Llegó a nuestro correo un artículo escrito por Angel David Esguerra titulado «La ola verde comienza a producir cansancio». Es un análisis del salto que dio nuestro país al final de la era Uribe, ya que hasta hace poco tiempo muchos decían que nadie podía reeemplazar al presidente, pero hoy el tsunami Verde produjo un resultado muy diferente.


Por David Esguerra Tache.

angeldavidesguerra@hotmail.com

Hace años, cuando recién comenzaba a dar mis pinitos en el periodismo y ante la tardanza de la aparición de Diomedes Díaz en el recinto en donde debía presentar su show musical, un amigo mío y pariente de él, me dijo: David, ¿tú sabes por qué a una estrella del espectáculo se le mantiene distante de su fanaticada y sólo se le muestra cuando ya la gente lo reclama? Y sin esperar mi respuesta soltó la suya: Porque de esa manera despierta una mayor admiración; eso genera éxtasis, euforia; si se le permite que todo el mundo lo manosee, deja de ser atractivo; y si se sobrecarga su publicidad y sus presentaciones son muy continuas, termina produciendo rechazo en lugar de aceptación.

Esta anécdota la traigo a colación debido a un sentimiento que ha ido generando en el subconsciente colectivo la ola verde. No la del candidato Antanas Mockus, quien ha echado por tierra el concepto que hace ocho años desapareció la inteligencia en Colombia y que no había quien superara a Álvaro Uribe Vélez o a su designado, pues según sus adeptos o defensores, no existía en el panorama nacional quien pudiera enfrentárseles; hasta hace unas pocas semanas se atrevían a preguntar con descaro, ¿pero quién?, ¿a ver, quién?, ¿dígame el nombre de alguien que tenga la capacidad de gobernar este país? Como si quisieran que se irguieran las cabezas visibles para apuntarle o dispararle de una vez toda su carga de descrédito. O como si no hubiese de sobra en esta nación, dentro y fuera de los partidos políticos, colombianos con capacidad, dignidad, voluntad y mucha más transparencia y honestidad que la actual clase gobernante.

Eso del rechazo como producto de la recarga de publicidad muy seguramente no lo entiende ni el saliente presidente ni su grupo de asesores; pues, aunque en pedagogía y en publicidad la repetición es requisito para fijar en la memoria los mensajes que se le envían al cerebro, en Colombia comenzamos a saturarnos con su cacareada bandera de Seguridad Democrática, al punto que nos sentimos más indefensos, abrumados e impresionados ahora, que hace ocho años, debido a que ante nuestros ojos se multiplican los uniformados y los espacios para la sociedad civil se ven reducidos cada día que pasa. Indefensos, porque es casi imposible exponer una razón lógica ante la arbitrariedad que pueda ejercer un funcionario policial o militar; abrumados, porque ha sido tanta la carga informativa que reciben nuestros niños y adolescentes, que ante la pregunta sobre la carrera profesional que desean continuar, la respuesta de la mayoría es, policía o militar; e impresionados, porque con frecuencia abundan los excesos y decesos de la seguridad democrática y porque con el cuento de exterminar la guerrilla con más guerra, el paramilitarismo se tomó hasta el Congreso Nacional y se multiplicó más que una guerrilla que nunca entendió que con su existencia le impiden al pueblo reclamar sus Derechos, so pena de ser señalados como sus aliados.

Ayer no más nos contaba un funcionario de la Dirección de Transporte de Soacha, el incidente menor que acababa de tener con un agente de la Policía, cuando, ante el caos vehicular que se presenta en la zona, intentaban despejar una de las bahías del Parque Principal de este municipio que había sido unilateralmente reservada para uso exclusivo del cuerpo de seguridad y cómo éste había pretendido imponer su condición por encima de una decisión que estaba buscando brindar un mejor ordenamiento vehicular.

El enfrentamiento de los poderes del Estado en la definición de los espacios de actuación, pudiera ser el tema de un catedrático de las universidades militares colombianas o de la Escuela Superior de Administración Pública; o quizás el motivo para continuar esta sustentación en próximas ediciones; no obstante, el meollo del asunto es: cómo es que sin darnos cuenta nos uniformaron y militarizaron el pensamiento en estos ocho años, al punto que desde allí, a quienes no comulgamos con ello se nos ve como herejes de la democracia, apátridas, anarquistas, traidores, subversivos, guerrilleros y/o terroristas.

No señores, aquí habitamos también seres que creemos en el poder de la inteligencia civil, esa que más que obedecer, sabe disentir cuando es preciso; que sabe que si Colombia quiere estar en un sitial de honor en la civilización del tercer milenio, tiene que tener muchos más seres con esas características, quienes sepan enfrentar los retos que impone el desarrollo mundial; material humano con muchos más elementos de juicio, de ciencia, de tecnología, de humanismo, entre otros valores; y eso sólo se logra con una visión de Gobierno y de Estado que se centre en la capacitación intelectual de su gente; porque un país no puede ni debe sólo exportar o entregar a las transnacionales la materia prima que subyace en su territorio. El intercambio de inteligencias ya comienza a ser el principal comercio de la humanidad y no seremos más que una minúscula colonia si no nos percatamos de esa realidad y comenzamos a capacitarnos en otras áreas diferentes a aquellas en la cual nos enfrentemos con nuestros propios hermanos; si no elegimos a un catedrático que coloque la piedra fundamental en la construcción de seres mucho más civilizados que aquellos que ven la vida sólo desde la mira telescópica de las armas. Si se quiere una sociedad más armónica, es preciso que se haga más racional la ola verde y que siga creciendo el tsunami Verde de la esperanza de tener una patria en donde el saber y el conocimiento sean las armas colectivas, los libros y las ideas sean sus municiones y las dianas sean la dignidad en lo humano y la soberanía en lo colectivo.