Se convive en la urbes por diferentes motivos, ya sea porque aquí nacimos, o crecimos, o arribamos, sea cual fuere el motivo, aquí estamos y podríamos pensar que nuestro propósito es vivir en las ciudades en armonía y felices.


En ocasiones se añora la paz que se puede encontrar en el campo, en armonía con la naturaleza, quizás por ello en la ciudad, en ocasiones visitamos un gran parque diseñado entre otras, con ese propósito.

Es claro que se puede disfrutar uno y otro escenario, con un adecuado itinerario y formación cultural, generado en primer lugar en nuestro hogar o en la escuela y porque no en nuestro entorno citadino. Qué delicioso puede ser admirar un buen grupo de baile folclórico, o una obra de teatro, o de música, o quizás admirar una obra pictórica, o simplemente una buena lectura en cualquier escenario de nuestra ciudad.

Pero quizás esta reflexión nos permite encontrar cuan alejado o quizás inexistente es el concepto de formación cultural en nuestra ciudad de Soacha. Observamos comportamientos cada vez más distantes de lo que corresponde a una vida en la ciudad, cuyo propósito creemos es, el de vivir allí en armonía y felicidad, pero vemos cómo simplemente estamos sobreviviendo en grupos.

Para la muestra un botón de la cotidianeidad en nuestra Ciudad de Soacha; ocurre cuando queremos atravesar la “autopista sur”, a la altura de Unisur. Ya no hay puente, entonces tenemos un semáforo peatonal que sirve de árbitro a una competencia atlética de cincuenta metros en 20 segundos.

Somos un tropel dividido en dos montones; de un lado el grupo que va para San Mateo y del otro el grupo que viene en sentido opuesto. Participamos hombres, mujeres, jóvenes y niños, sanos, o no, o en coches llevados por sus progenitores etc. Todos tenemos claro que hay que pasar en ese tiempo, que no hay más tiempo, el semáforo se pone en rojo para los vehículos y entendemos que el tiempo empezó su marcha ineludible; los jóvenes saltan y esquivan a quienes con el mismo afán vienen en sentido contrario, todos corremos, faltan diez segundos, se escuchan jadeos y una que otra grosería, observamos cómo se movilizan los niños en sus coches llevados en andas por sus padres, el tiempo se acaba, rugen los motores de los coches impulsados por impacientes conductores que saben que su estreñido paso por la “autopista sur” aun es lento y largo. Y al final las risas. Al mirar atrás, el letrero que informa a la ciudadanía la posibilidad de pasar la “autopista” en dos tiempos.

Sin embargo la costumbre ya hizo carrera y forma parte de nuestra “cultura ciudadana” en Soacha, o quizás debemos decir de nuestra ¿incultura?..

Luego al pasar a la otra orilla, esquivamos al ciclista que veloz corre por el andén en contravía y sin querer, pisamos la mercancía del vendedor informal que ocupa nuestro espacio, el espacio de todos, para evitar la lesión que nos pudo haber causado el joven corredor, nuestras disculpas al comerciante, quien luego de un breve reclamo las acepta, porque entiende que esos avatares forman parte de los riesgos de su ejercicio en la economía informal.