La crisis en Colombia se agudiza, crisis en la que siempre ha estado inmersa a raíz de las desigualdades sociales y los episodios de violencia que crónicamente han hecho parte de nuestra historia. El panorama que se vislumbra no parece muy alentador, y en este el hampa y la miseria seguirán siendo las enfermedades de una sociedad que cada vez más se hunde por el pesado lastre de la injustica, quizás por eso el miedo al virus no ha calado tanto en nuestra sociedad, pues estamos habituados a peores cosas.

La cantidad de masacres aumenta y son el pan de cada día en las noticas; 70, 71, 72 o, 70 veces 7, el número que sea no importa, además esos pobres muertos pasan a ser parte de la estadística del conflicto armado que ha arropado al país desde los primeros decenios de la república. Sin embargo, aparte de los crudos episodios de violencia que se viven, lo que más preocupa es la indiferencia ante la constante violencia. Al parecer la muerte y la barbarie se han naturalizado hasta el punto, por ejemplo, que los gobernantes no se inmutan por esto, incluso algunos de forma eufemística prefieren cambiar el nombre de masacres por el de “homicidios colectivos”, pues quizás de esta manera suena menos feo; hay que esconder la basura debajo del tapete. Aquí no asesinan profesores en cuyo pecho dejan un libro despedazado, como advirtiéndole a los intelectuales sobre los peligros de su oficio en el país. Quizás en Colombia pensar es un riesgo y con el tiempo sea un delito; el que piensa pierde dicen por ahí, tal vez esa sea la causa de la insensibilidad que nos hace ciegos y sordos.

Por otro lado, la corrupción desangra las arcas del erario público, al fin de cuentas la caja registradora produce tanto dinero para derrochar en los tiempos de la pandemia, incluso hay dinero para comprar aviones y helicópteros. Otros prefieren tomarse la foto con la reina de turno que porta un vestido color vino tinto, igual al color de la sangre que se seca cuando se derrama en el suelo, sangre de los asesinados en las montañas, en los buses, a las afueras de los centros comerciales y en las calles a cualquier hora del día, igual para matar no se requieren horas especiales.

En esta tierra de ambición y miseria, porque en Colombia la una produce a la otra, se derrochan millones de pesos en satisfacer los caprichos de los que han detentado el poder para dominar y controlar, lo peor de todo es que la idea de control y dominio se vende como un asunto de seguridad nacional y muchos incautos festejan por ello. Por eso, es que en los actuales tiempos pandémicos lo importante es salvar la economía, o mejor la teta de la vaca que da abundante leche para quienes detentan el monopolio de ordeñarla.

Estamos en una aguda crisis por el virus del COVID 19, pero también hemos estado contagiados por el virus de la insensibilidad e indiferencia, es preferible mirar a otro lado antes que mirar de frente a la oscura realidad en la que la violencia, la corrupción, el olvido y la miseria están presentes como temibles fantasmas. Por lo anterior es preferible dejarse cundir por la amnesia colectiva, pues así no tendríamos que recordar nuestra triste historia, quizás para muchos es mejor que sea así, quizás en algún momento nos toque como en Macondo: marcar todo con papelitos para no olvidar su nombre, y así dejar en el oscuro fondo del olvido lo que no conviene recordar.

A manera de conclusión, vinculo todo lo anterior con aquel paseo vallenato interpretado por Máximo Jiménez y compuesto por Luis Felipe Negrete titulado “La campana descompuesta”, pieza musical que pese a que salió a la luz hace muchos años lamentablemente sigue tan vigente, sigue siendo un espejo de nuestra realidad nacional. Por ello no me atrevo a trascribir una sola estrofa, porque la invitación es a escuchar ese vallenato, en parte para comprender la tragedia del país hecha canción y en parte para reivindicar a un cantautor como Máximo que en muchas de sus canciones denunció las injusticias que a diario se viven en nuestra bella patria, a pesar la campana descompuesta.