Ante la frase pronunciada en el teatro Sua por uno de los líderes que asistió a la reciente reunión de seguridad convocada por las autoridades municipales, en donde se afirmó que: ‘El bazuco y la marihuana se venden como almojábanas en el parque de Soacha’, me asaltaron varias dudas y quise escribir sobre este problema tan delicado que azota, no solo a este municipio, sino a la mayor parte de ciudades del país.


Y como anécdota les cuento que ese mismo día salí del teatro casi a las 7 pm, pasé por el parque y al caminar cerca a la tarima principal, detecté un olor raro que procedía de dos grupos de muchachos que estaban hablando y montando patineta. Todos eran menores de edad y dentro de ellos estaban presentes seis niñas.

Pues inmediatamente se me vino al pensamiento la frase de aquel líder y deduje que se trataba de un hecho que se volvió común en Soacha y más entre menores de edad: El consumo de estupefacientes al aire libre, en sitios públicos y a merced de todo el mundo. Ya no hay pudor ni respeto por los demás, el vicio atrapó a los jóvenes y volvió permisivas a las autoridades, incluyendo a la misma Policía y a los miembros de la Administración Municipal.

Es cierto que el fenómeno es extensivo a todas las ciudades del país y que las leyes son demasiado flexibles, más cuando son menores de edad, porque desde que existe el famoso y maligno ‘Código de Infancia y Adolescencia’, los niños y jóvenes hacen lo que les parezca amparados en la norma, pero también es cierto que un municipio como Soacha cuenta con autoridades que perfectamente pueden controlar este ‘cáncer’ que le apuesta a dominar la sociedad entera.

Hay cosas que se entienden y situaciones que no son fáciles de controlar, pero lo que uno no se explica es por qué en un sitio tan sagrado para Soacha, tan tradicional, tan público y en medio de juzgados, alcaldía, comando de policía, colegios, Medicina Legal y ante los ojos de cientos de ciudadanos, se permita el consumo de estupefaciente y no se haga nada.

La estación de policía está a escasos diez metros del parque, la alcaldía está ubicada a un costado, es el paso obligado para quienes tienen en su poder el timón del municipio, incluso el alcalde, los secretarios y las demás autoridades utilizan este espacio para sus eventos públicos, para decir en sus discursos que van a combatir el microtráfico y el consumo de estupefacientes, pero en este mismo sitio, en el mismo escenario símbolo de la democracia, la seguridad y los valores, aquí mismo todas las tardes y noches se consume bazuco, marihuana y otra clase de estupefacientes, sin que alguien haga algo para evitarlo.

Es inconcebible que ‘en la nariz de los funcionarios y autoridades’ pase este hecho lamentable y bochornoso. ¿Cómo no controlar algo tan evidente?, ¿Cómo permitir que a la luz pública y en este sitio sagrado se corrompan los jóvenes sin que las autoridades hagan algo para evitarlo?.

Al escuchar al líder, gordito y de sombrero vueltiao, parecía exagerado y más cuando afirmó que ‘el bazuco y la marihuana se venden como almojábanas en el parque de Soacha’. Pero los hechos demuestran que hay total razón y que a las autoridades les ha quedado grande ‘este cuento’ de controlar el consumo, o simplemente que su prioridad no es esta.

Reitero que conozco perfectamente las limitaciones por aquel ‘cuentico’ del Código de Infancia y Adolescencia, y comparto que es cierto que la Ley en Colombia es pésima en este sentido, pero también conozco herramientas de control que las autoridades en Soacha no aplican. No estoy pidiendo que erradiquen el problema del consumo de raíz porque sé que es complejo y la misma ley ‘protege’ a los delincuentes; en este caso sólo estoy cuestionando la situación lamentable del parque principal y pido una pronta solución a un hecho que se exhibe sin tapujos ni vergüenza. Es pura y física negligencia y falta de voluntad.

No quisiera pensar y me cuesta hacerlo, que un día de estos los muchachos consumidores caminen treinta pasos hacia la alcaldía y con su humo y olor natural de sustancias psicoactivas, tóxicas y venenosas, ‘aturdan’ a quienes tienen la responsabilidad de timonear y conducir este barco llamado Soacha. Ojo porque una tripulación debe estar lúcida, consiente, comprometida y lejos de sustancias que los trastorne.

La comunidad de este municipio no concibe desde ningún punto de vista el hundimiento del barco, por este motivo la ciudadanía requiere una tripulación lúcida y capaz de tomar las mejores decisiones. Hay que poner los radares a funcionar y sacar del camino las barreras que impliquen amenaza alguna, pero hay que actuar y hay que hacerlo ya.

No dejemos que el olor a bazuco nos trastorne.