Hay cumpleaños que no se celebran con regocijo. La ruptura del último intento de paz con las Farc es uno de ellos. Y no solo porque duela que se haya malogrado una posibilidad de reconciliación entre los colombianos. Duele sobre todo por las circunstancias en que se interrumpió este intento de paz. En nuestra memoria colectiva quedó grabada la indignación y dolor del secuestro del senador Géchem que precipitó la ruptura del proceso y la cancelación de la zona de despeje. Como también, la cruel retención de la entonces candidata presidencial Ingrid Betancourt y su acompañante Clara Rojas.


El dolor por la interrupción de los diálogos con las Farc no es nostálgico. No debe serlo. La nostalgia equivaldría a exaltar las bondades de un proceso que empezó y terminó mal. Porque el fracaso del Caguán no se debió exclusivamente a la desfachatez fariana que abusó de la zona de distensión y desaprovechó la mas importante oportunidad política de su historia. Con asustadora elementalidad se propaga la idea de unas Farc esencialmente malvadas y perversas. Y claro que este análisis primitivo conduce a botar la llave de la paz, que el presidente Santos dijo tener el día de su posesión, al fondo del océano de nuestros odios atávicos. Y con ello se despacha la discusión.

Hay otro dolor, quizás un poco menos evidente. El dolor del desperdicio. Porque desperdiciamos una especial oportunidad para poner punto final a la guerra por un equivocado modelo de negociación con las guerrillas aún actuantes. Modelo que tuvo un trauma de nacimiento: la campaña que eligió como presidente a Andrés Pastrana. Porque al calor de la contienda presidencial Pastrana aceptó la solicitud de las Farc de una zona de distensión cuya extensión cubriera cinco municipios, y mostró generosidad para abordar una agenda de diálogo tan extensa como la geografía de todos nuestros conflictos. Craso error pensar que la generosidad gubernamental sería devuelta con la misma moneda por una guerrilla dominada por la desconfianza histórica propia del ethos sociocultural de colonos perseguidos, excluidos y maltratados. Y craso error aceptar que todos nuestros conflictos se explican y se subsumen en el conflicto político armado.

Hay que reconocer que a Pastrana le sobró audacia y arrojo para la búsqueda de un arreglo con las Farc. Pero le faltó método. Y cuando tuvo la oportunidad de experimentar un proceso más reglado con el ELN habilitando una Zona de Encuentro en el Sur de Bolívar y adelantando una agenda limitada a las variables explicativas del alzamiento armado de este grupo, se dejó atemorizar por los paramilitares y presionar por las Farc. El país terminó por voltearle la espalda a la paz y se emborrachó con la ilusión de la derrota militar de la guerrilla a cualquier precio.

La paz que viene pasa por no volver al Caguán. Ni a su agenda ilimitada, ni a sus modelos de despejes territoriales. A ello le debemos ocho años más de guerra, con todos sus muertos, dolores y tragedias

@AntonioSanguino