“Hay que dejar el pesimismo para tiempos mejores”, aconsejaba Saramago. Y tiene razón, sobre todo si se trata del proceso de paz entre gobierno y Farc. Porque sospecho que el escepticismo que reina en algunos sectores de opinión tiene dos orígenes. En unos, deriva de la postura de una derecha tacaña frente a transformaciones sociales e intolerante ante el opositor político. Y en otros, proviene de un exceso de idealismo que sueña con un mágico cambio de los actores en confrontación para pasar de la cruda guerra a la paz celestial en un abrir y cerrar de ojos.


Por eso no me extraña lo acontecido en Oslo en días pasados. Aunque muchos soñaban con un arrebato de sensatez de la guerrilla. O esperaban que los voceros gubernamentales no cedieran un milímetro ante las pretensiones de la contraparte. Las Farc exhibieron de nuevo su rigidez ideológica, su soberbia armada y hasta su cinismo. No se sonrojaron para negar su responsabilidad en la barbarie que nos aqueja, ni para solicitar la erradicación del capitalismo del planeta como condición para terminar el conflicto. El gobierno en cambio, insistió en que una negociación de paz tiene sentido si propicia las condiciones para que las guerrillas defiendan en democracia su visión del mundo y de la política. Pero en todo caso, que las Farc hayan aceptado un diálogo sin despejes territoriales, sin cese al fuego y sin la liberación de sus miembros detenidos en las cárceles del país, es motivo suficiente para confiar en un proceso serio, realista y eficaz.

Claro que no es un proceso fácil. Me pregunto cómo puede ser sencillo terminar un conflicto que se tragó la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI. Que además carga con las desconfianzas de los fallidos procesos de paz con las Farc y el ELN. Que suma a diario miles y miles de víctimas. Pero este “elogio a la dificultad” como diría Estanislao Zuleta, es una invitación a reconocer con una alta dosis de realismo el pulso que viene en esta segunda fase de los diálogos. Y queda claro que lo primero es precisar el alcance de la agenda. Porque si el discurso de Iván Márquez es un recurso propagandístico para abundar en las razones políticas del alzamiento armado de las guerrillas o para marcar territorio en su liderazgo en las Farc o para decirle a sus combatientes que no están camino a una traición, vaya y venga. Lo inaceptable es que pretendan desconocer la agenda acotada a las condiciones para terminar la guerra. Que intenten imponernos en la mesa de negociaciones su modelo de Estado y sociedad como condición para silenciar las armas. Como lo aclaró con precisión el vocero gubernamental Humberto de la Calle.

También se requiere precisar los tiempos. Las Farc no pueden imponernos a cambio de una guerra una negociación popular y prolongada. El factor tiempo es un requisito para asegurar la legitimidad del proceso. Y que entiendan que cuando en la agenda se incluye el tema “tierra” no es para solucionar todos los problemas del planeta.