En el mundo parece florecer por estos días una abundante nostalgia de “familia”. Con la disculpa y el truco de vendernos la moto –como dice Ramonet—se cae en toda suerte de frases hechas, manidas y tramposas. Eso ya se sabe. Ese es el objetivo de la publicidad. No es nada nuevo. Lo que me llama la atención es qué tipo de “familia” es la que parece venderse en estas estrategias, tan acogidas por sus “miembros”, sin ningún escrúpulo, sin ningún rubor.


El asunto es que a toda estrategia exitosa se le quiere etiquetar la palabra familia. Los empresarios gozan llamando a sus empleados familia, cuando en realidad no lo son, ni remotamente lo serán. Los políticos a sus potenciales electores los llaman familia, cuando nunca lo serán y en el lejano caso de que ello ocurra será porque sus miembros lo ayudaron a financiar y en todo caso le van a cobrar el favor. Los técnicos de fútbol sueñan con que sus muchachos se sientan en familia, para que no se agarren a patadas entre ellos, se hagan pases y metan el gol. Y en la guerra, ni más faltaba: no importa a qué bando se pertenezca, los soldados son convencidos de que pertenecen a una gran familia, que tiene el mismo objetivo de apuntar, disparar y acertar, hasta la victoria.

De todas las otras grandes familias, la que más me ha llamado la atención en los últimos tiempos es “La gran familia DMG”. A su fundador, David Murcia, le encantaba hablar de esa gran familia. Decir que sus miembros eran una gran familia. Y los miembros se ufanaban de hacer parte de esa gran familia. Sí: de una familia que estafaba en colectivo, en la que los de arriba tumbaban a los de abajo, los de abajo miraban de reojo a los de al lado y, al final, todos al piso, como en otras grandes familias que se acostumbran a robar unidas para permanecer unidas.

Más allá de eso, lo llamativo es qué tipo de familia es la que se promueve: aquella en la que se provee dinero, fácil y rapidito. Un padre, el jefe del hogar, es el que pone la plata a cambio de un supuesto amor filial. Lo clave aquí es pertenecer, afiliarse, hacer parte de, para sacar un proyecto económico en el que prima el billete y la extorsión disfrazada de familia.

En otras familias que se promueven por ahí en los medios, a los oyentes, televidentes o lectores les pagan el recibo de la luz o del agua a cambio de la sintonía. Es decir, el mismo esquema: el negocio es ser un miembro de familia recostado en el que prima el dinero fácil. No es una familia en la que prime el afecto, el cariño, la comprensión, el diálogo, el ocio como goce colectivo de familia en vacaciones. No: acá esta familia tiene como eje el billete y la promoción con el billete.

Lo curioso es que los afiliados parecen querer esa familia y no la propia. Les encanta sentirse integrantes de una familia ajena, en la que tienen escaso contacto con los otros miembros. Quizás el asunto venga desde la infancia: ese lugar de fantasía en el que habitan los primeros sueños y las primeras decepciones. De lo que ocurra allí dependerá si más tarde se repudiará o no a la propia familia y se emprenderá la caza de una nueva. ¿Qué es lo que hace que la gente quiera repudiar a su familia y comprar una nueva? Ese es tema de reflexión para otras oportunidades.