Ya no es posible andar por una calle sin que algo genere zozobra, ya sea un motociclista que resolvió utilizar el andén para llegar más rápido, el hampón que plácidamente se dedica a asaltar peatones sin preocupación alguna, como quien está trabajando honradamente, los ciclista chiflando para que le abran paso, los malabaristas, los moto y bici taxis, la incapacidad de poder respetar una fila, un semáforo, un carril, en fin la pérdida total del comportamiento racional del ser humano.


No hay un solo lugar en las ciudades en que la ilegalidad no sea la que reina: Los indigentes acosando a todo el que se le atraviesa, Los vendedores ambulantes, los vehículos parqueados en las avenidas con sus luces de parqueo como si eso fuera un acto de distinción, los taxistas envenenados de rabia contra todo y contra todos, el ciclista por las calles sin protección de ninguna clase, el que se cola, el que se atraviesa, el que sale tranquilamente en pico y placa, embistiendo a todo el que pase por su lado, porque seguramente es un influyente que hace lo que le viene en gana, porque nunca le pasa nada. El que roba y roba y roba… El país del avispado…. el de “¿Usted no sabe quién soy yo?”.

Y es comprensible de alguna manera. Si trasladaran a un grupo de individuos para la selva y los dejaran allí tirados para que sobrevivan de cualquier manera, sin reglas que cumplir, pues cada cual tendría que hacerlo a su modo. Desde luego quedaría vivo el más avispado… No hay mucha diferencia con lo que pasa aquí.

Por ejemplo, uno se sorprende sobremanera cuando comienza a entrar en una parte de la autopista del sur en Bogotá (repito, es un ejemplo de miles) y se encuentra con unas cosas en las que da por sentado que no existe ni la justicia ni menos la autoridad. Pasa por el frigorífico Guadalupe y ahí está la representación de la ilegalidad en frente de la autoridad en toda su extensión. Empezamos por las ventas de carne de todo tipo de animales, en los andenes, seguimos con los vehículos que cargan esa misma carne, ocupando, no uno, sino dos de los tres carriles que tiene esa maravilla de vía, mal llamada autopista del sur, los coteros de allá para acá, cada uno con un marrano a la espalda, ensangrentados hasta los pies como si hubieran estado en una pelea a cuchillo, cruzando la avenida sin tener en cuenta ni siquiera que ahí existe un semáforo; y los policías haciendo el papel de espectadores activos de semejante despelote, sin que surja un pequeño gesto de mínima autoridad. Un poco más adelante el caos se toma por asalto la vía. Se arma un trancón de infinitas proporciones ocasionado por la respuesta salvaje de unos miembros de la sociedad que ya perdieron el respeto por las normas: Los buses, busetas, camiones, colectivos, y avispados invaden los carriles Transmilenio, dejando la vía completamente bloqueada, demostrando así lo irracional que se vuelve el ser humano cuando no impera la autoridad.

A todo eso hay que sumarle la nube de motos que aparecen de todo lado como caídas del cielo, igual que un enjambre avispas alborotadas después de que les han voleado piedra, que se meten por todo lado, alimentando el desbarajuste reinante, y la autoridad no existe…o sí existe, pero no les da la gana de impartirla. Pasar por frente al cementerio del sur, solo dan ganas de morirse y quedarse ahí, para evitar ese desmadre. Finalmente tratar de cruzar Soacha es obra de Romanos; los buses intermunicipales de todas la empresas, parqueados a la orilla de la vía esperando pasajeros, los vehículos parqueados en plena autopista, la gente cruzando la avenida por debajo de puentes peatonales, la pesadilla en que se ha convertido para la gente tratar de tomar un Transmilenio en condiciones decentes sin tener que abrirse paso a codazos para poder llegar a tiempo a su destino, eso no tiene explicación, y súmele, indigentes, ladrones y desadaptados que arremeten contra las personas de bien, que a propósito son la inmensa mayoría… y lo mismo, no existe al autoridad.

Pero como ahora los alcaldes se gastan más dinero haciéndose propaganda que invirtiendo en la tranquilidad de la población, se les da cinco centavos lo que esté sucediendo en cualquier parte de la ciudad, mientras las imágenes compradas con dinero público, muestren lo contrario. Le meten tanto billete a su publicidad, que terminan creyéndose ellos mismos todo lo que sale de sus propias propagandas. ¡Bonito así!… Entonces, qué carajos les va a importar la ciudad…qué carajos le va a importar la autoridad, si según esas imágenes, la ciudad es un remanso de gloria del que no quisiera salir nadie, un territorio de concordia y paz casi como si fuera el mismísimo cielo. Parece que todos se hubieran encontrado el espejito mágico del cuento aquel de Blancanieves, que todos los días se levantan y le preguntan… Espejo, espejo mágico, dime una cosa, ¿Qué alcalde de este mundo es el mejor? Tú…tú… tú eres el mejor alcalde de este mundo… Mientras que afuera de ese reino…..reina el desmadre.