Prosa fresca como agua que mana entre rocas

Domingo 27 de agosto de 2017, por Carlos Mario Vallejo Trujillo




Este libro extraño nos ubica de plano entre la selva nocturna, un pueblo costero casi siempre en claroscuro y una trama que en virtud al tratamiento narrativo se torna secundaria. Secundaria porque como quería Nabokov, en literatura el tema resulta con valor igual a cero en tanto no prime la estética de la prosa, como intenta Cárdenas me parece que con éxito en este texto de amable digestión. Y de paso, como el título anuncia, se ocupa de reflejar el asunto de nuestra desigualdad.

Pero más que una reivindicación social, la escritura irradia, como vidrio bruñido con papel periódico, la emoción lectora, esa que en palabras de Schopenahuer, nos solaza cual si hubiéramos bebido de una fresca fuente que mana entre rocas.

Si uno empieza temiendo las cabriolas de las voces que urden la cabuya narrativa, muy pronto se empieza a afianzar al personaje mientras avanza las páginas. Así, acompañamos al hombre que rastrea cierto eslabón de su infancia, una nana muy pobre que le dio cuidados, cuyo rastro se empeña en buscar entre breñales de la selva costera y aguas quietas de fangos oscuros. Aparecen otros dos personajes que completan la historia, todo dentro de un pacto de intimismo narrativo que compele a la pupila a no apartarse del renglón.

Los párrafos dinámicos de Cárdenas nos suprimen los diálogos con guiones, convenio que el lector suscribe gustoso, pues a pesar de que pueden intervenir en cinco líneas varios personajes, estos no se atropellan, de modo que el interés no estriba en descrestar con una escritura minimalista, como se prevería al ver el uso permanente de puntos seguidos -riesgo tan común a los malos entendedores de las asepsias propias de Carver y Hemingway- sino para irradiar resonancias poéticas que alumbran toda la historia.

Antes de pasar a las comillas, hay que aludir a la virtud del narrador para dispensar información y a la vez describir con gracia, por ejemplo, a su siquiatra, personaje importante de la primera parte del libro (que se subdivide en tres capítulos: Falla, Sedimento, Temblor). Este último capítulo, el mejor logrado, me da pie para un parangón musical muy sentido: el sobrecogimiento que sucede a la lectura de algunos periodos resulta análogo a cuando se escucha El Temblor, la mística canción de Soda estéreo.

“Cuando (la siquiatra) abre la puerta me da un beso en la mejilla. Tiene ojeras, los pómulos muy marcados, el pelo corto y canoso. Parece haber perdido mucho peso en los últimos meses o quizás sólo sea el overol, que le queda muy holgado. El olor noble a cosas restauradas me llena los pulmones. Es una coleccionista compulsiva de antigüedades”.

Más adelante, cuando la novela ya se lee por una especie de inercia estética, vemos más matices: “Te lo prometo, tesoro, que el amor es más puro que la mierda concentrada, más puro que la muerte y si me abandonás te mato o me mato o los mato a todos”.

Con la aparición de un particular detective, que será pieza clave del final de la novela, constatamos la eficacia descriptiva: “Buenas, dice, pase. Y me da un apretón de manos muy fuerte, tanto que puedo percibir que esa fuerza no proviene solo del brazo sino del pecho, del cuello y de mucho más allá, de todo el cuerpo”.

Un texto que desconcierta - pero desconcierto del bueno, como suelen morigerar su envidia los envidiosos- a veces por las intrincadas atmósferas que logra, a veces por el patetismo de las escenas y los personajes, o por los aciertos metafísicos, como el que sigue: “Meo largo y tendido sobre el tronco de un árbol. La selva lleva trabajando toda la noche, sin descanso. Siento como si me hubieran abierto el cráneo con un fórceps, pero no hay dolor. Sólo el alivio que queda después de una presión muy intensa”.

Último antojo: “El detective juega a hacer anillos con el humo. Le salen perfectos, bien espesos, y duran mucho antes de disiparse. Pruebe usted, me dice. Absorbo el humo, soplo. Mi anillo sale tembloroso, achatado. El detective observa su ascenso y sonríe. Bah, dice, malísimo, usted no sabe”.

Los Estratos. Juan Cárdenas. Editorial periférica

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