Esta ponencia y otros materiales adjuntos con los cuales propongo la lectura en las aulas de clases de mi novela “Presa de mi jauría de sueños”, la he preparado para nuestros amigos Docentes, con el ánimo de que comencemos a confrontar los beneficios que haya podido representar el desarrollo del conocimiento, con las consecuencias negativas que de ello se deriva. Una vez nos adentremos en su real dimensión, encontraremos a un ser humano delirante que ha perdido el equilibrio.


Durante los últimos siglos, el Hombre en su afán por alcanzar el desarrollo científico, pensó que avanzaba hacia la concepción de un mundo trascendental; al punto de sentirse, en las postrimerías del Siglo XX y primeros años del XXI, estar viviendo en una época extraordinaria, de cambios maravillosos en el saber tecnológico, con poder sobre las telecomunicaciones, así como una mayor organización social y bienestar económico; llegando a considerar el haber alcanzado un dominio sobre si mismo. En ese sentido la Globalización de la información fue tan nefastamente eficaz, que indujo a hacernos creer, que nos hallábamos en la vanguardia de un combate contra la ignorancia y la pobreza.

Sin embargo, en los albores de la segunda década del siglo XXI, como resultado de esa pretensión desmedida, producto de fundamentos lógicos inadecuados, por el desinterés ante los preceptos morales y éticos, por el fanatismo profesado a las tendencias filosóficas y religiosas, por la pérdida de la autonomía personal y nacional, por la concentración de capitales en pocas manos, los cuales generaron distintos apetitos imperialistas y sus consecuencias bélicas; en fin, por la desidia del Estado ante lo que pueda significar una generación de relevo, y desde la sociedad civil, porque no hemos hecho más que llevar a la práctica unas ideas ampliamente aceptadas por el mundo occidental, las cuales se dirigen a quebrantar las estructuras de la racionalidad, poco a poco ha venido quedando en evidencia lo que los tecnócratas no han logrado masificar: que la esencia de la realidad no se reduce a valores tecnocráticos o mercantilistas, sino al equilibrio existencial.

En estos últimos años hemos podido evidenciar, cómo los saberes de la ciencia y la tecnología, lejos ya de esa falsa e ingenua neutralidad sobre la que parecían sustentarse, generan una manifiesta ambivalencia; pues, de una parte, el desarrollo del conocimiento representa el origen de grandes beneficios, de un mejoramiento en la condición humana y de un progreso ilimitado de la sociedad; mientras la otra, constituye el punto de partida de mayores posibilidades de dependencia y autodestrucción.

Si bien es cierto que ha habido avances significativos y cierto desarrollo del conocimiento, también lo es, que el Hombre ha ido perdiendo la sensibilidad frente a los designios Divinos, irrespetando las leyes naturales en todas sus expresiones, depredando, contaminando, atentando contra la integridad física y mental, contra su prójimo cuando disiente de su conducta, agrediendo la libertad y el derecho ajeno, soslayando la paz y el uso de la palabra, tergiversando la convivencia en sociedad; todo esto por ambiciones materialistas y mercantilistas. Lo más lamentable es la incertidumbre expresada en este par de conceptos: “Los medios de comunicación son los pilares fundamentales de la vida contemporánea”. Y, “el manejo inadecuado de los medios de Comunicación propicia dependencia e induce a la pasividad”. En torno a este par de percepciones se une y polariza la actividad humana de principios de milenio. Se dice que el saber, el conocimiento, la información, parecieran ser los elementos del compuesto en el que fluye y sobrenada la humanidad; esa masa cada día más dependiente y sometida a la manipulación, en esta era de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTIC), a la cual llamo la Era de la influencia.

Ahora bien, continuando con este análisis, pensemos… ¿cómo podemos contribuir para que el control remoto, no nos desarrolle tanta discapacidad?, ¿de qué manera se evita que las virtudes del cerebro se vayan atrofiando como causa de la irrealidad consignada a diario por los medios de comunicación?, ¿cómo formar una generación menos polarizada, con pensamiento crítico y reflexivo?, ¿de qué manera evitar que el pensamiento pierda contacto con la realidad, produciendo cambios en la personalidad y propiciando roles de grandeza, de hegemonía, de superioridad, contribuyendo con la descomposición social y sustituyendo la racionalidad o al sentido común en casi todos los escenarios de la vida humana?, ¿qué hacer con esta discapacidad del Siglo XXI, la cual tiene toda la sintomatología propia del delirio?
Hemos ido construyendo una sociedad cada vez más incauta, cuyos miembros aceptan igualmente lo que les ofrece la publicidad sobre la tecnología, la medicina estética, las filosofías de la Nueva Era, los políticos, las sectas, el mercado; es una sociedad carente del menor sentido de la reflexión. Y nos hemos ido olvidando cuán importante es para el Hombre desarrollar esta última actitud.

Quienes tenemos la responsabilidad de orientar desde un aula de clases o desde un escenario público, debemos enfocarnos en recuperar y fortalecer aquellos principios y valores que la posmodernidad y culturas foráneas nos han arrebatado. Cultivar los sentidos de identidad y pertenencia; de dignidad y soberanía; bases fundamentales para vivir en armonía y equilibrio.

Llegados a este punto nos encontramos en un dilema ineludible entre la esperanza que genera el desarrollo y la preocupación por sus consecuencias; por ello es necesario y urgente abrir núcleos de opinión y pensamiento sustentados, los cuales permitan valorar tanto los avances y beneficios, como las secuelas que arrojan los mismos; para que sea la sociedad en general, partiendo de los sectores educativo y administrativo, quien decida lo que considera beneficioso y lo que no. Acá valga recordar que el sector educativo está conformado tanto por Docentes, como por padres de familia y por supuesto el alumnado; y el sector administrativo, por quienes desde el Gobierno direccionan la pedagogía que se imparte en las aulas de clases, y su deber es controlar el contenido que se difunde a través de los medios de comunicación.

Es importante hacer algunas consideraciones, como por ejemplo: ¿Qué tipo de información están recibiendo nuestros alumnos y nuestros descendientes?, ¿qué pasaría si colapsaran los satélites o las plataformas destinados a las comunicaciones?, ¿no habremos depositado demasiada confianza en su poder?, ¿no deberían existir controles y limitaciones para el acceso a la Internet?, ¿Dónde quedó el control que se ejercía en los contenidos musicales? Un caso típico que viene a colación es lo que sucede con el género musical Reggaetón, el cual primero se difundió de manera masiva, llegándose a crear emisoras exclusivas de este aire musical, cuyas letras van dirigidas a desinhibir a nuestros niños y niñas de la necesaria inocencia, eliminando incluso de su mente la capacidad de asombro; y luego, una vez se ha construido una población cuyas fronteras morales han sido vulneradas, entonces se estigmatiza, se reprime y se castiga social y jurídicamente.

Algo que no se ha dicho ni analizado en profundidad por quienes se consideran humanistas es, hasta dónde llegan los efectos devastadores de una música cuyos sonidos repetitivos y contenido meramente emocional causan en el autoestima, no olvidemos que cinco de las 10 causas más importantes de discapacidad a nivel mundial, como son la depresión grave, la esquizofrenia, los trastornos bipolares, el consumo de alcohol y de drogas, y los trastornos obsesivos compulsivos, son problemas mentales, los cuales son retroalimentados por un factor masivamente difundido a través de la música, y todos los pronósticos apuntan a que en los próximos años aumentarán aparatosamente. Todo ello sin contar que la programación de nuestros canales de televisión y las franjas familiares e infantiles han sido inundadas con Telenovelas y realitys cuyos contenidos no fundamentan valores ni la voluntad autónoma. Ni tampoco, que en la actualidad recibimos tal cantidad de información que somos incapaces de reconocer cuales son erróneas y cuáles no, y qué nuestros menores no tienen capacidad suficiente como para asimilar y procesar dicha información y mucho menos de discriminar lo bueno de lo malo, máxime cuando la misma viene a ser divulgada de forma “legal”.

Por otro lado, es tal la dependencia que ha generado la Internet, que ha llegado a suplantar a la madre inteligencia. Irónica o sarcásticamente se habla de una inteligencia artificial, de unos archivos de memoria que remplazan las neuronas, al punto que consultar o leer textos impresos, es para muchos, “estar desactualizado”. Es la madrastra tecnología, tan sólo se necesita oprimir una tecla y allí está la respuesta, sin esfuerzo, sin pensar; entonces, ¿para qué los libros?
La imagen y el sonido, es decir lo audiovisual, ha llegado a ser de mayor importancia que la lectura; sin la cual, como se viene advirtiendo, se pierde fortaleza intelectual y se hace más dócil la mente que la evade. Como respuesta o como síntomas evidentes del síndrome naciente, se asoman una voluntad flácida, heterónoma, y una desidia a la hora de asumir la comunicación escrita. Miremos cómo la estructura idiomática se viene vulnerando con emoticones y palabras que no llegan a ser tal, porque el uso de absurdas contracciones, ha generado una comunicación críptica producto de esa tendencia posmoderna que devasta la inteligencia genéticamente cultivada; o, cómo resulta tedioso para la nueva generación leer temas profundos o extensos, e infructuosos casi todos los empeños que hacen los Docentes, Padres o Tutores por hacerles entender a adolescentes y jóvenes las bondades de la sabiduría. Todo lo anterior, considerado por separado, puede ser asumido de manera neutral; e incluso, parecernos beneficioso ese alto porcentaje de los avances alcanzados, pero vistos a la luz de la realidad, se puede apreciar cómo se comienza a agravar un entorno ya de por si hostil para la salud mental individual y social.

La problemática es seria, señores Docentes, y es aquí en la base social más importante en donde se puede trabajar, desde la cual se puede contrarrestar, pues los avances tecnológicos continúan evolucionando aceleradamente y de seguir así, en muy poco tiempo proliferarán seres autómatas y familias cuyos preceptos o valores se vean imposibilitados de inculcar, y por ende el alcanzar una verdadera armonía desde la célula más importante de la sociedad.

Este tipo de delirio infecta todos los saberes y valores, y termina por suplantarlos del todo. Dicen los especialistas que cualquier delirio es un delirio de grandeza, que niega la realidad y produce efectos devastadores sobre ella. Desde sus ámbitos se puede disfrutar de todas las ventajas de lo establecido e imaginarse confortablemente en un rejuvenecido paraíso terrenal y en la cumbre del desarrollo humano. Sin embargo, el delirio es un desorden de la razón, y la voluntad heterónoma, esa que parte no de la razón sino de la emoción o de la voluntad ajena, es la que se ha venido fortaleciendo con malévolas intenciones.

A contravía de las preocupaciones individuales va la permanente e injustificada ausencia de debate en los medios de comunicación, los cuales no solamente ignoran abiertamente la realidad y las vidas de las personas e impiden que se nos trate con la equidad que merecemos, sino que inculcan de manera aberrante una cantidad de información basura que aparenta ser recreativa.

Es acá en donde nos corresponde asumir una educación reflexiva, la cual debe constituirse en una disciplina encargada de mostrar, cómo deben ser las relaciones del hombre frente al hombre mismo y frente a la naturaleza, a lo largo de todas las facetas de su vida. El compromiso no debe recaer sólo en quienes plantean los programas educativos, ya que hay una grave carencia de pensadores desde todos los sectores sociales y escasos escritos que expresen posiciones bioéticas del ser humano. No obstante, se sugiere una mayor reflexión encaminada a esta temática, con puntos de vista orientados al individuo y su relación consigo mismo, con Dios, con la familia, la sociedad y la naturaleza.

El libro “Presa de mi jauría de sueños”, está enfocado a generar visiones, sobre la discapacidad del Siglo XXI, proponiendo una relación mucho más comprometedora con el mundo del pensamiento, intentando desmitificar la plenitud que se busca imponer con la creación de seres meramente emocionales, absurdamente materialistas, y sentar las bases que permitan al individuo llevar una vida equilibrada; lo cual, dicho en términos filosóficos, es conseguir que se viva en armonía.

Ni estos planteamientos ni los que se expresan en la novela, pretenden oponerse frontalmente a los del desarrollo tecnológico, sino exponer una nueva visión que permita una mayor percepción social de la discapacidad del siglo XXI.

Como ser humano de esta época, la propuesta la hago con un interés vital, sosegado, reflexivo; consciente de la poca información y formación que la sociedad tiene sobre esta nueva forma de discapacidad, ya que las implicaciones sociales que se derivan de la misma, afectan directamente a todo el conglomerado social, y por lo tanto a las actitudes de las nuevas generaciones, con quienes no tendremos más remedio que convivir y desarrollar una autocomprensión por nuestra negligencia.

Sólo abordando nuestra realidad podremos intentar entre todos dar respuesta a esta incertidumbre, cada uno desde la posición que nos ha tocado jugar: Docentes, padres, alumnos y funcionarios públicos, no lo veamos como una responsabilidad sino como una oportunidad que nos presenta la vida de tener el privilegio de legarle a la humanidad una generación más equilibrada.

David Esguerra Tache

Escritor.