Un joven estudiante de Filosofía de la Universidad libre se atrevió a escribir un análisis serio sobre lo público y lo privado y los alcances de estos términos en épocas de campaña electoral. Pues queremos compartir con nuestros lectores el escrito remitido, e invitamos a quienes deseen manifestar sus inquietudes y aportes, hacerlo a través del correo director@periodismopublico.com


Notas a propósito de la distinción entre lo público y lo privado

Cuando Marx reflexiona en torno a la emancipación humana de la religión, no deja de soslayo la distinción de lo público y lo privado como blanco de su crítica, ve en la distinción entre “derechos políticos” y “derechos cívicos” una diferencia puramente ficticia e ilusoria que legitima el statu quo burgués, y, en esta misma medida, la existencia de la religión en la esfera “privada”. Tal distinción se traduce en la ideología que justifica la perpetuación en el poder de la burguesía, la explotación de la clase trabajadora, y el derecho burgués a hacerlo (Sobre la cuestión judía). No obstante lo anterior, el eco que adquiera en la sociedad y lo acertado que pueda o no ser, es innegable que el quehacer político de nuestra sociedad se rige y adquiere toda su validez en dicha distinción. Es por esto que queremos reflexionar, quizá tomando distancia de la realidad más inmediata (eso lo juzgará el lector), respecto a ese pilar fundamental de la transparencia política que es la distinción entre las esferas de lo público y lo privado en una sociedad liberal como la nuestra.

¿Qué es la esfera de lo privado? Aquello que pertenece al fuero interno de los individuos, aquello entre lo cual se cuentan las convicciones, las creencias éticas y religiosas, todas aquellas preferencias e inclinaciones personales y familiares, y, por supuesto, aquello que llamamos “propiedad”. Lo público en cambio es, a grandes rasgos, aquello que le concierne a la comunidad política, a la sociedad entera, aquello de lo cual depende su existencia misma y que está por encima de todo interés personal y familiar. A este respecto sería pertinente recordar aquella obra maestra de la antigüedad helénica como es Antígona de Sófocles. Quizá no haya obra que resalte de manera más viva la tensión que existe entre lo público y lo privado. Recordemos cómo la desdichada Antígona entra en contradicción con las decisiones de Creonte, abogado de los intereses del Estado, en su empeño por enterrar a su hermano, obedeciendo así la ley divina de honrar a los difuntos. Pero no nos engañemos, lo que el trágico nos ha legado es la tensión entre dos aspectos de la sociedad griega distintos a las que existen en la nuestra, la cuestión religiosa era una preocupación pública del pueblo griego. Pero, como se sabe ya desde la Carta sobre la tolerancia de Locke, el problema de la orientación espiritual de los individuos, la cuestión de su “salvación”, no pertenece, desde un punto de vista liberal, al Estado, a su organización o sus funciones, sino al libre albedrío, ya que, en suma, es una cuestión de conciencia.

Sin embargo, la distinción entre los aspectos que nos interesan no es tajante, no es tan simple como parece en algunos casos, ya que dicha relación se muestra de una doble naturaleza. Por un lado, lo público se muestra como el límite de las aspiraciones privadas (y viceversa), y por otro, como su garantía. Esto es, lo público es lo que permite que determinados intereses privados no dirijan a su acomodo y conveniencia el poder y los recursos destinados a satisfacer necesidades de la sociedad entera, o en otras palabras, es el límite de las pretensiones privadas dominantes; pero, al mismo tiempo, es la garantía del ejercicio de la libertad en donde todo interés y pretensión privada es tan válida y respetable como cualquier otra dentro de un marco público de derechos y deberes. En consecuencia, lo privado se muestra además como el límite de la intervención pública, como aquello que debe ser protegido y garantizado a toda la sociedad y no a sectores privilegiados.

Es así que llegamos a un punto en el que es pertinente recordar lo que caracteriza aquello que Rawls llama “principios de justicia”. Lo que en líneas generales dicho autor propone es la consideración de parámetros imparciales que rijan el orden social haciendo abstracción, como es evidente, de todo interés particular. Rawls propone tres principios: igualdad de oportunidades, libertad y diferencia (que, en otras palabras, es la “fraternidad” de la revolución francesa). Sobre la base de dichos principios debe ser articulado todo el entramado de derechos y deberes de la sociedad. Es así que de acuerdo a los principios de la “sociedad bien ordenada” de Rawls se sintetiza y llega a una de sus máximas expresiones el sentido de los aspectos que analizamos, ya que son principios que garantizan en lo público la consideración imparcial y en condiciones de igualdad para toda la sociedad de la esfera privada. Muestra, por lo tanto, los deberes del quehacer político y legislativo de toda sociedad justa.

Lo anterior nos deja, sin embargo, una pregunta fundamental inspirada en el acontecer político de nuestro país durante, prácticamente, doscientos años: ¿Es posible, en la realidad, hacer abstracción en lo público de turbios intereses privados? ¿O tenemos que ver, entonces, en lo público no más que un velo hipócrita que legitima intereses privados privilegiados? ¿Debemos dar la razón a Marx al respecto de dicha distinción? Es imposible dejar de ver en lo dicho cierto sentido de lo correcto, de lo debido, pero ¿Sigue siendo para nosotros tan sólo un imperativo? ¿Sigue siendo tan sólo un ideal todavía lejano? No podemos apartar de nuestra mirada la posibilidad de un orden político más justo, más equitativo, dentro de un marco conceptual razonable, pero esto no puede hacernos olvidar que no sirve en absoluto volver cien veces sobre un mismo discurso cuando en la práctica se convierte en letra muerta.

Sólo nos queda decir que hace parte de la responsabilidad política, especialmente en estos momentos de campaña, no pensar, sino tener en cuenta de hecho aquellos principios que determinarán un mejor ejercicio del poder que ostentan (o detentan) los cargos públicos, ya que de lo contrario se seguirán reproduciendo los mismos sofismas politiqueros que parasitariamente han carcomido los recursos de nuestra sociedad tras esa cortina ideológica completamente indecente (como lo ha sido hasta ahora) que cada vez más seguirá perdiendo credibilidad y que nos encamina a una eminente crisis social.

Por: Diego Alfonso Landinez Guio

Estudiante de Filosofía en la Universidad Libre de Colombia.

Docente de Filosofía y Ciencias Sociales

Ponente en:

• III semana de estudiantes de filosofía- Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (Tunja). 2009

• VII encuentro de profesores que enseñan filosofía- Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (Tunja). 2008

• Foro distrital de estudiantes de filosofía- Universidad Minuto de Dios. 2006

Mail: die_nihil@yahoo.es