Como si se tratara de productos a granel, por estos días en Soacha se observa un verdadero mercado o tráfico de votos, teniendo en cuenta que estamos a menos de dos semanas de las elecciones del próximo 25 de octubre. Sin embargo, los invito a reflexionar sobre esta práctica absurda y ridícula que sigue imperando a la hora de elegir a nuestros gobernantes.


Lo que uno no se explica es por qué el común de la gente de Soacha habla tan mal de la política, de sus gobernantes y de quienes se presentan a cualquier cargo de elección popular, si finalmente son los mismos electores los que escogen a su alcalde, a sus concejales y ediles, lo que quiere decir que es más culpable quien elige que el que se presenta para ser elegido.

En Soacha se volvió costumbre tildar a todo el que participa en un proceso político de ladrón, corrupto y negligente. Es común escuchar que en el municipio se roban la plata y que sólo los concejales, el alcalde, algunos secretarios y contratistas participan de la gran torta para que el pueblo se consuma en la miseria, o como diría mi abuelo, se “friegue”.

Pero si el problema se analiza a fondo, quien tiene toda la culpa es el elector, o bueno, el habitante común, el líder, el comerciante, en fin, aquel ciudadano apto para votar. No se entiende cómo el municipio tiene alrededor de 210 mil ciudadanos que pueden sufragar y sólo vota la mitad. ¿Qué pasa con el resto? ¿Qué hacen el día de las elecciones? Yo sí tengo la respuesta. El resto se dedica a criticar, señalar, tildar, juzgar y hasta vociferar, con el argumento que ellos no participan porque todos los políticos o candidatos son iguales. Lo lamentable aquí es que esos que dicen ser “apolíticos” actúan irresponsablemente porque dejan que los demás elijan por ellos, lo que indica que no tendrían derecho a cuestionar, teniendo en cuenta que no ejercen el derecho al voto.

Ahora. Aquel porcentaje de habitantes que vota, en la práctica sí tendría derecho a criticar, pero si lo hiciera responsablemente. El problema es que buena parte lo hace sin conocimiento de causa, con apasionamiento y hasta con ignorancia. Y a esto sumémosle otro inconveniente aún más delicado: los que votan se acostumbraron a vender su conciencia, su voto, su conocimiento, su derecho libre y sagrado de elegir, y muchos se han vuelto profesionales en el tema.

Es triste observar que en el actual proceso electoral muchas personas (la mayoría diría yo), están comprometidas con campañas políticas sólo porque hay beneficios económicos, promesas falsas, dádivas e incentivos. Es “normal” escuchar a muchos ciudadanos decir que van a votar porque los invitaron a una reunión a comer lechona, tamal, jugo, cerveza, a recibir cuadernos, mercados, loncheras, o porque tal candidato les prometió puesto para el hijo, la hermana, la prima, y otros incluso, que porque el candidato les dio un “billetico” al saludarlos.

Que vergonzoso que el voto tenga precio, que tanto el candidato compre conciencias como el elector venda su voto. Entiendo la necesidad de algunas personas, pero rechazo de tajo esta malsana práctica que corrompe el ejercicio político, porque la pobreza y la falta de recursos no pueden convertir un derecho constitucional en un mercado corrupto para provecho de pocos.

¿Con qué derecho un ciudadano viene a exigir cambio, si él mismo participó de la elección de ese que no representa el cambio? ¿Hasta cuándo tenemos que esperar que en Soacha y el país haya un proceso electoral, limpio, honesto y transparente? …
Pero el problema mayor es que, tanto los electores como los candidatos se acostumbraron a que la política se hace con plata, con intereses, con dádivas, con promesas falsas y hablando mal del otro. Me pregunto entonces: ¿Dónde está aquel ejercicio limpio que propuso Sócrates, cuando aseguró en Grecia que la política era el arte del saber y de la argumentación?

Parece que 2.400 años después se difuminó y desapareció esa bella frase, porque hoy los que se denominan líderes políticos no se caracterizan por su conocimiento amplio de los temas, por sus argumentos, su capacidad, su saber y su inteligencia, más bien muchos sobresalen por ser charlatanes, mentirosos, deshonestos y por tener un adecuado manejo en el mercadeo de los votos. Obviamente lo hacen porque el elector lo permite y el mismo ciudadano patrocina esta triste práctica electoral.

No sé si a escasos 14 días de las elecciones aún desde este editorial se puedan salvar algunos votos hacia la política limpia y transparente para que Soacha, Cundinamarca y el país cambien.

La invitación es a votar el próximo 25 de octubre, pero hacerlo a conciencia, con honestidad y transparencia. Si queremos que cambien las instituciones y sus gobernantes, dependerá exclusivamente de los que vamos a votar, no de los que aspiran a ser elegidos. Ojalá ese día cada elector reflexione, piense y se llene de argumentos para votar por personas capaces, honestas, idóneas, sin mañas y que representen el verdadero cambio; ojalá olviden las reuniones, la lechona, el tamal, el jugo, la cerveza, los cuadernos, los mercados y hasta los “billeticos”, y piensen más bien en ideas, propuestas, capacidad, honestidad y renovación para que Soacha y el departamento cambien. Si no es así, seguirán los mismos concejales, ediles y diputados, llegará a la gobernación y a la alcaldía el que más plata haya gastado y el que más mal haya hablado del otro, y no valdrá la pena que se presenten personas nuevas, capaces, honestas, preparadas, con ideas, propuestas y con todas las ganas de trabajar.

El futuro depende de usted, amigo elector…