habían montado allí un billar en un amplio sitio de la misma y se podía departir desde la hora de llegada del trabajo de Álvaro, Jorge y Guillermo, como se llamaban sus hijos, y hasta cerca de las diez y los sábados hasta la media noche, no obstante que algunas veces se violara la orden terminante del jefe de la Estación y hogar, por lo entretenido que resultaba la partida.

En la esquina sur de la carrera 6ª con calle 13, donde funcionó la Caja Agraria, estaba el negocio de víveres de Oliverio Cepeda, a quien le fue destruido en los desordenes del nueve de abril de 1948. Bajando por la misma calle 13 y entre carreras 6ª y 7ª, costado norte, estaban las tiendas de Beatriz Camargo y Anita Gallo. La primera, esposa de Joaquín a quien se le conocía con el remoquete de “Picho” y, entonces, ella era Beatriz Picha, en donde se podía permanecer hasta entradas las nueve de la noche o, un poco más, si quien atendía el establecimiento era su esposo.

La segunda, era atendida siempre por su propietaria y de la que recuerdo ahora una especial anécdota: Es conocido por todos los lectores que en épocas preelectorales se suspende bajo sanciones, la venta de toda clase de licores y, precisamente, un sábado vísperas de elecciones la Policía encontró que en la tienda de Anita se estaba vendiendo cerveza, no obstante la prohibición. Los agentes pasaron el informe correspondiente y, después de la investigación, el Alcalde le impuso una sanción pecuniaria convertible en arresto por tal infracción. Al notificársele la resolución del caso, Anita entró en ira santa y le dijo al funcionario: no tengo dinero para pagar la multa. De manera que pago la pena en cárcel, pero desde el lunes, porque el sábado tengo que planchar. Ignoro en que quedó tan terrible condena, pero lo cierto es que más tarde la Administración pagó con creces tal desafuero, con la señora Gallo, porque su hermano Lucas, su hijo, Jorge Cuellar y su sobrino Humberto Peña, fueron Personeros Municipales.

En el sector del Puente, encontramos los establecimientos de Paco Sánchez, Beatriz Roncancio, Ligia Uribe, La “Turca” Sara, El Pun“L”, Braulio Cubillos, Bruno Gordillo, Visitación Heredia, el de la famosa pólvora de los tres golpes y dos Tun Tunes, la Funeraria de Jesús Heredia quien no se cansaba de su sastrería y se dedicó también en hacer vestidos de madera, Eulogio Ramírez y “La Mocosa.”

Precisamente, con la pólvora de don Visita Heredia y debido al descuido de quienes la quemaban, (años después del 50), sufrió una lesión en una nalga Miguel Romero, a quien por tal hecho le pusieron como remoquete “Medio Rabo” y por tal apodo, nació una anécdota de la que fui testigo y hasta actor de un hecho simpático.

Enrique Sánchez, más conocido como Pico, persona muy apreciada en el medio, tenía la costumbre de llamar a todo a quien conocía, ya fuera por su nombre o remoquete y se escondía para que no lo vieran. Un sábado hacia las dos de la tarde, estábamos los dos cerca de la Tesorería Municipal cuando pasaba la carrera 7ª Miguel Romero, e inmediatamente lo vio Pico, lo llamó diciéndole Medio, Medio, y se escondía detrás del poste ubicado frente a la entrada de aquella oficina. Como Romero, inicialmente no le hizo caso, le gritó “Medio Rabo”varias veces. Indignado éste se le acercó y le reclamó por el remoquete empleado por Sánchez, diciéndole que exigía se le respetara llamándole por su nombre, pues él siempre le decía don Enrique y nunca Pico que era su apodo.

Ante la indignación que manifestaba Miguel me acerqué a él con el fin de zanjar el inconveniente presentado y le dije con la serenidad que requería el caso: Romerito, usted tiene la razón porque cuando para llamarlo se usa un remoquete como “Medio Rabo” necesariamente debe causar indignación. Le ofrezco, desde ahora, decir a nuestros amigos que jamás le vuelvan a decir “Medio Rabo,” sino mejor “CASIANO.” siguió de largo Miguel y a los cuatro o cinco pasos regresó muerto de la risa, me dio un abrazo y se fue en dirección a su casa, pensando seguramente en el singular y tan venido al caso el nuevo remoquete, mucho más decente y que le venía como anillo al dedo por su desgraciado accidente en tan púdico sitio de su cuerpo.

Pero, volvamos a lo que íbamos. Sobre la carrera 7ª hacia el norte estaban las tiendas de la señorita Paz, famosísima por el masato, bocadillos de todos los sabores, gelatinas, arequipes y toda clase de colaciones que hacían la delicia de los niños y de los mayores de la época. La de Chomita Amaya en la esquina nororiental de la calle 14 donde hoy existe una oficina Bancaria y vendía gasolina, “cacao”de harina y toda clase de dulces que guardaba en grandes frascos que colocaba sobre el mostrador y cerveza para los conocidos, que servía en la sala de su casa, ubicada a manera de trastienda. Frente a Chomita tenía su residencia y tienda llamada Maracaibo, Margarita Hurtado, centro de reuniones políticas de la derecha de Soacha y, en la mayoría de las veces, salían de allí los nombres de los candidatos al Concejo, la Personería, la Tesorería y algún cargo de menor importancia, aunque no eran de menor importancia las tomatas de su propietaria, dentro de la mayor corrección y respeto de los asistentes, en su mayoría dirigentes políticos o soachunos que le tenían especial simpatía.

La de María Hurtado, que se ideó una manera fácil de endulzar el paladar de los niños de la época con el 5 y 5 que era un jugo de piña en pequeños vasos acompañado, si se quería, de colaciones, o una parejita de vasos con el delicioso jugo, por la suma de cinco centavos.

Al lado del campo de futbol llamado San Luis, del que me ocuparé oportunamente, estaba la tienda y panadería de los esposos Chepe Roa y Toyita Párraga que llevaba el nombre de un famosísimo avión que hizo historia en su época, Spirit of Sant Lois, y así se señalaba a su entrada. Fue su pan tan famoso, como cualquiera de los señalados ya en anteriores Reminiscencias, y su familia ejemplo de convivencia.

Fueron famosas las zapaterías de Santiago Rodríguez en la esquina de la calle 13 con la carrera 8ª, pues su propietario era un incansable conversador exponiendo, su propia filosofía, religión, política, etc. La del maestro Cuervo en la 7ª entre 14 y 15 y la de la calle 13, frente al referido negocio de Oliverio Cepeda, propiedad de José U. Méndez quien se envenenaba si le decían José U., pese a que en un tablero colocado encima de la puerta de entrada, decía literalmente “Zapatería y Talabartería de José U. Méndez,”No obstante salía con un martillo a golpear a qu.ien así le gritara.

Hubo varios billares donde los jóvenes de Soacha aprendieron a jugar. El de Jorge Monsegny, en la esquina de la calle 13 con carrera 7ª. El de Paco Sánchez en viejo local de la carrera 7ª veinte metros adelante de la esquina de la calle 13, donde hoy hay una Droguería. El de las Rozo, sobre la carrera 7ª, frente a la Registraduría Nacional del Estado Civil. También existió, pero en otra época, el del Café de Álvaro Rozo, en edificación de la carrera 7ª, donde hoy está una entidad Bancaria. También, en dos Cafés de Luis Sabogal, junto a la Droguería referida atrás, y en la Casa donde vivió el General Santander, que creo, todavía existen.

JOSE IGNACIO GALARZA M.

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