El arte está llamado a elevar el espíritu y a descubrir en las virtudes que Dios le regala a los artistas el don extraordinario de continuar su obra creadora. Es por eso que así como cada hombre, obra culmen de la creación, es imagen y semejanza de Dios, cada obra artística hace parte de la vida de su creador y está ligada a él que nadie más puede hablar de su obra con tanta propiedad que él mismo, porque ha brotado de su propio ser.


Sin embargo, hoy día, el concepto de arte es tan amplio que da espacio para todo. La tecnología que ha disminuido tiempo, costos y esfuerzos ha castrado en muchos casos la creatividad del ser humano y fácilmente se puede llamar arte al pequeño esfuerzo de cortar y pegar en un sencillo montaje. Igualmente se puede desconocer una gran obra lograda con dedicación, innovación y esfuerzo cuando no encaja en los cánones del arte contemporáneo.

Por esta razón, en muchos casos, se ha perdido en el hombre moderno el anhelo de construir arte para la posteridad y más bien se piensa en la inmediatez. El arte, que antes se preocupaba de los problemas fundamentales de la humanidad: el amor, el dolor y el sentido de la vida, ha pasado a tratar temas de la superficie de la vida del hombre.

Adicción y conocimiento

Muchas personas sentaron su voz de protesta cuando se supo que en el edificio de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, en un ‘performance’ (evento apoyado por el Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Bogotá) se distribuyó cocaína.

La artista cubana Tania Bruguera, prestigiosa y controvertida, participaba del VII Encuentro del Instituto Hemisférico de Performance y Política. Este instituto, investiga las prácticas corporales en el arte, un tema de por sí, interesante.

Según parece, la artista quería llevar armas y cocaína, así lo había expresado y había pedido permiso, que inmediatamente fue negado por las personas encargadas del evento.

Lo que no está bien es que mientras las directivas de la Universidad y los organizadores del evento rechazaron el hecho y lo calificaron de inmoral, ilegal e inconveniente, no hagan nada por erradicar del claustro ciertas costumbres que se han vuelto “normales”.

Quienes estudian en la Universidad Nacional o quienes la visitan frecuentemente pueden ver en sus zonas verdes y espacios abiertos a jóvenes que consumen cigarrillo, marihuana y licor abiertamente ante la indiferencia de quienes pasan por su lado. El cigarrillo y el licor son legales y la dosis mínima no está penalizada, es cierto, pero igual son sustancias adictivas que son claramente incompatibles con espacios en los cuales se propende por la vida y el conocimiento.

Si en este evento se hubiese distribuido licor o cigarrillo, ¿qué hubiera pasado? Nada, es algo legal, aunque son sustancias igualmente nocivas para la salud.
Y el problema no está solamente en la Universidad Nacional, también existe en las otras instituciones de educación superior públicas y privadas. No existe prohibición alguna para fumar o consumir licor en los espacios abiertos y los estudiantes lo hacen no sólo los fines de semana, sino todos los días a la vista de todos.

Así como está vedado el ingreso de la fuerza pública y de las armas a los santuarios del conocimiento, ojalá también se prohibiera rotundamente el ingreso de sustancias adictivas y se promoviera el amor y el respeto por la vida como se promueve el libre desarrollo de la personalidad y la expresión artística.