Muchos vimos las escabrosas imágenes de la corraleja en Turbaco Bolívar donde los taurinos con desigual y salvaje sevicia puñalean, pisotean, apedrean, golpean con palos y patadas el cuerpo de un moribundo toro que sus dueños prestaron para tan miserable espectáculo, que en otras culturas sería un sacrilegio.


Sin duda que para los Turbaqueros es normal ver matar a los animales en sus acostumbradas fiestas decembrinas, como en muchos otros lugares del país donde el vulgar asesinato de animales adiestrados se le denomine tradición cultural, ejemplo claro de la violencia transpolítica que además se vive en la cotidianidad con el matoneo, la indiferencia, la violencia intrafamiliar, de género, el clasismo, el racismo, todo un clima de violencia agresivo y espantoso que vive el país; además iniciando año.

Cabe anotar que tanto vacas, cerdos, toros, caballos, ballenas y demás mamíferos no son muy distintos a la fisionomía humana por cuanto también poseen un sistema nervioso central y por lo cual sienten frío, calor, dolor y miedo en el momento que estos son sacrificados. ¿Acaso no vemos y entendemos las sensaciones de afecto en los ojos y movimientos del perro o gato de la casa?

También el llamado de atención es a los medios informativos comerciales que impunemente mostraban esas imágenes en los horarios familiares haciendo apología a esa violencia animal que nos heredó la religión y la conquista española. Esto es un ejemplo más de lo amarillista que se volvió el periodismo en televisión, se acabó el Espacio pero nos quedó RCN y Caracol.

Esperemos que el oportunismo de algunos políticos del norte del país quienes proponen se legisle en favor de la defensa de los animales no sea censurado por el señor procurador y los sectores conservadores que tanto trabajaron para que este tipo de espectáculos retornara al centro del país, atrasándonos en políticas públicas otros 50 años.

Repudio tajantemente el salvajismo, la sevicia que hay en el mal llamado espectáculo de los toros o corralejas y a los promotores y empresarios que permiten que la muerte y la violencia se siembre en el corazón del hombre.