Cuando estaba en grado sexto (de eso ya hace unos añitos) un día cuando ingresaba al Departamental en jornada de la tarde, sobre las 12:15 (minutos antes del ingreso formal), dos muchachos que nunca habíamos visto antes se subieron sobre la azotea de la caseta de vigilancia de Saturnino (nuestro cuidador eterno del colegio) y con adendas de inconformidades empezaron a vender un discurso de protesta: Que nuestros derechos estudiantiles, que mejoras en el colegio etc.

Mis amigos junto con toda la población estudiantil observábamos y escuchábamos el discurso, era un motivo de evasión de clases, pues no permitían el ingreso a la jornada; es más, motivaron para que la propuesta se desplazara frente a la alcaldía. Y así fue, una juventud efervesida por el momento en que unos muchachos desconocidos nos alegraban la tarde y un motivo para vitorear frases que ni siquiera entendíamos. Resultado de ello: un día sin clases, una tarde de “recocha” y molestadera para luego llegar insolados a nuestras casas en búsqueda de hidratación, pues el sol y el hambre habían hecho de las suyas.

Al día siguiente la jornada empezó puntualmente, pero con formación en el patio; cuando eso ocurría sabíamos que la primera hora de clase se invertía en dialogo con el señor Mongui (rector de la época) en donde sin adivinar mucho, sabíamos el motivo del conversatorio: los aconteceres del día anterior. Sin profundizar mucho, les contaré que el Rector de manera muy paciente y hasta pedagógica luego de hacer una radiografía de la indisciplina, desorden y frustración académica del día anterior, comenzó a preguntar cosas que calaron en mí y por eso las traigo a colación por los tristes sucesos acontecidos los pasadas días del 8 y 9 de septiembre. Preguntaba entre otras cosas: 1. Quienes eran los muchachos que el día anterior habían osado en invadir la terraza de Satur? ¿Qué exigencias hacían? ¿Cuántos de nosotros habíamos utilizado los canales de diálogo para solicitar dichas exigencias? ¿Cuántos nos habíamos acercado a él en calidad de rector para tocar dichos temas, o ido a la Alcaldía o Gobernación para ilustrarnos más y/o exigir algún pliego de peticiones?

Ante las preguntas formuladas por el rector, nadie respondió; no porque sintiéramos presión o miedo, simplemente porque las respuestas ya las conocíamos: ningún estudiante había utilizado los canales de dialogo para evitar la famosa protesta del día anterior y sabíamos que eran respuestas que apoyaban la tesis del rector para terminar su gentil diálogo: Esa tarde se pararon unos jóvenes desconocidos, que ni siquiera eran habitantes de Soacha y menos estudiantes del CODIS, ninguno de nosotros habíamos hecho el proceso de expresar las eventuales inconformidades que teníamos (ni siquiera las habíamos pensado), nunca habíamos acudido ante él como rector o cualquier autoridad de la época. En ese momento recordé algunos acontecimientos que yo personalmente hice el día anterior: Grité vivas y contras sin fundamento y pecando más en la emotividad con ignorancia incluida, los ánimos se iban calentando, aunque en la época no era tanto, sin embargo, pretendimos parar tránsito, ofender a las autoridades con groserías y hacer tumultos para luego correr en bandada generando pánico entre los testigos ciudadanos transeúntes que nunca entendieron cómo un nutrido grupo de muchachitos: unos riendo, otros jugando, otros gritando (sin criterio) y todo sin motivo real de conciencia para tal alboroto.

Esta historia de hace ya muchos años me permite reflexionar de como en un CAI se acerca una familia que en estado de duelo pretendía prender una vela como expresión de protesta  y cómo en cuestión de minutos empezó a reunirse una gran cantidad de personas que en comienzo apoyaban dicho gesto, pero cómo minutos después se originó una ola de protesta agresiva que acompañada de las redes sociales se multiplicó en no menos de  80 escenarios diferentes a lo largo y ancho de la ciudad de Bogotá y Soacha,  sin contar otras ciudades del país; el resto de la historia se cuenta sola: más de 20.000 millones de pesos en pérdidas entre transporte, inmuebles públicos y privados, y lo más triste: diez vidas humanas truncadas por acciones vandálicas, diez hijos, padres, madres, hermanos  que tenían sueños para el futuro y estaban construyéndolos en el presente. ¿Qué hacer para responder ante la violencia? ¿más violencia? No, eso se ha venido haciendo desde siempre, eso es lo que buscan quienes quieren desestabilizar el país.

En cambio, que bueno que hagamos veedurías de los procesos de afectación ciudadana, que realicemos caminatas de paz (no marchas que están prostituidas), que se organicen mesas de supervisión ante el Congreso, la policía, en Contraloría y todos los entes de control, especialmente aquellos que vigilan los recursos del estado, que en vez de la marcha asesina se exijan  espacios de control político, que se ganen tan buenos espacios que inclusive se den espacios de información en los medios de comunicación, que se mantenga  una búsqueda oportuna hasta el punto de comprometer a un Congreso, so pena del eventual castigo en las urnas, para quienes no actúen a la luz pública en sus decisiones que afectan al ciudadano común y corriente, que las mesas de control no sean  comités de paro, sino personas de a pie que trabajen para crear confianza entre todos, convencidos de que si hay errores no hay que llamar la atención del gobierno alborotando un avispero con consecuencias fatales, sino cayéndole con todo el peso de la ley con los instrumentos que el mismo estado nos da.

De la experiencia de mi grado sexto me queda la sensatez para mis actos, Dios quiera que esa sensatez llegue al corazón de todos, que tengamos por supuesto la valentía de seguir exigiendo, de seguir luchando, pero que nos animemos a experimentar tácticas y herramientas que no sean nocivas, que alcancen nobles propósitos para todos, es nuestra responsabilidad en la sociedad que nos tocó vivir…dejar un mundo mejor del que encontramos al llegar al planeta.

Por último, sería bueno hacer la campaña que hace muchos años atrás se vio en los canales de televisión: ¿Sabe Usted donde están sus hijos en estos momentos?

Edgar Orlando Matallana Usaquén