La Policía debe actuar y hacerlo contundentemente sólo en los casos donde necesite enfrentar la delincuencia,  el vandalismo y las agresiones violentas en su contra. Pero, ojo. Su fuerza no debe dirigirse a los indefensos, y menos cuando algunos uniformados lo hacen con sevicia para demostrar la valentía detrás de un uniforme.

La muerte del ingeniero y abogado Javier Ordoñez despertó odio y rechazo hacia la Policía, hasta el punto que en días posteriores fueron atacados varios CAI y estaciones, bancos, entidades públicas  y hasta el sistema Transmilenio.

La gente ya está cansada de las “manzanas podridas” en la Policía, porque hay que ser claros que no todos los uniformados actúan como aves carroñeras en contra de la población civil, pero desafortunadamente unos dañan lo bueno que hacen otros.

El  lamentable caso del abogado y la muerte de varios jóvenes aparentemente a manos de los uniformados, despertó voces de protesta y rechazo, hasta de la misma  clase política del país, generalmente inerte y aislada de  los atropellos contra la población civil.

Y no es para menos. Incluso se propuso una reforma profunda y estructural a la Policía que incluya un cambio radical en su formación para evitar estos hechos que enlodan la imagen de toda la institución. Al policía hay que formarlo para que ayude y proteja a la población civil, no para que la maltrate ni la asesine.

Para expertos en seguridad y protección a los derechos humanos, el problema es que los policías no tienen una formación ética ni profesional, y su estadía en la escuela es muy corta. La mayor parte del tiempo los entrenan para usar la fuerza y no para respetar al ciudadano de a pie ni hacer un trabajo social de la mano con la comunidad.

El Estado colombiano se ha dedicado en los últimos años a graduar policías a la ligera para cumplir unas metas y gastar un presupuesto jugoso en armamento, uniformes, sueldos y operativos, pero nunca se ha pensado en formar una policía que se convierta en aliada de la población civil, incluso muchas veces pareciera que el objetivo fuera atacar a las personas de bien.

Es cierto que se necesita una fuerza preparada para enfrentar situaciones difíciles y combatir el vandalismo, pero hay que formar a la mayoría para que sea aliada del ciudadano de a pie, para que respete los derechos humanos y entienda que ese uniforme debe ser sinónimo de respaldo ciudadano y apoyo conjunto para combatir la delincuencia.

Ahora. Volviendo al caso de Villa Luz en Bogotá, lamentablemente dos personas con uniforme hicieron quedar mal a toda la institución, entendiendo además que dentro de la policía hay muchos como ellos, pero también reconocer que hay muchos más que merecen representar a esta fuerza civil.

Se entiende que en situaciones difíciles hay que actuar, pero el problema no es ese, sino cómo hacerlo. ¿Qué necesidad tenían estos dos policías de coger a un ciudadano indefenso y reducido,  e  insistentemente propinarle descargas eléctricas sin medir las consecuencias que ello genera?

Su sevicia, crueldad, sed de venganza, ignorancia  y quizá su frustración de no poder hacer lo mismo con criminales, tal vez  los llevó a intentar demostrar que la Policía es la que manda en esos casos y a lucirse ante quienes observaban el triste, repudiable  y doloroso episodio.

Ante el lamentable hecho  vino la reacción equivocada del pueblo, utilizando los mismos métodos de siempre: vandalismo y choques directos que solo dejan pérdidas económicas y lesionados, pero no los cambios estructurales que necesita, en este caso,  la institución policial.

Hay que salir a las calles a marchar, a sentar una voz de protesta y a exigir que este sistema de gobierno deje de favorecer a los pocos ricos del país y cese el maltrato a la inmensa mayoría con sus políticas nefastas que van en contra de la salud, la educación, la cultura y el desarrollo, pero tampoco se puede pensar que la salida es el vandalismo y los actos violentos que hemos visto en los últimos tres días. Finalmente es del bolsillo de todos de donde sale el presupuesto para construir y arreglar los CAI destruidos y recuperar los buses de Transmilenio quemados.  

Ojalá la muerte del abogado Ordoñez y los asesinatos de las personas que cayeron en las manifestaciones   no queden en la impunidad y el pueblo entienda que hay que seguir exigiendo una reforma profunda a la Policía, pero no destruyendo los bienes públicos ni quemando buses, porque al fin y al cabo se puede desbaratar una ciudad o un país, mientras los culpables continúan campantes viendo cómo el pueblo se enfrenta y se mata entre sí.

EDITORIAL

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