Cada día adquiere mayor sonoridad la preocupación que ha suscitado la decisión que tomó el Distrito de Bogotá, en cabeza de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado (muy pronto de aseo), de suspender la venta de la llamada “agua en bloque” a los municipios vecinos y que, en seco, frenó la proliferación de proyectos de construcción de los más diversos usos, en especial proyectos habitacionales de todas las estratificaciones, en la Sabana de Bogotá, tierra localizada en la jurisdicción del departamento de Cundinamarca.


Cuando se anunció la decisión de “no más venta de agua en bloque”, producto de la desaforada imaginación del mundo Caribe, se me vino a la cabeza la imagen de un descomunal bloque de hielo exhalando el vaho gélido del páramo, atrapado en la congelada alma transparente, similar al hielo que recordara el Coronel Aurelanio Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, con el que se inicia el relato del mítico Macondo, en “Cien Años de Soledad”; luego, en el mundo real, recordé el argumento de un joven estudiante según el cual, “agua en bloque”, es el suministro de agua “envasada en contenedores plásticos en forma de cubos”. Pero saltando de la fantasía de literatura y de la explicación de escuela elemental, se entera uno que la denominada “agua en bloque”, en la prosaica, es el punto en la frontera territorial en el cual, la empresa de agua, desde el “tubo madre”, hace la entrega (a un particular, a un público o empresa mixta) del excedente de agua para el abastecimiento y la distribución (por entre un tubo) del líquido vital en el territorio que hace la compra. Más o menos diez puntos de abastecimiento poseen en la actualidad el Acueducto de Bogotá y, “lo de bloque”, no es la rabia del Gobernador Álvaro Cruz sino los metros cúbicos que se comercializan, previamente establecidos en el respectivo contrato.

Así pues, constatada la evidencia de que el comercio del agua potable está por fuera del alcance de la literatura y de la poética, Bogotá argumenta que ha decidido suspender la modalidad de prestación de servicio en “bloque” porque, entre otras, se está usando para llevar el agua a las áreas rurales, contrariando lo establecido por la ley (suministro de agua al “casco urbano”), acelerando la urbanización del suelo rural, con el consecuente cambio en la vocación el uso del suelo (establecido como agrícola), deteriorando valiosos ecosistemas (bosques nativos, quebradas y humedales) que, según voces distritales, “atenta contra la soberanía alimentaria y sostenibilidad del territorio”.

Sin embargo, el intento de evitar la expansión urbana sobre el territorio agrícola y ambiental de la Sabana, racionalizando la comercialización del agua potable, entre otras, ha sido mal interpretado y tienen erizadas las relaciones entre el Gobernador Álvaro Cruz y la Alcaldía de Bogotá. Incluso, algunos tremendistas, aferrados a las predicciones apocalípticas de que el agua será el pretexto para que la humanidad se mate en el presente Siglo, a propósito de la decisión de la Empresa de Acueducto, afirman que la “guerra por el agua”, sin remedio, se instaló y escogió el escenario de Bogotá y Cundinamarca para el inevitable “choque hídrico”. Exageración, digo acá.

Pero ordenar el territorio de manera sostenible, mediante la racionalización del suministro del agua potable, insisto, puede terminar siendo “un muñeco pintado en la pared”, un esfuerzo inservible, si no se detiene la voracidad de la minería, mayoritariamente ilegal, que, sin control, avanza desbarajustando montañas. Los anuncios de Bogotá de prohibirla, se sabe, no son suficientes. La competencia es de la Nación y de las Corporaciones Autónomas. ¿Pasarán de agache? Es probable.

Alargue: A propósito de “bloque”: ¿En que van las investigaciones para desmantelar el paramilitar “Bloque Capital”?