Marcela Guerrero Casas creó la iniciativa «Open Streets» en Ciudad del Cabo, siguiendo el modelo de la ciclovía bogotana. Todo empezó una tarde en el malecón de dicha ciudad durante una conversación con su amiga Diana Sánchez, otra colombiana que estaba radicada en el país al sur de África, luego de haber participado en el Cape Town Cycle Tour, una carrera masiva de ciclismo que recorre el cabo donde está la ciudad. 

“Con ella empezamos a hablar del tema y dijimos: «Sería muy chévere una ciclovía en Ciudad del Cabo, pues a la gente le gusta montar bicicleta»”, asegura Marcela.

Esa misma noche llegó a la casa y escribió una carta al editor del Cape Times, el periódico de la ciudad. “La titulé con una frase muy cursi como: «¡Viva la ciclovía!», y me la publicaron al otro día”.

La carta contaba la historia de la ciclovía en Bogotá y las ganas que tenía de que eso se replicara en Ciudad del Cabo. «En ese momento dije: «acá hay algo» y empecé a conectarme con gente que trabajaba por el ciclismo».

Desde 1974, todos los domingos y festivos las calles principales de Bogotá se cierran 120 kilómetros interconectados para darle paso a la circulación exclusiva de corredores, patinadores y ciclistas. Hay escenarios de instrucción aeróbica, yoga, música y pequeñas tiendas de comida y fruta fresca.

Cada día, en promedio, salen dos millones de personas, eso es cerca del 30% de la población de la ciudad. Por eso, para los bogotanos la ciclovía es parte de su identidad. Inclusive sobrellevan su realidad de vivir lejos de la costa con el famoso dicho: “Bogotá no tiene mar, pero tiene ciclovía”.

La experiencia exitosa de la capital colombiana ha sido replicada en las principales ciudades y municipios de Colombia. También en otras ciudades de Latinoamérica como Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Quito, Ciudad de México y Lima, entre otras. Inclusive, siguiendo el ejemplo colombiano, se han hecho versiones de la ciclovía en países como Israel, Nueva Zelanda, India, Canadá, Australia y en muchas ciudades de EEUU. 

Cuando Marcela visitó Bogotá con su esposo Dustin Kramer, quien la escuchaba todos los días hablar de Open Streets, recuerda que lo llevó a la ciclovía y solo entonces él entendió la envergadura del proyecto. “Me dijo: «¡Ah!, ya entiendo, uno puede recorrer toda la ciudad en bicicleta». Acá lo damos por descontado porque es normal, allá es como body_abstracto y poco realista».

La tormenta perfecta

Luego de la carta al diario, Marcela decidió enviarle un concepto a Brett Harron, secretario de Movilidad de la alcaldía de Ciudad del Cabo. Tiempo después, una organización que trabaja temas a favor del uso de la bicicleta le escribió para mostrarle algo que había enviado la alcaldía de la ciudad; un proyecto que podría funcionar. Cuando abrió el correo se dio cuenta de que era su concepto.

Open Streets nació también en medio de una tormenta, «una tormenta perfecta», como la llama Marcela. Entonces trabajaba en Ciudad del Cabo en Fairtrade Africa, una ONG que apoya a los pequeños agricultores y trabajadores para asegurar mejores formas de intercambio comercial. Luego rechazó un nuevo puesto en Bonn, Alemania, pues se le había metido la idea de hacer algo similar a la ciclovía en esta ciudad del sur de África.

Open Streets

La primera versión la hicieron el 25 de mayo de 2013, el Día Internacional de África, luego de muchas reuniones para definir el nombre definitivo del proyecto. La alcaldía permitió que se cerraran solo 800 metros de una calle de Ciudad del Cabo. Marcela creía que si llegaban 500 personas el evento podría considerarse un éxito, pero llegaron 5.000 y fueron portada del diario local al día siguiente: había muchas personas, gente bailando y haciendo dibujos, y era imposible andar en bicicleta debido a la multitud de personas que participaron en el evento.

Eso definió el concepto de Open Streets en Ciudad del Cabo que está en su manifiesto, un evento asociado con las expresiones artísticas y el intercambio comercial.

A los dos años, el dinero se acabó y Marcela sufrió un ataque de ansiedad que la mandó al hospital: “Fueron dos años en que los que no recibí un peso por hacerlo ni le decía nada a mi familia, porque sabía que me iban a reclamar por mi decisión de no irme a Alemania”.

Por fortuna, recibieron apoyo del gobierno local y de una organización internacional, y desde entonces se han hecho 16 versiones de Open Streets, a veces dos o cinco veces al año en diferentes lugares. “Era importante que diferentes comunidades tuvieran la misma experiencia”.

En promedio han logrado tener un recorrido de 2,5 km en el que han participado 8.000 personas. Desde entonces, otras ciudades africanas han replicado la experiencia como Johannesburgo, Adis Abba (Etiopía), Kampala (Uganda), Abuja (Nigeria) y Nairobi (Kenia).

Marcela empezó a ser invitada a foros y conferencias, y Open Streets ganó reconocimiento e identidad. En 2017, tras la muerte de su padre, sintió que era el momento de volver a Colombia: “Era un momento oportuno para dejar la organización. Hasta el último momento yo vivía y respiraba por Open Streets, pero era consciente de que era importante esa separación”, dice con los ojos aguados recordando la despedida que le hicieron sus compañeros: «Ese día yo lloraba desconsoladamente”.

De la tristeza, a los pocos días colapsó uno de sus pulmones: “Yo estoy segura de que fue eso, esa ausencia que me despegaba de algo que me dio identidad, que me dio tanto y a lo que le di todo», recuerda llorando.

“Fue literalmente como si me hubieran arrancado algo”. No obstante, no se arrepiente de volver a su país. «Creo que dejé un precedente, la gente reconoce qué es Open Streets».

El próximo domingo 23 de febrero se llevará a cabo una nueva versión de Open Streets en Ciudad del Cabo y ese mismo día también se hará en Adís Abeba el «Menged Le Sew» o “calles para la gente” en idioma amárico, su versión etíope. Sin embargo, como asegura Marcela, aún hay muchos retos: “Espero que la organización continúe, aunque el modelo todavía no es perfecto. Como no es una empresa sostenible, sigue siendo bastante inestable”.