Para evitar equívocos Carlos Lozano, director del Semanario Voz, salió a aclararlo. “La tregua navideña” no es una propuesta de las FARC. Es una iniciativa de “Colombianos y colombianas por la paz”. Y el propio Lozano ha dicho que Iván Márquez le manifestó, en una reciente entrevista de prensa, que las FARC la están evaluando.


Claro que una navidad sin pólvora, sin bombas y sin tiros la merecemos siempre. Como sería bienvenida una negociación sin el ruido de los combates. Pero no hay que ser ingenuos. La buena voluntad no alcanza como recurso para superar o distensionar un conflicto alimentado por racionalidades políticas e ideológicas enfrentadas, y por desconfianzas recurrentes y acentuadas. A no ser que las FARC como en 1999, en pleno proceso del Caguán, ofrecieran una tregua unilateral para navidad y año nuevo. Sería un gesto que le daría confianza al naciente proceso de paz. Y si lo propio hace el ELN, sería una positiva manera de abrir un dialogo con esta guerrilla.

Siendo realistas, es poco probable que una propuesta de tregua llegue a la mesa que recién se instala en La Habana. El propio presidente Santos ha dicho que a cambio de humanizar el conflicto él prefiere terminarlo. Y sería un palo en la rueda de la negociación que un cese al fuego sea un asunto a considerar por las partes. La experiencia colombiana indica que una tregua bilateral es técnicamente imposible de garantizar y verificar con un contendiente militar irregular regado a lo largo y ancho del territorio nacional. Una tregua con una guerrilla que se mueve en medio de la población civil en sus zonas de influencia, sería tanto como interrumpir la acción de la fuerza pública. Un imposible factico para un Estado que tiene la ofensiva militar y la correlación de fuerzas a su favor.

Una tregua bilateral se convertiría, además, en una vulnerabilidad del proceso. Como lo fue en la década de los ochenta cuando el presidente Betancur ensayó diálogos de paz con las FARC, el EPL y el M-19. Con las FARC fenecieron los acuerdos por la violación de la tregua y la masacre a la UP. Y con el M-19 terminaron en el sangriento asalto al Palacio de Justicia en el que el grupo guerrillero pretendía ilusa y temerariamente entablar una “demanda armada” contra el Presidente de la República por la violación del cese al fuego pactado. Ya superamos los despejes territoriales como condición para adelantar los diálogos, que fue la principal vulnerabilidad del anterior proceso. Y no estaría bien que olvidemos la fragilidad que la tregua le otorgó a nuestros primeros experimentos de negociación política del conflicto.

Está muy bien que la guerrilla contemple unilateralmente cesar sus acciones en la época navideña. Pero el equipo negociador del gobierno tiene claro que no hay que enredarse en asuntos procedimentales. Que hay que meterse en los asuntos de fondo de la agenda. Y que la negociación es, precisamente, para construir las condiciones que permitan la lucha política sin armas. Para garantizar la paz en las navidades que vienen.