Con Soacha (Suacha, según los jóvenes), desde hace años, me unen múltiples hilos afectivos, unos visibles y otros invisibles. De los hilos visibles remotos, hasta donde recuerdo, está ligado a un programa de televisión local en el cual, a las siete de la mañana, a pesar del trancón y el madrugón, me impuse acompañar los primeros tintos de los televidentes, con un breve denominado “Nota Editorial”, antes de las notas de farándula y que, con la mano sobre el pecho, culminaba con la frase de “Soacha te llevo en mi corazón”.

Así, animado por un proyecto de divulgación constitucional, inauguré una relación de preocupación por las dificultades (muchas e infinitas), las esperanzas y afectos con esas tierras del “sol varón” y que, a pesar de no residir en dicho territorio, me mantienen atado a ella. Su descomunal despelote urbano, la caótica movilidad interna y la externa de ese paso denominado “Autopista Sur” (con muy poco de autopista), el desgreño con la que la han gobernado, la infinita pobreza de sus barrios de borde y conurbados conel Distrito Capital, el absoluto desinterés por el cuidado de sus recursos naturales y patrimonio antropológico, el estigma que carga el territorio por haber sido escogido por la criminalidad mafiosa para experimentos bárbaros (el magnicidio de Luis Carlos Galán y los llamados “falsos positivos”) y muchos otros referentes negativos, hasta la fecha, no han podido minar la catarata de amores y afectos que siento por Soacha. “Una mala hora es la que buscas”, me dicen cada vez que pongo rumbo y destino a ese territorio articulador de la parte sur de la geografía colombiana hacia Bogotá.

Además de la experiencia en materia de televisión, he concurrido a esas tierras en varias de las circunstancias difíciles que han padecido los habitantes (los más pobres) de ese municipio. Inundaciones (recurrentes) de la ola invernal; desmoronamiento de la ladera de la montaña arrastrando a cientos de familias que habitan (aún a la fecha) en zonas de alto riesgo y, por supuesto, acompañando las voces de denuncia (la del ex personero Luis Fernando Escobar hoy alcalde local de Kennedy) de los llamados falsos positivos. Dolores de Soacha, hieren y desgarran.

Pero Soacha también resiste, no se rinde. Rostros jóvenes, día y noche, están en la búsqueda infatigable de re-significar el territorio, dibujan “mapas verbales” del orden territorial de ahora y el de futuro, desarrollan ejercicios de pedagogía de la no violencia, llevan el bálsamo de la solidaridad a los más pobres; recorren el orden territorial (con grupos de niños y niñas) desde el “vientre” (Páramo) y siguen el cauce del “cordón umbilical líquido” de sus ríos emblemáticos (contaminados, inertes); llenan de halito juvenil las Juntas de Acción Comunal; destierran el miedo y la muerte en festivales de media noche en las barriadas altas de Soacha. “De la tierra no nos vamos hasta que transformemos la realidad”, sentencia con firmeza, voz inquebrantable.

Desde la voz de resistencia y esperanza, iniciando mandato, me atreví a hablarle al actual alcalde de Soacha Juan Carlos Nemocón. La mejor manera de vincular a Bogotá en la solución de los problemas comunes, no lo dude, es con un matrimonio estable cuyo nombre, aunque no le guste, se llama Área Metropolitana, le dije.

El fin de semana que ya pasó, trasciende la noticia según la cual, en respuesta a una epístola del alcalde de Soacha, Nemocón, el Alcalde Mayor de Bogotá, Petro, le ha dicho que le gustaría avanzar en la edificación del Área Metropolitana. Como dice la canción: “Cuando el amor llega así de esa manera uno no se da ni cuenta…”, pero igual es amor, digo desde acá.

*Constituyente de 1991