El choque fundamental de las culturas occidentales y orientales consiste en que los primeros conciben el éxito de la vida en su utilidad mercantil mientras que los otros la valoran, precisamente, en su inutilidad consumista.

Por Arturo Prado Lima

Haz alguna vez algo inútil: escribe un poema, tiéndete en tu cama o en un prado por horas y horas. Canta, juega, salta, vuélvete irresponsable por un momento. Enfréntate a la rutina con un grito que saque de quicio hasta a los vecinos (a ellos también les hará bien ese sacudón a su calma diaria); llora y patalea, ríete, raya un cuaderno, destroza la reina de porcelana que yace en tu mesita de noche. En una palabra, haz algo inútil, que es como marcharse de uno mismo y mirarse desde otro ángulo de la existencia, o mejor, sentir las emociones y los deseos de otro modo.

Cuando vuelvas a ti todo será distinto. La rutina ya no será rutina. Y si es, tendrá otra edad, otro color, otra textura. Sí, difícil pensar en esto si hay que garantizar primero la vida, como en Colombia, donde la máxima responsabilidad personal y social es no dejarse asesinar, espiritual o materialmente, por el régimen sicarial vigente. En las sociedades orientales las cosas son más fáciles. Allá el fin de la existencia no es alcanzar una determinada categoría social, sino la satisfacción vital, al menos hasta el momento en que se vieron sacudidas por la explosiva onda consumista. Al contrario, el fin último de las sociedades occidentales es la competencia, sin restricción alguna. En oriente lo es la solidaridad, el no mirar a nadie por encima del hombro. 

Una sociedad justa sería aquella que combinase los elementos occidentales y orientales. Esa alianza se ha probado con éxito en la literatura. Si no, volvamos a leer Rayuela, del inolvidable Cortázar, donde sus personajes destilan mucha pero mucha inutilidad, materia prima con la que viven los útiles y hasta les alcanza para vivir 15 minutos en 3, como Johnny Carter, el inútil protagonista de “El Perseguidor”, y a la postre, personaje ineludible de la literatura hispana. 

Las cosas se dan de esta manera porque en Occidente somos un objeto de consumo. Si perdemos esa capacidad, estamos muertos para la sociedad actual. El 20% de la población, hoy en día, con su sofisticada tecnología, puede producir todos los bienes y servicios que consume el 100 x 100 de la población mundial. El 80% de los más de 7 mil millones de habitantes del planeta es inútil para la producción, pero potencialmente útiles para el consumo. Ocurre que grandes masas, países y hasta continentes se encuentran hoy con un grave dilema: son inútiles para las dos cosas. Estados fallidos los llaman en el ámbito de la comunidad internacional. Afganistán se volvió inútil para los Estados Unidos, de allí su desastrosa salida. 

Para evitar esa inutilidad, la tradición occidental, la filosofía, las religiones, las psicologías de masas, la educación y hasta la coacción, enseñan y dirigen a la población hacia el éxito, que significa prepararse para ocupar un puesto destacado en estos dos rangos: buen productor o buen consumidor de bienes y servicios. 

El choque fundamental de las culturas occidentales y orientales consiste en que los primeros conciben el éxito de la vida en su utilidad mercantil mientras que los otros la valoran, precisamente, en su inutilidad consumista. Otros países, con su pensar musulmán, budista, taoísta, en una palabra, con su misticismo practicante, viven, o vivían preocupados fundamentalmente por la trascendencia espiritual más que por el éxito comercial o productivo, pero la era de la globalización, implacable y deshumanizada, ha penetrado los cimientos de las sociedades místicas y las está arrastrando lentamente al terreno de la utilidad, para lo cual no vacila en imponerse por métodos pacíficos o violentos.

Occidente, cuya sobreproducción necesita cada vez más mercados nuevos, mano de obra barata y materias primas, siempre ha visto con codicia a los países de oriente y sus miles de millones de habitantes que no tienen o no tenían, el hábito del consumismo. Que eran inútiles. Pero la fiebre globalizadora no solo ha despertado el espíritu consumista, sino también el productivo y estos “leones dormidos” son ya una enorme fuerza competitiva para los mercados occidentales, pues necesitan vender su propia producción. Algunos de esos países han sido satanizados, invadidos, conquistados a nombre de la libertad de Occidente. Las guerras que cruzan los continentes tienen que ver con la utilidad o la inutilidad de sus gentes para consumir. 

En este contexto, podemos divagar un poco en la necesidad urgente de la inutilidad en Occidente para evitar un colapso social a largo plazo y la frustración individual de la vida. Y eso no sería posible sin la contemplación de algunos elementos del pensamiento universal. Necesitamos un espacio. En el sistema de mercado, ese espacio siempre está en disputa. Se trata de conseguir un lugar en la producción o el consumo. Entonces es una lucha constante. A muerte. De ello depende el status social, la dignidad, el puesto en la escala social. El espacio que buscamos fuera del consumo y la producción es distinto. Los pájaros lo crean con su canto. Los animales, en su mayoría, por ejemplo, simplemente paseando. Los humanos soñando. Creando bellas utopías como único muro contra la realidad de la competencia, el sálvese quien pueda y la seguridad de la existencia como filosofía de vida. Ese soñar y esa utopía son ciento por ciento inútiles para las sociedades de consumo. Es necesario, hoy más que nunca, hacer de esa inutilidad un punto vital, un camino, un poder contra la utilidad mercantil de la vida. 

No vamos a hacer apología de la vagancia. Vamos a demostrar que entre la producción y el consumo se pueden liberar espacios de tiempo para hacer cosas inútiles que nos van a alimentar el alma, reciclar fuerzas negativas e impulsar energías creadoras para la paz individual. El silencio y la soledad son lo primero. Hay que relajar la mente y buscar allí el vacío total. No importa el apretón en el Metro, en los buses urbanos, en las calles comerciales, en el ascensor. Hay que liberar espacio alrededor de uno mismo, no para quedarse allí, sino para partir hacia nuestros objetivos básicos de vida. 

Esto significa salirse por un momento de la lógica de la realidad social, cultural, política y económica. Una vez salido del torbellino del día a día, se puede mirar a uno mismo desde la colina. Te puedes alejar de ti mismo para ver en perspectiva qué lugar ocupas en la sociedad mercantil, qué hace uno por la sociedad o la sociedad por uno. Puedes tomarte unos días. No para ir de ocio, porque el ocio y las distracciones básicas ya están mercantilizadas. Nos toca crearnos ese espacio de locura donde podamos derribar el bullicio con silencio o llegar al silencio a través del bullicio para encontrarnos a nosotros mismos. 

Tómate unos días de soledad. Suelta las cosas, las personas, las responsabilidades. Deja a un lado las metas. Inventa un lugar donde puedas ser tú mismo. Allí podremos practicar cosas que jamás han pasado por nuestra cabeza. Por ejemplo, la meditación, que en Occidente creemos que es pensar detenidamente sobre una cosa o una actividad cuando es precisamente todo lo contrario. Invéntate un lugar donde no te sientas productor o consumista, sino un creador de inutilidad; date cierto tiempo solo para ti, construye espacios abiertos para la imaginación donde nuestras iniciativas nos hagan cada vez más libres, (la libertad como conciencia de la necesidad), más conscientes de la realidad, más alertas a todo. 

Alguien preguntó alguna vez qué pasaría si hay una huelga de poetas en un país de nuestro entorno. No pasa nada, pues la poesía es una de esas cosas inútiles que muchos practicamos con o sin acierto. Lo mismo ocurriría con una huelga de novelistas, compositores, pintores, teatreros, con una huelga de artistas en general. Pero ese “no ocurre nada” es solo apariencia. Lo cierto es que estas cosas inútiles son las que le dan sentido a la vida de los útiles. Al trabajador, al banquero, al ama de casa, al científico, al astronauta. A ti mismo cuando te cansas de ser útil. Si no, ¿cómo celebraría la victoria un triunfador, sino con buena música, un espacio libre y tirando por la borda, aunque sea por una noche, sus responsabilidades? ¿Cómo sacudiría su pena el enamorado, el frustrado, el resignado sino gritando y llorando, saltando y silbando sobre su propia suerte?

Haz algo inútil ahora mismo: lee un buen libro, sal en bici, escribe un cuento, hálate las orejas, pégate una buena siesta a esta hora, no importa si es o no la hora de la siesta. Programa una vista al museo. Piensa en un buen candidato a la presidencia o divaga sobre el destino que le espera al país si las cosas siguen como en los últimos 200 años. Son cosas inútiles, pero es allí donde está la extraordinaria utilidad de lo inútil.

Tomado de elcomejen.com